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Inicio / Cuenteros Locales / josef / La Maratón de las dieciocho naciones.

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La maratón comenzó temprano, ese mismo amanecer. Dieciocho hombres entrenados metódicamente, entre los que figuraba Eduardo Jefferson Losada, tomaron parte en la disputa de una carrera en la que antes que ganar, resultaba primordial, no quedar en último lugar. Pues ese mismo orden sentenciaba cual habría de ser la nación que resultara borrada de un mapa excedido por una flagrante y devastadora superpoblación mundial.

Cada tres años, los estados “supervivientes” que conformaban el llamado “concierto de las naciones,” organizaban el evento. Como es natural, una gran mayoría anhelaba verse desembarazada de poblaciones tan colonizadas como China, con diez mil millones de habitantes; Alemania, con tres mil millones; Estados Unidos, cinco mil; Japón, cuatro mil quinientos o India, nueve mil millones. Por sí solo el censo de estas cinco naciones, comprendía más del ochenta por ciento de la humanidad.

Pero una vez más, ocurría lo que suele suceder en tales contextos de masificación. A más cantidad mayor especulación. Y dichas, citémoslas, potencias, se habían transformado en notables “generadoras” del deporte internacional y del atletismo en particular. Hasta tal punto era así, que cualquiera que viajara a los Estados Unidos, podía encontrarse las calles de sus ciudades más importantes, sus carreteras estatales, e incluso la cima de sus ilustres picos, como la cumbre Mckinley, revestida con rótulos publicitarios que exhortaban a practicar el “saludable deporte del atletismo.”
Otro tanto ocurría en las demás potencias demográficas. En China, por ejemplo y para dar ejemplo – valga la redundancia – se instituyó la pena capital a quien no se adiestrara en el vital deporte a partir de la tierna edad de doce años. En cambio, en Japón se recompensaba con riqueza a discreción a los vencedores de los eventos; los cuales, eran agasajados por diversas multinacionales, con toda una gama de cuantiosos y extravagantes caprichos. En Alemania ser competidor consumado instituía al personaje de un privilegiado abolengo. Mientras que en India, el deportista era depositario de la fe y voluntad del mismísimo Ghandi.
De tal forma, todas estas naciones se acabaron por transformar en devotas coleccionistas de trofeos al primer, segundo y tercer puesto, de tan distinguida maratón. En tanto que el decreto del más flojo, la ley del perdedor, como siempre recaía en las naciones pobres y peor preparadas. Aunque… naturalmente, algunas se mantuvieron a salvo mediante el empleo del falaz soborno. Pero tan sólo las que por entonces poseían ciertas ventajas, o para ser francos, cualquier clase de riqueza material, por ínfima que fuera, podían aprovecharse de la situación.

De las naciones árabes sólo existía Qatar, quien disponía de una última bolsa de petróleo. Un carburante que pese a hallarse infravalorado, aún resultaba útil en determinados materiales.
En el África subsahariana apenas eran tres las naciones presentes. Titulares de minas de oro, diamantes y platino, se libraban de la destrucción. ¿Las demás? Sencillamente no existían. Eran hoyos infaustos en un mapa surcado por una cruel devastación nuclear.
Europa se componía por Francia, Rusia y sus dominios armamentísticos; Alemania y su industria pesada; Suiza y sus “honestos bancos dedicados al blanqueo de dinero… negro.” Y una Noruega devaluada, bañada en su inestable oro “negro” del mar de norte.



¿España, Italia, Grecia, Portugal, Rumanía, Polonia, Suecia, Letonia, Chequia, Holanda, Bélgica, Reino Unido, Bulgaria etc…? Formaban parte ya de un pasado, quizá cercano, pero sin apenas lástima ni gloria.
Oriente eran India, China y Japón. Oceanía, Australia e Indonesia.
En cuanto a América… En el norte, por supuesto, prevalecía la todopoderosa EEUU. Y en el sur estaban Venezuela, al frente de unos disminuidos pozos de petróleo, por quienes velaba con celo el tataranieto de un tal Chávez; Brasil, que sobrevivía expoliando su patrimonio forestal – deforestado y sus yacimientos minerales. E inexplicablemente… ¿Panamá?
¿Cómo podía sobrevivir a semejante purga un Estado de solo 78.200Km2 con una exigua población de apenas sesenta millones de habitantes, carente de la más ínfima riqueza material? La respuesta era clara y sobre todo, elocuente: Disponían del fabuloso canal.

