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Inicio / Cuenteros Locales / juan-selva / El Suplicio

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Al despertar no supo dónde se encontraba, pero algo era seguro, ese no era su cuarto, ni aquella superficie dura era su cama, qué había sucedido. Recordaba que se había sentido mareado y después, la total nada, una agradabilísima nada, más bien como una totalidad, plenitud podría decirse.

El olor a humedad era desagradable, el aire era pesado y escaso. Le aterró el repentino dolor en su mejilla izquierda y fue peor cuando al pasar la mano por encima sintió como si algo se moviera entre su carne y la piel. Eran gusanos, lo supo al instante, su tacto se había agudizado, quizás por la oscuridad o la situación al punto de sentir perfectamente cada anillo que componía el insecto.

- ¡Maldita sea!- gritó.

No tardó mucho en comprender lo que pasaba. Pensaron que había muerto y lo enterraron, ya sabía que no podía esperar mucho de su familia, siempre habían sido más bien ignorantes con su enfermedad. Era un riesgo, sabía que la epilepsia podría causar una muerte aparente, pero a su familia parecía no haberle interesado esperar un poco.

Otros dolores similares al de su mejilla se hicieron sentir en otros muchos lugares de su cuerpo, pero de todos el más doloroso era el de sus oídos, o por lo menos debía serlo, porque en ese momento se percató que ya no le dolía nada, pasó de nuevo su mano para darse cuenta que el anélido aún seguía allí, moviéndose.

-Y rasguña las piedras – cantó mentalmente.

Sabía que era inútil desgastarse, lo mejor era esperar a que el aire se acabara y morir esta vez de verdad. Ya sabía él que acabaría de una forma no muy agradable, pero jamás espero que fuera tan asquerosamente extraña.

Pero algo, quizás una fuerza superior, porque ya sentía él que no quería hacerlo, le obligo a pasar sus temblorosas manos por el cuello. Fue entonces cuando sintió un escalofrío recorrer su moribundo cuerpo. Allí, en el lado izquierdo de su cuello, más exactamente de dos hendiduras, como la mordida de un perro o algo por el estilo, brotaba un delgado hilo de sangre.

En ese momento lo comprendió todo, estaría eternamente condenado a esa pequeña cárcel de madera, o quién sabe, quizás esos asquerosos animalitos que se movían entre su rostro lo devorarían. Ninguna de las dos opciones era agradable. En ese momento se dio cuenta que no necesitaba del aire.

Texto agregado el 23-07-2007, y leído por 52 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
2007-08-17 21:39:20 Que triste final***** lagunita
2007-08-09 00:40:54 Qué bueno! Un cuento que plasma con crudo realismo la horrible experiencia del protagonista. A pesar de su macabro contenido debo decirte, excelente! Te dejo cinco clavos para otro ataud. theotocopulo s
2007-08-06 01:31:50 muy bueno, me encanto. saludos peinpot
2007-08-04 21:57:39 EEyyyyyy tampovo imagine ese final, muy original chico, jejejeje pero yo no imagino una segunda parte. 5* fefnerberm ellon
2007-07-26 16:16:44 Vaya, nunca me imagine que terminaría así, un cruel destino para una cruel existencia, un cuento corto con un sutil toque de vampirismo, me gusto, Me imagino una segunda parte, le dejo la inquietud mi queridísimo AMIGO, jejejejejeje I'm just kidding. hallond
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