- Eres feliz?- le preguntó mirándolo fijamente a los ojos.
Él no sabía qué decir, ahí estaba, la causa de su total infelicidad parada frente a él preguntándole si era feliz, mirándolo fijamente a los ojos, esperando una respuesta. Pese a todo, después de todo el daño que le había hecho, él la seguía amando; cada día, desde que se ella se alejó de él, su vida se convirtió en un eterno vagar sin sentido por las calles inmundas de la ciudad, rumiando en cada esquina de cada café su ausencia, esperando encontrarla en cualquier lugar, en los puentes, en las plazas que frecuentaban, encontrarla y que ella le dijera que era un juego y nomás, que lo amaba, que todo lo del otro era mentira. Pero nunca la encontraba y ella nunca le decía nada y él se quedaba sólo caminando en la ciudad y rumiando su ausencia en cada rincón.
Que si era feliz? Ella nunca sabría (a menos que él le dijera) lo infeliz que había sido desde el día en que se fue de su lado. Ahora venía a preguntárselo, ahora que seguramente ya estaba casada con el otro, ya que lo había sacado para siempre de su vida. Y sin embargo había algo en su cara, algo en la manera en que dijo «Vous-être heureux?», que hacía que él quisiera perdonarla, quisiera abrazarla y besarla y olvidar todo, pero de pronto volvía a caer en cuenta de el sufrimiento y la infelicidad. Que si era feliz?
- No.- dijo sin desviar la vista y aguantando el llanto- Claro que no soy feliz. Cómo puedes esperar que sea feliz después de lo que me hiciste? Después de que me hiciste sufrir...
Dejó de hablar porque el llanto amenazaba con salir y hacerlo ver aún más pequeño de lo que se sentía ante ella, respiró profundo. Había levantado la voz sin darse cuenta, el «faire souffrir...» lo había gritado tan alto que toda la gente había volteado a verlos, a esa hora la Rue de la Huchutte estaba llena de gente que caminaba hacia todas partes y pasaba entre ellos sin darse cuenta de lo que estaba pasando, corrían apresurados y pasaban delante de ellos como espectadores indiferentes de la tragedia que se desperdigaba sobre la vereda como un río que llegaba a hacerse uno con el mar y se topaba con otro río que desembocaba en el mismo lugar y entonces, mar y ríos, se hacían uno en una danza en la que sus corrientes jugaban a conocerse e intercambiar indicios de las vidas de los campesinos que habían encontrado en sus caminos y los lugares en los que habían estado antes de llegar a ese momento que hacía que todo el viaje valiera la pena y le diera sentido al recorrido de días enteros sin descanso. Sin embargo, para el hombre parado sobre la vereda, no había nada que hiciera todo eso valer la pena aunque sea un poco. Respiró profundo, tomó fuerzas para seguir hablando...
- Cuando me enteré de la verdad- comenzó muy serio y con la vista desviada- un inmenso coraje se adueñó de mí, y no era un coraje contra ti, era un coraje contra mí, porque en el fondo la culpa fue mía, fue completamente mía. Sólo se ocupaba una cosa para que tus mentiras dieran resultado y eso era que yo me las creyera, que yo confiara en ti cuando me decías que necesitabas tiempo, que te diera espacio para pensar todo,- respiró profundo para tomar más fuerza- la culpa fue mía. No debí ser tan ingenuo para confiar en ti, y sin embargo lo hice, lo hice porque yo te quería... antes...- de pronto se relajó, un gran peso le fue retirado de los hombros, decir ese «autrefois» fue una liberación inimaginable- y luego me di cuenta de que no tenía que enojarme ni contigo ni conmigo, que no ganaría nada enojándome, no te haría cambiar a ti, ni me ayudaría a volver el tiempo y no creerte.
De pronto y sin intentar ocultarlo, ella comenzó a llorar como una niña chiquita, llorando con los codos, con la boca, con el alma. Él la miró fijamente y se dio cuenta que, al verla llorar, sus propio llanto desaparecía, retrocedía, se hacía nada.
- No te guardo rencor, porque en esto momento comprendo todo al verte llorando, tú te haces daño sólo a ti misma con todas tus mentiras. Ahora yo estoy bien y tu estás llorando; tal vez en un rato, cuando llegues a los brazos de tu ma...- se interrumpe- tu esposo, disculpa, se te olvidará todo y seguramente seguirás siendo feliz a su lado, pero nunca vas a poder ocultar éste llanto del que soy testigo en éste momento.. nunca.
- Espera- pudo decir apenas entre lágrimas- las cosas no son así...
- No me interesa- dijo él indiferente.
- Las cosas son diferentes... diferentes a lo que crees...- sólo decía frases entrecortadas mientras temblaba y lloraba como un niño que hace un berrinche.
Él la miró fijamente y sintió una gran lástima, se adueñó de él una gran pena por ella, sabía que era cierto, que él seguiría adelante, pero para ella ya no habría vuelta atrás. Ella sería infeliz mucho tiempo. Él era infeliz, muy infeliz. Miró hacia arriba: el sol arriba, el cielo azul, en la tierra los chicos corrían jugando de un lado a otro, los ancianos paseaban, los perros bebían agua de la fuente, un sentimiento de estar en perfecta armonía con todo se adueñó de él. Era infeliz. Miró en un diario tirado en el suelo la fecha (irrelevante) de el día, luego miró a la mujer (que en algún momento había querido) llorando frente a él; ambas cosas carecían de tanto interés para él como nunca antes. Se alejó mientras ella decía entre lágrimas «tout est différent...» una y otra vez. Él sólo se alejó sonriendo. A fin de cuentas, sí era feliz...
(París, 22 de noviembre de 2003)
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