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Inicio / Cuenteros Locales / churruka / El granadero ( dedicado a Josef)

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El granadero



Su garganta se quiebra, le arde al tragar y el rumor de la guerra resuena en sus oídos. Mira a su alrededor y ve sólo muertos y más muertos, y los pocos que aún quedan con vida, un puñado de supervivientes, con los ojos enrojecidos por el humo y la fatiga, y por el propio miedo, aunque lo ignoren.



Los heridos que todavía se mantienen en pie buscan el apoyo de un camarada; otros, permanecen arrodillados o se sientan en la tierra, entre el fango y los charcos, mientras se sostienen abrazados a su fusil con la culata hincada en el suelo. El barro y la sangre ha rebajado la digna estampa de sus uniformes, antes tan flameantes y ahora, finalizada la batalla, sucios y desgarrados. Muchos han perdido sus morriones de piel de oso y greñas de cabellos enmarañados revolotean al viento con el relente que comienza a soplar cuando la tarde declina. La brisa aumenta y los alivia; y sin embargo, continúan con la boca abierta y las fosas nasales dilatadas; les cuesta respirar debido a la pesadez del aire envenenado de pólvora y azufre. Sus rostros sudorosos y hoscos escudriñan la niebla que lenta se levanta; pero la mayoría tiene la mirada descarriada en un punto lejano e imaginario. Es la mirada de la guerra, esa mirada que tantas veces ha visto reflejada en la suya.
Cojea de la pierna izquierda. Una mancha de color pardo oscuro ensucia el trozo de tela que le cubre la rodilla. Le duele el hombro de disparar sin pausa y tiene las manos y los brazos entumecidos. Limpia su fusil y el arma blanca con un trapo. La sangre aún le corre por las mangas y se desliza hasta los codos. Han tenido que repeler las cargas del enemigo a golpes de bayoneta y culatazos. Apenas unos metros más adelante se amontonan los cadáveres. Alza la mirada y contempla un cielo de acero que se estremece sobre su cabeza. Un revoltijo de penachos negros se asoman entre las nubes anunciando la proximidad de la noche. Los fusileros británicos y los malditos prusianos han vuelto a retirarse; deben reorganizarse para lanzar otro asalto, quizás el último.
Tarde o temprano las tropas aliadas romperán el carré y acabarán con ellos. A lo sumo resistan hasta que anochezca. Tal vez algunos logren al amparo de la noche alcanzar la espesura de los bosques, que a la luz del crepúsculo se distinguen borrosos y distantes entre los pliegues del terreno; a no ser que antes los Ulanos los cacen como a conejos y los ensarten con sus lanzas; o caigan en manos de los británicos, si tienen suerte; porque los prusianos no suelen hacer prisioneros.



Adivina que es la última batalla, al menos para él... No intentará huir... Para qué. Sí aún no se ha dejado matar ha sido por sus compañeros, por no dejarlos a solas con el enemigo y por la disciplina, por la estúpida disciplina.
La Guardia Imperial se desangra; se sacrifica para que el grueso del ejército con su emperador a la cabeza logre escapar. Los granaderos y los Chausseurs de la vieja guardia se han situado entre dos lomas por cuya hondonada en el medio se halla un importante cruce de caminos. Con su desesperada resistencia evitan que el enemigo inicie la persecución y aniquile al resto de las tropas.
El conoce el lema : “ la garde meurt et ne se rend pas”* ( la guardia muere pero no se rinde). Esas mismas palabras le gritó el general Cambronne al emisario aliado que pedía su rendición; y cuando el oficial británico se puso exigente, el general no le pudo responder de manera más clara y tajante, “Merde” le dijo, lo que provocó un coro de esbozos sonrientes entre las filas de los viejos soldados.



Mientras los demás se desahogan y se ríen de su destino por la inesperada respuesta del general, él piensa que aquel es con certeza caprichoso; apenas unas horas antes tenían al enemigo arrinconado contra los bosques; se tambaleaba, hasta que los prusianos habían aparecido de repente por la retaguardia y la victoria, casi al alcance de la mano, había dado un giro inesperado, convirtiéndose en una trágica derrota; y que a estas alturas, él y los otros, se negaban a aceptar como un hecho consumado.
Hace tan sólo tres días habían atravesado el río Sambre durante la noche adentrándose en territorio belga. Como una cuña se infiltraron entre los dos ejércitos aliados. Los británicos permanecían confiados en Bruselas y sus mandos celebraban aquella misma tarde un banquete en honor a su comandante, el duque de Wellington. Los prusianos, hinchados de cerveza y borrachos de sueño, contemplaron a la mañana siguiente cómo el ejército imperial se les echaba encima cerca de la población de Ligny. Y sin embargo el grueso del ejército prusiano había logrado escapar gracias a su anciano general, el mariscal Blücher, que a sus setenta y dos años había conseguido mantener unidas a sus tropas durante el repliegue.
A pesar de su rotunda victoria, el emperador estaba furioso; el mariscal Ney, al mando del ala izquierda; y a quien Napoleón le había ordenado perseguir y aniquilar al ejército prusiano, había esperado demasiado y su indecisión facilitó la fuga del grueso de las fuerzas enemigas. Debido a la vacilante conducta de su mariscal, el emperador se había visto obligado a enviar un tercio de su ejército, unos 30.000 hombres bajo las órdenes del mariscal Grouchy, con la consigna de no despegarse de los talones de los prusianos, que huían hacia la frontera.



