La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - valens - 'El intruso.'
El intruso.
Prende cuidadosamente la vela, se queda como hipnotizado mirando el fuego ondularse, moverse y bailar a merced del viento que entra por la ventana; siempre le ha dado una especie de miedo el fuego, es como una pesadilla recurrente en la que se ve completamente rodeado de enormes llamas que lo consumen todo a su alrededor y a él mismo, pero él no puede hacer nada, no puede moverse, sólo puede quedarse mirando cómo se consume todo incluida su existencia; el fuego arrasa con todo lo que puede ver, oír y sentir, todo se reduce a cenizas y él también. Pero no hoy, no esta noche, el fuego puede esperar un mejor día para consumir todo, porque en esos momentos sale de su trance y se reincorpora avanzando cuidadosamente con la vela prendida en la mano izquierda. Deposita por fin la vela en el suelo y su alma descansa, es como si lograra al fin librarse de un peso enorme, de una responsabilidad y un castigo inimaginable; en el momento en que suelta la veladora, deja de ser responsable por lo que pueda pasar. Después de depositarla en el suelo, se deposita a sí mismo junto a Claudia, la abraza y ella lo recibe entre sus delgados brazos que son una especie de territorio de seguridad para él, el lugar donde no tiene que estarse protegiendo de todo lo de más, los brazos de Claudia le brindan una seguridad casi maternal, una sensación de completa seguridad y punto.
Una mano (que más tarde notaría que es de Rott) coloca las cintas en el cinematoscopio, acomoda correctamente los carretes de cinta y presiona el botón que los hace comenzar a girar y en la tela colgada en la pared (que utilizan como pantalla) comienza a presentarse el movimiento pertinente, todos suspiran tranquilos; Darío, voltea a ver las caras de todos en la oscuridad sólo iluminadas por la luz nimia que brota de la pantalla, lo tranquiliza ver a todos los que están ahí, sabe que siempre, necesite lo que necesite, ellos estarán ahí, son buenos amigos; de pronto su mirada se amarga y su expresión pierde brillo, en la esquina, tratando de cubrirse del frío, está ése, el nuevo, el intruso. De pronto Claudia interrumpe su contemplación del intruso pidiéndole que le sirva un poco más de vino; la cinta va apenas comenzando y a Darío le molesta perderse los primeros minutos de las películas, pero no puede negarse a nada que le pida Claudia, así que, tragándose su coraje, se levanta con la copa en la mano y va a servirle a Claudia su puto vino.
Esa noche habían elegido Citizen Kane a petición de Sophie y Pietro, grandes fanáticos de Welles. Le gustaría al intruso Welles? Qué más da, es sólo un intruso, no tardaría más de tres días en salir de sus vidas y dejarlos en paz. No entendía por qué todos lo recibían tan bien, todos parecían aceptar su integración, sólo él lo veía como lo que era: un intruso que comenzaba a meterse en ese territorio que era de ellos, de él. Cada que lo veía sentía cómo iba avanzando en su misión de conquista, cómo se apoderaba cada vez de más y más terreno, como comenzaba a formar parte del paisaje habitual. Lo que más le molestaba era que Claudia parecía recibirlo mejor que todos los demás, siempre sonriéndole tanto y siendo tan amable. A veces sentía que cuando él se descuidaba, había entre ellos miradas que lo dejaban completamente fuera de toda acción. Podía ser que nadie se diera cuenta de que era un intruso?
Al momento de levantarse a servir el vino, sintió cómo Claudia le sonreía al intruso, miró al rincón en donde estaba y lo vio devolviendo una sonrisa un poco disimulada. Llegó hasta la botella de vino (que estaba precisamente al lado del intruso) y comenzó a servir en la copa mientras lo miraba fríamente y el intruso le esbozaba un intento de sonrisa tímida. Eso era lo peor del caso, el intruso parecía sentir simpatía por él, trataba de conversar, de conocerlo; era un tipo repugnante, era muy simpático, era asquerosamente agradable y sentía alguna afinidad con él, porque a veces le dirigía miradas de complicidad en mitad de las platicas. Pensó en darle un fuerte puñetazo en la boca mientras le colocaba el corcho a la botella y se dirigía a entregarle a Claudia su puto vino.
La cinta seguía avanzando pero Darío no la miraba, ya no podía poner atención, lo único en lo que pensaba era en el intruso, lo miraba con su cara de inocencia fingida, lo miraba voltear a ver a Claudia y sonreírle, lo miraba avanzando en un territorio que no le pertenecía, pero del cual se adueñaba muy rápidamente; lo miraba como una sombra que no lo dejaría vivir en paz mientras estuviera presente. Si tan sólo no fuera tan agradable, si tan sólo no tuviera una conversación tan interesante, sería más fácil su labor de odiarlo, de cerrarle el paso cada que la oportunidad se presentaba. No podía ceder, tenía que dejarlo fuera de su mundo. Ese mundo que era tan suyo, dentro del cual se sentía a salvo de todo y de todos, esa gente, esos lugares que eran su refugio, esa vida que era suya y no dejaría a nadie quitársela.
