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Inicio / Cuenteros Locales / BenHur / ALCIDES

 Versión para imprimir  Enviar a un amigo [C:299491]

El segundo cubano que conocí se llamaba Alcides. Era un joven arquitecto que en la oleada de retornados al país luego de la dictadura de Pinochet había decidido abrir su horizonte profesional tomando como primera escala, la primera salida posible desde Cuba; Chile. Lo primero que me llamó la atención fue su afán compulsivo por comprar todo lo que le ofrecía el libre consumo. Lo cuidadoso que era en la forma de abordar a sus nuevas amistades. Lo preocupado de su apariencia y lo eficiente de su trabajo. Es probable que todo bisoño en territorio desconocido se comporte de igual modo.

A medida que nos íbamos conociendo, su perfil se revelaba como el de un evadido. Su personalidad rotunda y firme, me intrigó. Supe que toda su familia había quedado en Báez, Cuba. Que imposibilitado de ejercer como arquitecto, debió trabajar como recepcionista en un hotel de Varadero. Que por ser empleado no podía ejercer el libre derecho a gozar de las playas del hotel. Que allí conoció a una chilena con la que se casó para abandonar la isla. Que recién llegado a Chile, se separó. La acción de utilizar a una persona en pos de beneficios tan mezquinos como adquirir un pasaporte de salida, me pareció cruel. En mi primer prejuicio hacia Alcides condené su acto pues pensaba que un cubano no podía comportarse así.

El sueño de su vida, según me contó después, era vivir entre luces parecidas a las que veía en Guantánamo. Guantánamo, para los que no lo saben, es una parte del territorio cubano ocupado por los yankees y transformado en algo parecido a una cárcel clandestina pues nadie sabe quienes son los detenidos, de dónde son, ni bajo qué cargos se les retiene allí. Son custodiados por un “equipo científico de comportamiento”. Quiero creer que Alcides no lo sabía y que por eso no le importaba esa ocupación ni mucho menos la condena de la ONU. Lo alucinaba la ostentación luminosa de sus recintos con un derroche de resplandor y brillo parecido a las películas de Merry Christmas! Alcides amaba esa cáscara que oculta tanto desprecio por la dignidad de las personas. ¿Qué cubano era este?

Alcides era amigo de mi señora, quien tiende a transformarse en protectora y bienhechora de todo profesional que ingresa a su empresa. Yo; que me creo menos ingenuo que ella, tiendo a advertirle del contenido profundo de sus personalidades cuando trae a casa a esos supuestos huérfanos de afecto. Por lo general no me equivoco en mis primeras apreciaciones, pero con Alcides era distinto. Tenía variadas conjeturas y obsesiones para con él e intuía que también Alcides las tenía conmigo. Seguramente me veía como una persona distante observándole la abertura de sus pupilas; me preenjuiciaba receloso y tal vez con preclaras certezas porque la inteligente e intensa chispa oscura de sus ojos me leía.

Se hizo tan familiar en nuestro hogar que decidimos bautizarlo como se hace en Chile con el amigo cuando es forastero. Era necesario aplicarle el gran festejo mayor. Una olla gigantesca de un metro de altura y cuarenta centímetros de diámetro, conocida como fondo, sería la pila bautismal. En ella verteríamos lo que la generosa naturaleza de este territorio modestamente permite para que el hombre se chilenice, esto es; “con de todo” lo que haya en la marisquería, la pescadería, la carnicería y la verdulería.

Ahí le vamos como en las fotografías; por capas, de abajo a arriba: al fondo le va cebolla cortada en finos cuadritos sobre una taza de aceite gorgoreando. Es lo primero que cae y suena en el fondo plano de la olla que ya está borbotando en su fuego lento. Allí le vertimos aplastados gajos de ajo, pimienta y una pizca de ají, de color púrpura como los cardenales.

Le agregamos el submarino estado llano de la placa de Nazca del océano Pacífico, que son los mariscos, choros maltones, almejas, tacas, cholgas y mejillones. Cubrimos delicadamente con hojas de repollo. Que nada asome. Que nadie se salve. Sería el primer piso sobre el que desnivelamos el horizonte de una botella de blanco vino como si asomara el sol matutino de la cordillera de los Andes.

