Electromaquia
La historia de Guillermo, hombre de unos 27 años, arquitecto desempleado y padre de su ya no joven madre, es la historia que se asemeja a aquella bifurcación marítima que hace años hizo un anciano moralista y que hoy es la metáfora de esta tragedia. Guillermo vivía prácticamente solo, en un departamento aislado y tristemente dependiente de las lágrimas de su madre, una viuda quejumbrosa y preocupada por las congojas de su apesadumbrado corazón. Guillermo iba y venía, buscaba trabajo y tocaba puertas, tomaba en bares y veía televisión, sí, sobre todo, mucha televisión. “Yo quería ser futbolista”, se repetía varias veces, “patear la pelota y ser igual a Clarence Dierhoff, maldita carrera, malditos padres”. Y es que yo me solidarizo con Guillermo, no tenía la maldita culpa de ser encomendado por los designios de la divina providencia paternal. Su madre lo sobreprotegía y su padre (para evocarlo de su muerte) reflexionaba continuamente sobre un posible control de todos los estímulos que no lo conducían a la arquitectura, la carrera de la familia. Así estuvo dos meses buscando un trabajo, estable o temporal, tocando y escuchando cerrar, así durante dos meses, hasta que su esperanza samaritana no volvió más hacia él, el padre perseverante. Cuando Guillermo se resignaba de todo; del dinero, de los pagos, de los bares y de su profesión, se sentaba en el sillón gris y encendía la televisión. Le gustaba ver televisión: burlarse, llorar, entretenerse, gritar, ignorar y hasta dormir junto con ella. Había de todo, un universo lleno de galaxias completas y cada una de ellas tenía planetas que gravitaban según el horario. A Guillermo le gustaba ver los noticieros, los resúmenes deportivos, el canal del estado y, sobre todo, aquellos planetas que se encontraban gravitando alrededor de un lascivo y prohibido sol caliente.
La tragedia de Guillermo comienza un lunes, 10 de julio para ser exacto, prendió la televisión, eran las 7 de la noche y vino cansado de un pequeño e improvisado trabajo en una agencia publicitaria. Encendió la televisión , apareció su canal favorito “gane y gane” en el canal 111, cuando escuchó un fuerte sonido en el viento; un torbellino anunciado en el balcón, un movimiento de ventanas y un fuerte ¡boom!, la oscuridad se dio a conocer. ¿Un apagón? -replico Guillermo junto con su madre- “no se ve nada”. Se asomó a la ventana y todo estaba así, sin nada, sin la luz bohemia de las noches. Guillermo fue a ver los plomos y desistió cuando se dio cuenta que era un apagón general. Las casas estaban a oscuras se veían las estrellas más cerca que nunca, y más que éstas, la luna tenue. Las personas salieron a preguntar a sus vecinos y los vecinos a sus otros vecinos y los otros vecinos a sus parientes y sus parientes; en una cadena infinita de quejas humanas horrorizadas por el apagón. A las dos horas se fueron a dormir todos.
Guillermo se levantó a las 7, tenía que trabajar y lo tenía que hacer sin despertar a nadie. Prendió la ducha eléctrica y salía agua fría, prendió la cafetera eléctrica y no salía nada: “maldito apagón”, salió regurgitando lisuras hacia la calle a tomar un taxi. Todos comentaban lo del apagón, no había luz y por ende no había electricidad, la compañía de teléfonos se iba a comunicar con el pueblo en la plaza mayor de la ciudad a las 2 pm. Y a todos le parecía extraño. Guillermo regresó de uno de sus tantos “trabajitos” de otra agencia, todo estaba oscuro en su casa, unas cuantas velas y un vaso roto. Se sentó en el sofá gris, recogió el control del mueble y prendió la televisión, no funciona: “apagada”, se paro y se dirigió al cuarto de su madre; “durmiendo”. Durmiendo, como todo el mundo, sediento de electricidad. Al gran demagogo del ensueño se resguardan todos, del satírico drama de la ausencia eléctrica, todos durmiendo: “Guillermo”. No solo tuvieron que esperar que pasaran dos horas, sino dos días más, y al ver que no fluía, la parafernalia engrandecía, y se mofaba de las alegrías. La televisión no funcionó, los periódicos no salían a circulación, la información no florecía, y algunos se preguntaban “¿que sería de los astronautas?”, el sol se despertaba y la luna nacía, los años y el calendario ya no existían, solo se leía de día. Pasó Guillermo a su austera vida sin luz, sin medios. Paso un año y después tres, pasaban los días y la luz del sol. Al principio, los más ascetas profetizaban el fin del mundo, los niños ya no querían ser futbolistas y las niñas ya no vedettes, antes matemáticos, filósofos o pintores que limpiar un simple cabaret. Las compañías vieron bajas pero supieron florecer, despertaron la agricultura y la artesanía, los alimentos eran más difíciles de conseguir. Las tareas se hacían a maquina de escribir yo todo era más lento. De noche, como topos, dormían todos a las ocho con pequeñas luces en la casa. A veces había un incendio, o un robo, saqueos o asaltos, los hombre aprovechaban la oscuridad. A veces se hacía una fiesta de día, unos quince años o una reunión matrimonial, pero ya no por nada se celebraba. Todos trabajaban el doble, las bandas de rock ya no existían, el heavy-metal desapareció y solo se los escuchaba tocando acústicos en alguna esquina. La compañía atribuía la tragedia a un fenómeno órfico. Las personas tenían miedo de salir a las calles. La política era ahora monárquica y ya no producían sus teorías conductistas ni lavados de cerebro a través de los medios, nadie adoptaba aquellos psicopáticos factores.
“¡Skinner!” “¡Rollo May!”.
Guillermo despertó a las 7, se preparó para despertar a su hijo, paró el fuego de la hoguera, y sirvió el café con leche de vaca; se acerco a la ventana a releer un libro de Gustav Jung y escucho en la fría mañana de la salida del sol, con las orejas y las manos aún calientes, el estallido leve de un cable. Se levanto de la silla de paja, dejo el café, se paró para detectar de donde venía, su mandíbula se caía, y otra vez escuchó el estallido de un cable, corrió hacia las escaleras, sacó la televisión que estaba bajo una manta en el sótano, la conectó allí mismo en un polvoriento y oscuro rincón y gritó “¡Volvió!” “¡Volvió!”, salió jubiloso por la ventana y todo estaba igual, la chispa en el sótano salía de un cable suelto, Guillermo regresó y probó el televisor, no se veía canal alguno. Miró los fusibles en la puerta del sótano, se reía “10 años, 10 años” decía agitado mientras subía por aquí y por allá. Regresó al sótano, tocaron la puerta de la casa, Guillermo se agitó aún más, la mandíbula se le caía. Salió del sótano, apagó la televisión, se puso su bata, abrió la puerta y era la señora de la casa de adjunto. “Vecino, ¿pasa algo?, escuché algo en su sótano”. Guillermo estaba con el corazón que le estallaba -un nudo en la garganta-, la tomó de la mano y dijo por fin: “Nada, no pasa nada, gracias. Es solo que me caí en el sótano”....Sería mejor así- y tomó otra vez el libro y su café.
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