Y, según discurrían las carreras, Eduardo Jefferson Losada, su representante, lo tenía presente.
Había crecido a la vera del canal. Amaneciendo albores de tibia claridad para ver circular los vastos cargueros y contemplar con ilimitada fascinación, el vaciado y relleno de las esclusas que igualaban los niveles de ambos océanos. Reuniéndose con sus mejores amigos, para ir a pescar y a bañarse en las cálidas aguas del lago artificial Gatún. Juntos, recorrieron mil veces las húmedas veredas del canal, retozando a cada instante, sin cesar de saludar a los barcos que transitaban hacia destinos lejanos y desconocidos.
Cuando cumplió los dieciocho, obtuvo el puesto de revisor de los ochenta y un kilómetros de que constaba el canal, desde su extremo Pacífico hasta el Atlántico. La empresa le cedió un humilde vehículo Wolkswagen. Nunca llegó a utilizarlo. Desde el primer día decidió efectuar el recorrido por sus medios; es decir, a pie. Sostuvo que su intención era precisar al detalle cualquier defecto en el contorno de los márgenes del cauce. Lo tomaron por absurdo y extravagante, y le dieron dos días exactos para revisarlo. Si al término no presentaba un informe completo, quedaría expulsado.
De tal modo Eduardo Jefferson Losada comenzó a forjarse su historial de “corredor.” Un día iba en un sentido, en apenas cuatro horas – ya que eso hacía – apresurarse los ochenta y un kilómetros que tenía el recorrido.
Su casa quedaba al oeste, junto al océano Pacífico. De ahí partía hasta el Atlántico, donde solía hacer noche en el hogar de Lucas, un buen amigo, con quien tenía tiempo de echar unas partidas de Backgamon.
Aquella primera vez regresó a tiempo con un informe tan exacto y detallado, que lo admitieron además de sin dudarlo, con admiración y entusiasmo.
Terminaba de redactar sus datos sin detenerse, al tiempo que marchaba.
Alcanzó un estado tal de perfección, que ya no le hizo falta demorarse para precisar donde se hallaba el desperfecto. Conocía los contornos y aristas del cauce con precisión milimétrica.
Pasaron dos años. De un súbito flechazo se enamoró y amó a la bella Miraflores Ibáñez a las puertas del juego de esclusas: Miraflores. Contrajo matrimonio a bordo de un carguero “Panamax” propiedad de la compañía: “Autoridad Nacional del Ambiente de Panamá.” Estaba en la cumbre de su vida, no necesitaba más para ser feliz, cuando se lo propusieron. Se sentía cómodo y no hubiera deseado aceptar. Pero tratándose de un asunto de Estado, no tuvo más remedio.

Comenzó las carreras. El primer año venció sin problemas en el evento que organizó el Japón en la admirable localidad marítima de Honshu. El segundo año tampoco estuvo mal, volvió a ganar la maratón que se disputó en Doha, Qatar, a orillas del golfo Pérsico. Aquel segundo año el nombre de Eduardo Jefferson Losada comenzó a extenderse y resonar en el mundo;
las ofertas para canjear de nacionalidad le llovieron del cielo ¿o acaso del infierno? Pero él prefirió continuar viviendo en su humilde, bueno, quizá ya no tan indigente morada a orillas del canal. El tercer y cuarto año en Hong Kong y Caracas, corrió sin interés e hizo dos apretados segundos puestos. ¿Le bastaba? ¡Le sobraba! Aún así nadie había logrado semejante hazaña jamás. El quinto año triunfó de nuevo junto a las aguas del Báltico, y el sexto le tocó celebrar el evento a Suiza.
De pronto, y por primera vez en su vida, Eduardo Jefferson Losada descubrió el excepcional panorama de un lago de montaña. El Interlaken se abría circunvalado por las majestuosas cumbres de los Alpes.
La carrera dio inició. Comenzaron a circular sobre un circuito que efectuaba continuas vueltas en torno al lago. En seguida, y sin aparente dificultad, Eduardo se puso al frente. Su mirada reconocía las orillas con deleite. Sobre una delicada embarcación de vela, una pareja de enamorados se besaba sin siquiera detenerse a observar la competición. ¿Y para qué? Pensó Eduardo. Y se sintió satisfecho de ser partícipe de la sublime dicha de ambos. Más allá, un grupo de ocas graznaban con avidez tras unos chiquillos que arrojaban migas de pan; la superficie del lago fulguraba como un espejo de azogue trazado tan solo por las inmaculadas ondas que creaban las percas al atrapar los insectos en superficie. Bandadas de aves acuáticas se contraponían ante el blanco puro, de profunda nitidez, de las quebradas cumbres que dominaban el valle. Todo estaba dispuesto de una forma puntual y resaltaba hermoso y rotundo, pensaba Eduardo. No le costaría vencer. Pues para él desplazarse en dichas circunstancias, apenas significaba un esfuerzo.
Un guardia los desvió a la derecha. Comenzaron a ascender por un lugar que de pronto le resultó irreconocible. Sin duda era un camino diferente. Se trataba de una vía en pronunciada ascensión. Sobre todo era una ruta agobiante, enclavada en una oscura garganta que por primera vez en su vida se convirtió en un infierno. Y Eduardo Jefferson Losada se quedó sin el punto de referencia que siempre había utilizado como guía: El agua.
Y no fue sed lo que sintió. Ni exigencia de bañarse. ¿Para qué? Ni tan siquiera hacía calor. Sino opresión y ansiedad. Necesitaba hallarla. Encontrar la referencia. Sin ser consciente Eduardo había dejado de correr y ¡volaba! Aunque en realidad no hiciera tal. El público, consciente de la desmesura de la hazaña que presenciaba, lo respaldaba maravillado. Se trataba de un maratón que se resumía en un solo detalle. La disputa del hombre contra el hombre. Había dejado lejos, a más de media maratón, a su seguidor más inmediato, y proseguía con su innegable estilo de zancada, hacia una cima ignota de los Alpes, en la cual no se hallaba meta ni cámaras, ni comentaristas, ni público. De todas formas, la diferencia era tan abrumadora, que todos daban por sentado que Eduardo rectificaría y ganaría. Nadie entendía ni tan siquiera entreveía la sufrida lucha que se desencadenaba en su interior. Nadie adivinaba que por primera vez en su vida el gran campeón estaba perdido, y navegaba sin rumbo ni sentido, entre un áspero peñascal, revuelto como un violento temporal. Su marcha se había transformado en cadencia desaforada y afanosa, sus pasos se multiplicaban de forma que caminaba como si levitara. Y eso hizo. Alcanzar la cima levitando, pero no se detuvo; la sobrepasó y llegó al extremo del talud. Entonces se paró en seco y abajo, tan pequeño como una pompa de agua, divisó el fastuoso Interlaken. Y de pronto volvió a reencontrarse consigo mismo; con los márgenes de su vida. Los márgenes de su canal…
Y en efecto, tuvo tiempo de rectificar aunque ya no de vencer. Tampoco de hacer segundo ni tercero, ni siquiera cuarto. Logró entrar a duras penas antepenúltimo. Por delante de una nación que dejó de existir.