Recordó el momento en que el intruso llegó, desde el principio sintió su presencia como una amenaza, instintivamente se protegió de un contacto que no era más que inicial y retrocedió un poco para después saltar a la defensa de su territorio; en el momento en que estrechó su mano, sintió un enorme deseo de cortarle la vena de un solo tajo, puras ideas. De pronto su presencia comenzó a ser más frecuente, aparecía siempre que conversaban y se integraba a la platica, comenzó a asistir a las películas y todos lo recibían agradablemente. A partir de ese momento, él sintió que debía proteger su vida, si identidad. Sentía que en cualquier momento, el intruso saltaría sobre él y lo absorbería, absorbería su vida, sus lugares, incluso absorbería a Claudia, se comenzaría a alimentar de su presencia y terminaría convirtiéndose en él, invadiendo su vida, transgrediéndolo hasta el límite de lo imaginable, avanzando hasta el punto de ser él. Esto último y la idea de perder a Claudia eran los pensamientos que no lo dejaban vivir tranquilo en ningún momento, no podía dejar de pensar en el intruso, lo veía invadiéndolo, en las noches lo soñaba junto a Claudia, terminando su misión de usurparlo, de dejarlo fuera de su propia vida.
Después de terminada la función, se juntaron en circulo alrededor de la veladora como era su costumbre, en el momento en que el intruso se incorporó al circulo, un escalofrío le recorrió a Darío la columna, sintió unas ganas increíbles de destrozarlo, de hacerlo pedazos, sería un acto completamente justificado, sería en defensa propia y todos los presentes estarían de acuerdo con que fue la mejor opción. Pero no lo hizo, algo lo detuvo, los ojos de Claudia se veían tan llenos de paz que lo contagiaban y hacían a la rabia retroceder, la idea de asesinar al intruso se fue perdiendo en un comentario que Rott hizo sobre Virgilio; todos ya sabían que una vez comenzando a comentar a Virgilio, Claudia podía pasarse días enteros sin dejar de hablar.
Darío se levantó y caminó por el suelo de madera seca que rechinaba a cada paso, llegó a la mesa que igualmente era de madera y descorchó una de las tres botellas de vino que ahí había, llenó su copa y, al voltear hacia el circulo de gente se quedó completamente helado. Miró al intruso sentado junto a Claudia, abrazándola, besándola, mientras ella sonreía y lo recibía entre sus delgados brazos que son una especie de territorio de seguridad para él. Lo miró fijamente y el intruso pareció ignorarlo, de pronto lo volvió a ver, más detenidamente y se dio cuenta de lo que pasaba: era él, era él quien abrazaba a Claudia, era él quien conversaba sonriente, era él quien lo ignoraba. De golpe se dio cuenta, era demasiado tarde, el intruso era él y él era el intruso.
Una rabia asesina se apoderó del él, comenzó a recorrerle todo el cuerpo comenzando por la columna y siguiendo en el cuello. Estrelló su copa contra el suelo, y sólo en ese momento todos voltearon a ver a ese intruso ahí parado, tomó la botella de vino y la comenzó a vaciar a lo largo de la habitación, hizo lo mismo con las otras botellas, empapando finalmente a Claudia y al intruso. Prendió cuidadosamente una veladora con la cual comenzó a quemar la tela que usaban como pantalla, luego la tiró al suelo comenzando el incendio, pateó ferozmente la veladora que estaba en el centro del circulo y ésta fue a rodar hasta Claudia y el intruso, quienes se prendieron en un segundo, rápidamente todo el lugar estaba en llamas a pesar de que siempre le ha dado una especie de miedo el fuego. Todo fue en una fracción de segundo y nadie lo vio venir.
De pronto todo era como una pesadilla recurrente en la que se veía completamente rodeado de enormes llamas que lo consumían todo a su alrededor y a él mismo, de pronto el miedo apareció de golpe, pero él no podía hacer nada, no podía moverse y estaba ya en llamas, sólo se podía quedar mirando cómo se consumía todo a su alrededor. Todos corrían, gritaban aterrados y extrañados de lo que hacía ese, al que ellos veían como un intruso, aunque él supiera que no era cierto, que todo era al revés, que el otro era el intruso. Luchaban frenéticos por escapar del fuego que arrasaba a todo y a todos.
Pese a todo, pese al miedo, pese al dolor, él estaba feliz, estaba defendiendo su territorio, estaba dejando en claro que no retrocedería ni un paso ante el intruso, que era capaz de todo para defender su vida aún con su propia vida. En esos instantes, rodeado de fuego, era completamente feliz. Pese a todo, pese a que todos habían logrado escapar de la habitación, pese a que él seguía ahí y no se podía mover, era feliz. A partir de ese día, ya podría descansar, podría dejar de protegerse del intruso, todo estaba acabando. No importaba que el fuego arrasara con todo y que en unos segundos él mismo sólo fuera un montón de cenizas. No importaba, ya nunca más tendría que temer, después de hoy, nunca habría otro intruso. Eso lo hacía muy feliz. Después de hoy, nunca habría otro intruso. Otro intruso..
Texto de valens agregado el 02-07-2007. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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