Libre de los germanos, al menos de momento, Napoleón se lanzó sobre el ejército británico. El Duque de Wellington, viejo zorro y precavido, había situado sus fuerzas sobre una serie de lomas cuyas pendientes embarradas debido a las recientes lluvias, dificultaban el ascenso y obligaron el retraso del ataque francés hasta el mediodía. Los franceses iniciaron con arrojo el ataque; pero los británicos y sus aliados, atrincherados en posiciones estratégicas como las granjas fortificadas de Hougoumont y La Haye Sainte, donde la infantería francesa pagó una cuota muy alta de sangre hasta que las logró ocupar tras numerosos asaltos, frenaron su empuje. Por si esto fuera poco el barro parecía haberse aliado con los británicos entorpeciendo el avance. Las posteriores cargas de caballería dirigidas por Ney no dieron resultado; se estrellaron contra la tenaz resistencia de los cuadros de fusileros británicos. Únicamente cuando Napoleón se decidió a enviar a su querida Guardia al ataque, pareció por fin que la batalla se decantaba a su favor; pero por ironía o crueldad del destino, en el mismo instante en que la guardia atacaba, los prusianos surgían de la nada.



El emperador temía que el ejército prusiano lograse unirse a los británicos y lamentablemente esto mismo ocurrió; los prusianos habían regresado al campo de batalla en el momento menos propicio; y Grouchy, quién sabría por dónde andaría Grouchy, con los 30.000 soldados que al emperador tanta falta le hacían.
Los acontecimientos que se desarrollaron tras la llegada de los germanos no merecen la pena narrarlos; eran hechos que estaban llegando a su fin.



El granadero se arrodilla y le ofrece su cantimplora a un compañero herido, un enjuto granadero alsaciano con un trozo de metralla incrustado en el pecho. Escucha un graznido y descubre sobre sus cabezas una mancha oscura y diminuta que se recorta sobre las nubes aún grises. El ave de presa no se decide a alejarse y continúa surcando los aires sin abandonar el campo de batalla. Recuerda una mañana luminosa, un día ya muy lejano y borroso, cuando divisó en el cielo una ave parecida camino hacia la escuela donde su padre ejercía de maestro. Durante todo el recorrido contempló absorto el vuelo del ave, hasta que su ojos se tropezaron con el cuerpo de un hombre que se balanceaba de la rama de un tilo. Era el cadáver de su padre a quien los revolucionarios locales habían colgado junto a su escuela.
Su madre, desquiciada, desapareció sin dejar rastro y sus hermanos se dispersaron por los cuatro puntos cardinales; se encontró sólo de la noche a la mañana. Un día lo apresaron los gendarmes cuando se dedicaba a mendigar por los pueblos con otras legiones de huérfanos; le obligaron a engrosar las filas de un regimiento como tamborilero al amparo de la nueva República. Acabó haciéndose soldado, algo que jamás había deseado ni por asomo imaginado. Los años pasaron y con el tiempo le tomó cariño al emperador. Combatió a su lado numerosas batallas y después de servir ocho años en la infantería, lo admitieron por fin como granadero en la Guardia, cuerpo escogido y de élite, y columna vertebral del ejército napoleónico, a quienes muchos de ellos el emperador conocía personalmente.
La soledad le aconsejó formar una familia, pero casi nunca los veía exceptuando en los breves permisos. No los aguantaba; no es que fueran insoportables, lo que ocurría es que no se soportaba a si mismo, aunque en el fondo los amase. Su verdadero hogar era sin duda el ejército y la guerra.



