Despacio se asomó por la ventana, nada, ella no estaba, la noche era fría y el ambiente olía a madera quemada. Encendió un cigarrillo y se puso a pensar que hubiera sido bueno haberse asomado y verla ahí parada, atendiendo a algún cliente, acomodándose la cabellera negra y lacia. Hubiera sido bueno ver su cara muy blanca, sus manos pequeñas, sus ojos que son más profundos de lo que podría creer el que la mira por primera vez, sabía que a ella no le hubiera dado el mismo gusto verlo a él, pero igual le sonreiría con esa sonrisa que revuelve todo en el estómago. A fin de cuentas era mejor no haberla visto, si seguía así terminaría volviéndose una adicción, llegaría un momento en el que no podría respirar si no mirara esos ojos, esas manos, esa sonrisa.
Caminó una cuadra y de pronto notó que el cigarro se había terminado «demasiado pronto» pensó. Llevó rápido ambas manos al cuello, aflojó la corbata, desabotonó la camisa, no había podido mirar esos ojos, esas manos, esa sonrisa, pronto se le iba a ir la respiración. Él lo sabía, siempre que no lograba verla, ocurría lo mismo.
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