Son ya semanas maduradas a meses de las que no tengo memoria. Días sin emociones que se revuelven tirados en un cajón; el del olvido. Este último trazo no lo viví yo, no lo sufrí yo y no lo disfruté yo. Es como un sueño que se resbala de la conciencia en tanto se abren los ojos, y se sabe que se ha soñando, pero las caras bien podrían ser cualquier cara. ¿Cuán largo duró? bien podrías decírmelo tú. La vida sin memoria no es vida, nunca pasó. Mañanas alargadas hasta caer la noche, en espera que algo pase, que se caiga el cielo, que se congele al mar, o que llegue de una vez la muerte, pero que pase ya algo. La esperanza dejó de doler, ya se llenó su vacio. Cuando la esperanza se va del todo el olvido es fácil y ni siquiera se extraña el antaño; todo lo que es y será esta pasando. Ya no se llora, ya no se ríe, ya no se acuerda la mente ni de lo que se hizo el día anterior, y el mañana esta en el mismo plano. Dicen que la esperanza es lo último que se pierde, yo digo que después de la esperanza se puede seguir perdiendo mucho más, poco a poco y de grano en grano. Pero luego de perderlo todo, de olvidarlo todo, se olvida también que se esta perdido, que se esta olvidado. Como una flor tímida algo empieza a brotar otra vez. Del caos de días sin archivo nacen las fechas, los sueños, las horas, la memoria y con ello una nueva y reluciente esperanza.
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