Era una mañana maravillosa, después de una noche también maravillosa, precedida de una semana inigualable. Eso teníamos juntos, exactamente una semana.
La abracé aún medio dormida, la besé, me abrazó y despertó casi por completo. La contemplé por unos largos segundos, desnuda y hermosa, preciosa, PER-FEC-TA. "Todas las rosas tienen sus espinas", le dije susurrándole al oído. Ella sonrió complacida y somnolienta. Hice un largo silencio y luego pregunte: "¿Cuál es la tuya?" Fue un grave error, su mirada cambió, su sonrisa cayó y, luego de un largo suspiro, me respondió impávida, desde el témpano que yo mismo había creado: "No me gusta que me hablen mierda en la cama...".
En verdad se llamaba Rosa y no quiso verme nunca más... |