Si, si, si… ¡apareció de repente! Iba vestido de duende, con la punta de los zapatos hacia arriba y todo, entró en el vagón del metro y se quedó ahí, quietecito, como esperando algo...
Se puso en marcha el metro y de repente nos habló, nos habló a todos, a viejos, jóvenes, suramericanos, españoles, guiris, trabajadores, niños, africanos… y dijo con mucha énfasis:
- ¡MUY BUENAS AMIGOS! Estoy preparándome para revelarles un secreto, un gran secreto… las palabras que jamás se han oído en el metro de Madrid… tengo que calentar un poco señores, un segundo.
Y se puso a correr por todo el vagón como un loco, y a bajar y a subir, y uno y dos, y uno y dos, y a estirar las piernas y los brazos, y uno y dos, y uno y dos. Luego hizo unos ejercicios para calentar la voz y finalmente dijo…
- ya estoy preparado… las palabras jamás oídas por estos lugares son…
¡BUENOS DÍAS! ¡BUENAS TARDES! y ¡BUENAS NOCHES!
Todos nos echamos a reír, qué razón tenía el duende, éramos presos de la verdad, de la vergüenza de sabernos pillados por el descaro de un duende que se cuela en el metro para tratar de abrirnos los ojos.
Él siguió contándonos todo lo que no hacemos, nombrando a Galeano y sus Miedos, al poco humanismo que sudamos siendo humanos, y todo ello con gracia y algo de nostalgia. Cuando se bajó, hasta los abuelos lo aplaudieron. Pasó su gorrito con cascabeles y cuando bajó del vagón en la siguiente parada, nos dijo con una gran sonrisa: ¡Muy buenas tardes a todos!
Nadie lo volvió a oír, las palabras se las llevó el duende consigo, como las sonrisas. Pobre, tampoco pudo educarnos.
Meses más tarde, otra vez en el metro, subió un anciano al vagón que estaba lleno y no tenía sitio, me levanté para ofrecerle el mío y él muy convencido dijo, quita, quita. Andó hacia la puerta de entre vagones, la abrió (pues todavía estaba parado el metro y sólo se abren cuando está parado) y todos los que estábamos ahí al lado nos miramos con inquietud. –no se atreverá a pasar por ahí, se va a caer- todos preocupados, se levantaron un par, el abuelo muy molesto, -coño soy viejo pero no un inútil- les decía a todos, quita coño. Y así nos quedamos mirando como el abuelo pasaba entre los vagones, con su cuerpo viejo y delgado hacia un lado y hacia otro, inestable… sobretodo las mujeres lo estaban pasando muy mal, y empezamos a hablar entre nosotros. Coño con el jodío viejo, qué cabezota… Uy uy uy… que se cae! Ay madre! Que se cae!... Dejarle en paz coño, no veis que quiere pasar y punto… Anda que qué cojones el hombre…
Cuando cruzó al otro vagón todos nos miramos suspirando de alivio. Ahí me di cuenta, era la primera vez que mantenía una conversación con 5 personas en el metro que no nos habíamos conocido en la vida, de distintas edades y colores.
Las primeras en bajarse fueron una madre con su niña, se dieron la vuelta y nos dijeron sonrientes, Muy buenas tardes, y todos los demás le deseamos lo mismo.
El duende apareció más tarde, con su gorrito de cascabeles, para que esta vez, le pagásemos la clase.
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