Sobre ese pavimento humedecido depositamos unas gordas patas de jaibas con langostinos y picorocos muy limpios, que inundamos dadivosamente en más vino y tapamos con otra camita de hojas de repollo para hacer el segundo piso sobre el que estacionamos apretadamente las blandas costillas de chancho ahumado, las longanizas abiertas de par en par y los muslos del pollo para que duerman juntas ,sobándose, en su orgía carnal; listo el tercer piso.

Chorreamos vino sin tregua como si fuera lluvia torrencial de invierno. Tapamos con hojitas de repollo para cubrir esas carnales bondades. Ponemos el músculo de lo que fue un pez veloz y libre navegante del océano, en trozos de corvina, segmentos de congrio o porciones de merluza. Ya no recuerdo las secciones. Rociamos sacerdotalmente el vino como los curas y ya que estamos haciendo ofrendas a la natura; bebemos mirándonos a los ojos frente a esa opípara montaña de alimentos.

El fuego está lento y se mueve al compás de los mareos. Vamos a barlovento viento en popa por el cuarto piso. Ponemos las papas bien lavadas pero con su cascarita, para que no se beban ellas, los vapores etílicos del vino. Religiosamente va más vino como si se tratara del diluvio universal y se tapa con las últimas y tiernas hojas de repollo; las mismas del jardín de Adán y Eva.

Se pone la tapa y sellamos con piedra grande encima como tapaban sus tesoros los piratas. Se cubre con tela artesanal de sacos de harina lo más parecida a las velas de goleta chilota. Y ese sería todo el aparejo.

Nos vamos a tierra, para pasear por el patio de la casa a saludar a los árboles frutales, a platicar con las jaulas de los pájaros cantores mientras los sumergidos se acaloran y sudan. Regresamos después de dos horas. Levamos ancla; es decir sacamos la tapa. Echamos una miradita con sonrisa sobradora y olemos directamente desde la boca del volcán multitudinario. Lanzamos exclamaciones de júbilo.

Helo allí; el más pantagruélico y descomunal plato que ha producido el ingenio prehistórico de los habitantes de Chiloé para el gozo colectivo y ofrenda tremenda del mítico universo chilote a su habitante; conocido como El Curanto en Olla o Pulmay. Se podrán imaginar lo que es la cara de un alucinado, sobretodo si es un caribeño cubano adormecido por el balanceo que producen las hamacas dormilonas del vino moscatel chileno...

Queda la gran tarea de servir este plato de tanto vicio culposo y que otros llaman curanto para el exilio porque El Curanto propiamente tal, es el que se hace en un hoyo en tierra de isla chilota. Tierra insular de donde emana la mitología del trauco, la pincoya, el cuchivilo, el camahueto, la fiura, el basilisco, el invunche, etc. etc. y lo que sigue con todas esas ánimas y sustancias de los espíritus. Sólo esa mítica y fecunda tierra de neblina, de vientos lluviosos, de espesos bosques ateridos y agitados mares cargados de fábulas es capaz de tener un continuo corelato tan directo con su comida, como lo es El Curanto.

El plato, que era de greda pomairina hirviente, llegó hasta un Alcides estupefacto. Contemplaba esa monstruosidad, cuyos vapores ondulantes penetraban sus fosas nasales hasta los recónditos y virginales intersticios finales de su hipotálamo lateral, con ojos atónitos. Ellos se abrían fascinados antes esos aromas lujuriosos y numerosas formas exuberantes. Tenía inmenso miedo. Bueno; esa visión amaina a cualquiera. Sus ojos habían perdido esa inteligente e intensa chispa oscura y analítica. La perplejidad había descubierto su mirada de niño principiante y candoroso. Allí estaba el Alcides que todos queríamos conocer. Desnudo.

Y ese fue el día en que procedimos a bautizarlo como cubano-chileno, con ese condumio telúrico, monumental y descomunal llamado El Curanto y que no olvidaría en el resto de sus días. El timbre de su paso por estas tierras no está en su pasaporte si no en su alma.


- He aquí mi país. ¿Y tú? ¿Qué me vas a mostrar del tuyo?