Cabe decir que por alcanzar dicha posición en su país recibió los mayores honores y agasajos jamás dispensados. E incluso el parlamento votó a favor de sustituir el nombre del canal y denominarlo: “Canal Eduardo Jefferson Losada.” Como es natural disgustado ante semejante arrebato de pueril panegírico denegó, pues el canal no era suyo ni de nadie, sino de Panamá.

Al año siguiente Eduardo lo tenía claro; se negó a participar. Pero ya no tuvo importancia, no hubo más desafíos. La humanidad jamás superó el definitivo. Sucumbió ante un virus letal. Pero… ¿perecieron todos? ¿Los aproximadamente cincuenta mil millones de habitantes?

No se sabe con exactitud. Desde luego, Eduardo Jefferson Losada y su esposa Miraflores, no.
En los márgenes del canal, Pedro Miguel Jefferson Losada Miraflores hijo, encontró un diminuto vegetal que procuraba inmunidad contra la terrible pandemia.
Y claro, murieron. Pero ocurrió mucho después; tras una tierna y dulce vejez. Velando los márgenes de su inmaculado Canal de Panamá…


José Fernández del Vallado. Josef. Julio 2007.

Texto agregado el 05-07-2007, y leído por 46 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
2008-09-15 17:50:57 hermosa historia y a la vez poco alentadora, te imaginas, de todas formas ese es el futuro proximo de la humanidad. ;) darioletha
2007-07-15 14:35:40 Más que un Verne diría que tu Maratón tiene toda la clase de un clásico...de un Josef Fernández del Vallado...Aparte de eso, las palabras se me quedan cortas.. churruka
2007-07-08 04:33:44 Tu texto tiene la imaginación de un Verne y la rica vivacidad in crescendo de Verlaine. Con letras mayúsculas, EXCELENTE. THEOTOCOPULO S
2007-07-07 23:47:19 una bella narracion bien detallada en cada palabra con mucha creatividad5* neison
2007-07-07 12:26:27 ¡Vaya! Gran imaginación la tuya. De esta maravillosa historia de ciencia ficción incluso se pueden hacer diferentes cuentos dentro de éste mismo. Me ha encantado, felicidades. Un saludo de SOL-O-LUNA
2007-07-07 02:28:37 Genialidad a raudales en esta historia, lo único que me molesta es que nos borraste de un plumazo, sniff, pero bueno, a un amigo genial se le perdona hasta que nos convierta en nada. Besos y estrellas. Magda gmmagdalena
2007-07-06 02:46:20 Es una narración divina,me encanta incluso con lectura apresurada como su protagonista, levitar, que bien suena eso, Chile había desaparecido amor? Creatividad innata, ingenio a más no poder, tu cabeza vale oro, infinitas ***** cochalluyo
 
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