Hace muchos años, un día lluvioso, nació un bebé pequeñito.
Un bebé con síndrome de Down, que además estaba muy enfermo y no tenía muchas fuerzas para poder vivir.
Era un bebé tan dulce, que daba felicidad con solo mirarlo.
Eso fue lo que le pasó a los angelitos, que al verlo, quedaron encantados. Justo ese día, estaban revoloteando, buscando un nuevo amiguito para jugar a las escondidas cuando un rayo de sol se escapó entre las nubes y lo iluminó.
-¡Qué bonito!- cantaron a coro, -tiene carita de Cielo-.
Y era tan flacuchito... con esos bracitos totalmente relajados sobre la sábana. Parecía que no se movía.
Cada uno de los ángeles lo tomó con su mano rosada. Uno le agarró un pie, otro el otro pie, otro los bracitos, dos juntos la cabeza y lo comenzaron a levantar. Casi lo tenían. Entre el colchoncito y el bebé, ya había una pequeña distancia.
Los angelitos no pudieron evitar risitas de entusiasmo.
Pero en eso, algo rompió la magia.
Mamá, papá y todas las hermanas del bebé, también rodearon la cuna con una ronda más grande.
Mamá se agarró muy fuerte de su rosario y llamó a la Virgen, que es nuestra mamá del Cielo, y le dijo:
-Virgencita linda, queremos que el bebé se cure pronto y lo podamos llevar a casa-.
-Porque lo queremos mucho, y porque acá en la Tierra necesitamos angelitos sin alas que nos llenen de su ternura-.
-Si está flaquito, nosotros lo alimentaremos hasta que esté gordito y lindo-.
-Si aprende un poco más lento, nosotros le hablaremos, le cantaremos, y también le contaremos muchos cuentos hasta que él pueda hacerlo solito-.
Y la Virgen los oyó; y llamó a los angelitos.
Les habló y les pidió que lo acunaran y le cantaran en sus sueños.
Cuando el bebé se despertó, ya se sentía mejor. Y poco a poco se fue recuperando lentamente.
Mamá y todas las hermanas lo llenaron de mimos y le enseñaron cada uno lo que más sabía.
Le preparaban comidas y postres tan ricos que él comía cada vez más contento llenándose de nuevas energías.
Poco a poco se volvió más sonrosado y también más redondito.
Papá con paciencia y esmero le construyó unas barras paralelas para que aprendiera a caminar y se sintiera seguro.
También le enseñó a andar en bicicleta. Y aunque tambaleándose de un lado al otro fue tomando coraje y decisión.
Muy pronto nos nombraba a todos: papá, mamá, Meme, Nana, Wiwi y... ¡también a Pipa! Ya que cuando tenía tres años tuvo una linda hermanita con la que compartió sus juegos.
Con el paso de los años se fue haciendo un muchacho lindo, bueno, inteligente y con cara de Cielo.
Y ahora es deportista: nada todos los estilos y cabalga contento en su caballo. Y siempre se gana todas las medallas.
Pero, cuando compite, estén muy atentos, porque nunca está solo.
En primera fila del estadio, siempre hay un banco lleno de chicos que lo aclaman, lo aplauden, le silban y le ayudan a ganar todas las carreras.
Fíjense, que si miran atentamente, se van a dar cuenta ¡Qué no son chicos, son los angelitos!
¿Se acuerdan de aquel día que la Virgen los llamó?
Parece ser que les encargó una misión.
Que se quedaran acá en la Tierra, cuidando de Jorgito. Ayudándole a jugar y a crecer.
Y también para acompañar por siempre a todos los chicos que como Jorge, siendo especiales, tienen muchas ganas de iluminar el mundo y de triunfar.
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