Las alianzas enemigas se sucedían y con ellas las batallas. Recibió numerosas heridas, varias de gravedad, como la que le propinó el sable de un cosaco en Austerlitz. Por último le tocó participar en la escabechina de lo que fue la campaña de Rusia. De los 600.000 soldados que iniciaron esta larga ofensiva apenas una décima parte volvió a pisar suelo francés. El tuvo suerte; no recibió ningún rasguño, aunque regresara demacrado y con el ánimo roto. Sin embargo la herida más cruenta y dolorosa que jamás sufriera fue cuando se enteró que a su primogénito lo habían matado a las puertas de París, en una de las últimas batallas de desgaste y cuando la guerra estaba más que perdida. Regresó a su hogar a consolar a los suyos; pero no había nadie a quien consolar. Las fiebres y el hambre se habían encargado de ello; se encontró con tres tumbas, la de su mujer y la de las dos pequeñas. Comenzó a consolarse el sólo con el alcohol a su lado. Sus días transcurrían en un tremendo estado de embriaguez; porque era preferible a tener que enfrentarse al silencio, la soledad y sus muertos.
Cuando conoció la noticia de que el emperador había regresado de su destierro en la isla de Elba, y que se encontraba de nuevo en París tras una entrada triunfal, no se lo pensó dos veces; se alistó de nuevo. Lo recibieron con los brazos abiertos, quedaban tan pocos veteranos. Como a su emperador le retornaron las fuerzas e incluso algo de la ilusión que con la vuelta de Napoleón había contagiado a todos. Mientras estuviese en campaña los diablos del pasado no podrían atraparlo; pero el destino les había jugado una mala pasada a los dos y la ilusión se disolvía aniquilada a las afueras de un pueblo mísero en medio de la tristeza de los campos valones llamado Waterloo.



Enfrascado en los recuerdos regresa al presente, cuando sus camaradas se desperezan y escucha sus voces apagadas y el tintineo metálico de las armas. Los granaderos vuelven a formar. Distingue a los pies de la loma el inconfundible sonido de las gaitas y las guturales voces de mando. Sonríe para sus adentros; nunca hubiera sospechado que su última batalla la tendría que librar contra tales amazonas. Los fusileros escoceses comienzan a ascender por la pendiente mientras sus gaitas rugen al viento y el redoble de sus tambores tocan a degüello.
El granadero ayuda a levantarse al alsaciano herido, lo mira un instante a los ojos y le ajusta la venda ensangrentada sobre el pecho. Los guardias forman en dos hileras, una de pie y otra rodilla en tierra; porque no hay para más. Por suerte el enemigo no va a cañonearlos como antes; son ya muy pocos y no hay que malgastar innecesariamente la munición. Menos mal, porque al inicio de la tarde, con cada impacto que daba en el blanco, a los supervivientes les caía encima una lluvia de metralla y de sangre, además de los cuerpos despedazados de sus compañeros. Tampoco habrá combate cuerpo a cuerpo. Los escoceses se detendrán a lo sumo a un cuarto de yarda y los rociarán con salvas de fusilería hasta que no quede ninguno.



Carga y dispara como un autómata. A los Highlands les va costar cara la victoria antes que todo termine; y acaba cuando recibe dos disparos. El primero le atraviesa el rostro de pómulo a mejilla. Siente cómo la sangre le corre por la boca; percibe su sabor a herrumbre y cómo se mezcla con el dolor agudo y las astillas de sus dientes fragmentados. El segundo le entra por el pulmón izquierdo; le destroza el corazón y se queda incrustado en el derecho. Se desploma sin un grito y con el fusil todavía entre las manos. Su compañero y otro granadero intentan arrastrarlo de nuevo a la formación; pero sus ojos han vuelto a tropezarse con el águila y la muerte le permite que su mirada acompañe al ave en su vuelo, mientras su vista se agrieta y son sólo dos vidrios ajenos a la vida.




*****



Se encuentra al borde de un arroyo de aguas limpias. Un muro de niebla se alza a sus espaldas, por donde aún oye apagado el rumor de la guerra que lentamente se extingue y se convierte en el suave desliz de la corriente y el rumor del viento sobre las hojas. Contempla al otro lado a su familia que le espera. Un cielo radiante se aleja hacia el infinito tras pastos y campos interminables. Se gira un instante y observa la bruma antes de cruzar el río. Alcanza la orilla opuesta y se detiene indeciso ante los suyos, hasta que comienza a correr y los abraza. Por fin ha vuelto a casa, por fin ha regresado a su hogar.




Este cuento está dedicado a Josef, uno de los grandes cuenteros de esta página.



Churruka, 11.07.2007









Texto agregado el 12-07-2007, y leído por 283 visitantes. (20 votos)


Lectores Opinan
2007-08-03 22:03:55 Grande don Churruka, como el destinatario de este estupendo regalo! AzulMarina
2007-07-19 16:33:39 Un texto estupendo como tú dices para uno de los grandes cuenteros de la página de otro cuentero inmenso. Dos estilos distintos para dos de los mejores prosistas que escribís por aquí. m_a_g_d_a200 0
2007-07-18 02:58:24 Me alegro de haber pasado por aqui. se disfruta este texto, bien por el trabajo, bien docuemnetado. Saludos. nomecreona
2007-07-17 19:05:00 Gran texto que he disfrutado de cabo a rabo, Josef es digno merecedor de él. Felicidades a ambos. Un saludo de SOL-O-LUNA
2007-07-15 20:10:34 Muy hermoso tu texto. Bellamente narrado. Tiene delicadeza aùn cuando nos narras la vida en sus infiernos. Felicidades. Muy bueno. Astolfo
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