Alcides se encargó del postre; el cual fue una crema hecha de queso amarillo y coco. No era lo apropiado para El Curanto pero se puede hacer todo por un amigo. Incluso comer algo tan extraño e inapropiado como eso; queso batido con coco.

Así fue como partimos a conocer Cuba. Julio 2002.

Al llegar a La Habana se me salió esta expresión: ¡Qué crestas hago aquí! Mis ojos acostumbrados a las luces de neón, centros comerciales, parafernalia propagandística y señalética consumista no estaban habituados a tan limpia sobriedad. Hice el recorrido de todo turista pero alojando siempre en casas de familias cubanas aspirando ese olor peculiar y dulzón del Caribe que impregna a la Habana Vieja y su malecón habanero de ruinas saladas y aire puro.

Cruzando bajo el túnel sumergido bajo las aguas de la bahía se ve desde la otra orilla; la antigua iglesia amarilla y el desparramo de casas rosadas, verdes y amarillas, el deslavado de los muros de piedra, el barrio Vedado, los muelles del puerto. Siento el olor de la harina, el olor de la madera en las cajas de envase de viejas boticas casi vacías, el olor del café tostado y siempre el olor a tabaco y a mar. Evanescente martilleo de gritos y risas. Y el Son pero con tres, marímbula y botija. El Granma; ¡quién lo podría creer! La casa de Martí. El Capitolio y sus termitas. La cuna del mojito; la Bodeguita del medio y el perpetuo y lírico daiquiri del viejo y el mar reflejando miles de rayados en sus paredes. La marinera Hemingway. El Hotel Nacional y la fantasmal presencia de Al Capone o de Lucky Luciano. El chapuzón robusto de un chubasco tropical en un coco-taxi manipulado por un feliz conductor que trabaja un día sí y un día no. Y Varadero beach; un fiasco- La Giraldilla esperando a su marido, que partió hacia la Florida en busca de la Fuente de la Juventud, y fue muerto por caníbales. Ebriedades y largas conversaciones crepusculares con esos patéticos, desesperados, esperanzados balseros que pretenden llegar a Miami, arriesgándose a ser pasto de tiburones o a que se los trague para siempre el mar. Y en el hotel Habana Libre, una enérgica discusión política con mi esposa por la revolución y lo que queda de ella, no pasó a mayores ¡Tenemos que hablar con Fidel! Y el ron; pero Habana Club. Pinar del Río y el habano; pero Cohiba y su voluta dibujando la sierra de Los Órganos. Matanzas, Cienfuegos, Santic Spíritus y el maravilloso crepúsculo en el valle del Ingenio de Trinidad con su humildísima escuelita Chile y su estofado de tortuga carey a la sombra de un plátano. La playa Boca con su par de negros en carne dignamente arrugada y huesos proteicamente resistentes al siglo impío que se les viene encima. Santa Clara la mítica. Hasta llegar a Báez, un poblado villaclareño donde está emplazada la hermosa y cálida casita de los padres de Alcides, recién pintada.

Una celebración cubana en familia se comienza tomando cerveza helada, acompañadas con chicharrones de puerco.


- Fue muy bondadoso este puelco - fue el comentario amoroso de la madre de Alcides - nos dio mucha manteca-

El puerco ha sido sacrificado sólo para honrar nuestra visita. No es menor ese sacrificio y créanme que entendemos cabalmente el profundo significado de esa ofrenda en la comunión con el familión de Alcides. Las mujeres, sin cosméticos, depilaciones ni peinados, se encargan de preparar los frijoles, las frituras de malanga y el abundante arroz tan blanco como la espléndida sonrisa de las primas de Alcides que disponen contentas, en la pequeña mesa del almuerzo, los frijoles colorados llamados moros y cristianos. Plátanos chatinos, ensalada de tomates adornada con lechugas completan el cumplido que nos ofrecen. El padre de Alcides fuma y yo también porque allí hay mucho cielo para compartir. Nos habla de la zafra que compartió con el Che. De la Revolución Cubana nos deja en claro que tanto el Che como sus barbudos estaban cambiando un país desde sus despachos, pero que también se arremangaban para desarrollar trabajo voluntario en fábricas, en el campo, en campañas de alfabetización. La ética del trabajo era el sustento vital de la revolución. Ahí, junto a él estaba el Che, ministro de industria y presidente del Banco Central, trabajando en la zafra como obrero y trasladando ladrillos en carretillas. Nos dice quién era de verdad el Che, sudando codo a codo entre las cañas de azúcar.

