Jorge Rodelú es un hombre discreto, común y corriente, de modesta apariencia, que se gana la vida como encargado de distribuir correspondencia para varias empresas públicas y privadas.
Pero, en este señor ocurría algo surrealista, complejo, a saber: experimentaba una polaridad de personalidades, posiblemente un cuadro de alguna patología psiquiátrica como la esquizofrenia.
Por un lado, el Rodelú equilibrado, juicioso, racional, aquél hombre discreto que mencioné al inicio de este relato, la cara apolínea de la moneda. Este Jorge buscaba un trasfondo, acerca de verdades aparentes y efectivas, corticales y medulares. Sabía guardar la compostura en cualquier ocasión y gozaba de un prudente trato hacia los demás.
Sin embargo, todo el orden, el campo del minucioso entendimiento, la acentuada sobriedad emocional, se metamorfoseaban en un volcán, un reino de impulsos; el Rodelú dionisíaco, vivencial, intuitivo.
Puesta esta personalidad en funcionamiento, este hombre se mostraba propenso a la agresividad, reía con frecuencia, afrontaba desafíos que difícilmente aceptaría bajo el influjo del otro yo. No expresaba ni un ápice de timidez y gastaba su dinero con cierta temeridad.
La personalidad impulsiva cumplía con un rol purgatorio, neutralizaba la melancolía apolínea, mientras que ese lado cerebral, templaba los ánimos frenéticos de su yo caluroso.
Entre una transformación y otra, este hombre sufría inexorablemente instantes más o menos breves de constricción, de angustia, parecía como hierático. Era un proceso en el cuál se hacía un examen de conciencia, un corolario de las acciones de sus yoes.
Hasta que, un buen día, esa tempestad de contradicciones, fue erradicada, y ¿cómo?, de manera cuasi fabulosa. Un tercer yo, una tercera personalidad obró como una síntesis vital, fundió a las otras dos, para derivar en un nuevo, desconocido Jorge Rodelú.
Punto medio, enajenación, ni lo uno ni lo otro. Un nuevo Rodelú. |