- El Che me educó por su forma de actuar, de cómo había que trabajar. Era muy estricto. Yo era casi un niño. Ciertamente, la juventud nos permitió afrontar la austera dureza de la revolución .

Mientras los trozos del puerco se empapan con zumo de naranjas agrias nos habla con tristeza dulce de sus fastidiosas obligaciones partidarias. De sus necesidades; a las que no puede acceder si no se inscribe. Hay en su mirada plácida un leve resplandor de sinsabor. Sus palabras tenues y que traspasan la sonrisa donde se agitan los temblores, omiten lo que queda de la revolución que conoció. No quiere más guerra. Y por algún extraño motivo descubro en él lo que permanece de la revolución. El hombre de acción que compartió con el Che y con Fidel sus aventuras, acepta con serenidad, temple y resignación la temible vejez que se le viene. Ha logrado atravesar sin desesperación esa larga lucha por la dignidad de su patria pero teme por el destino de sus hijos, que como Alcides, ya buscan otros derroteros a como dé lugar. Los hijos nunca sueñan lo mismo que los padres.

El postre es la mermelada de guayaba con lascas de queso amarillo y los buñuelos de yuca en almíbar con anís son los últimos paladeos de ese día maravilloso que nos regalaron. Reímos todos por tal contento pero en el zaguán, don Alcides fuma lentamente siguiendo los caracoles y espirales de su eterno cigarrillo.

En la tarde, salimos a caminar por el poblado Báez. Viviría feliz en Cuba, claro que sí, pero,... ¿si me llamara Alcides? Parece un escondite este poblado.

En casa nos espera un ex combatiente de Vietnam que vuelve hacia La Habana y se ha ofrecido a darnos un aventón; entonces regresamos a la dulce y generosa acogida de la madre de Alcides, al hermano que lo mira con inmensa admiración y a don Alcides, un hombre de la zafra que ha penetrado profundamente en nuestros corazones. Al despedirnos nos abrazamos como si nos hubiéramos amado desde siempre y no sé por qué el asomo de lágrimas en los ojos de don Alcides, en ese último abrazo, me hace lagrimear a mí también.

La vida tiene escondites maravillosos.

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"...y las cosas que se han descubierto a lo largo de esta isla larga, hermosa y desdichada son permanentes y valiosas y existirán después que la riqueza, la pobreza, el martirologio, el sacrificio, la venalidad y la crueldad hayan desaparecido. (Ernest Hemingway)
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Hoy domingo 1º Julio 2007; ha llegado carta de Alcides. Está en Miami con toda su familia; incluido su padre.




Texto agregado el 02-07-2007, y leído por 278 visitantes. (12 votos)


Lectores Opinan
2007-09-13 00:34:50 Como siempre : maravillosas descripciones, la de ese enigmático Alcides, seguida de la exquisita preparación de ese fondo bautismal, luego la bella ciudad de la Habana, para finalizar mostrándonos esa gente tan cubana, y tan extraña para quienes no somos de allá, que no tiene problemas para vivir la dualidad de ser revolucionario y gusano al mismo tiempo. loretopaz
2007-08-13 05:09:30 Hasta FidelCastro, admira, la grandeza de tus letras, SE NOTA SU INTERÉS, pero tanta LUZ lo deja más loco y encandilado. Jajaja! ***** SorGalim_Plu s
2007-07-27 16:58:25 Joder, negro, es que tu amigo paso por mis cuentos y me dejo eso, y como su costumbre es molestar a otros, pues Fidel nunca ha jugado limpio, juar, juar, juar. fidelcastroruin
2007-07-13 18:48:47 El bacanal agridulce entre la nostalgia de la utopía que fue y la retranca que nos espera. Y por encima de todo, esa amistad respetuosa que como los aromas del Curanto une y hermana a tod aquel que lo prueba. azulada
2007-07-13 10:22:34 Me llegó el olor de la comida y me paseé por la Habana, todo ello contado con maestría. margarit a-zamudio
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