La mayor parte del año María lo pasaba internada en un colegio. Tan sólo un mes, en verano, salía de allí e iba a casa de su abuela, la madre de su madre.
María jamás conoció a sus padres, ni siquiera en fotos. Su abuela no quería hablar de ellos, se enfadaba mucho si la niña le preguntaba dónde estaban o cómo eran físicamente.
La niña sobrellevaba muy bien su minusvalía, tenía una cadera más baja que la otra impidiéndole andar bien y sólo contaba con ocho dedos en las manos. Pero la anciana no demostraba el más mínimo cariño a su nieta, la despreciaba y hasta la miraba con cierto rencor pues le hacía recordar a su propia hija
María tenía escuchaba con dolor cuando su abuela le decía una y otra vez que no valía para nada, ni para hacer las tareas de la casa con agilidad. Además decía no soportar ese ruido que hacía al arrastrar el pie.
“Jamás sabrás cuidarte sola y toda la vida serás una completa inútil” le dijo mientras la niña lejos de amedrentar su carácter, se fortalecía y crecía con la adversidad. Aquello le daba fuerzas para continuar y luchar a sabiendas que muchos no apostaban por ella.
Por las tardes dedicaba parte del tiempo a hacer las tareas que los profesores le habían marcado. Una profesora les había pedido a todos los alumnos hacer una redacción sobre sus vacaciones pero no sobre lo que habían hecho o dejado de hacer sino sobre lo que habían aprendido en ellas.
María se asomó a la ventana de la habitación, atardecía y sobre el barranco corría una loma de árboles cuyas copas verdes se habían tornado rojizas y amarillas. En aquel momento con su letra menuda y entrecortada en sus inicios procedió a escribir; “Trabajo de sociales: Este verano he aprendido que los bosques serían demasiado silenciosos si cantaran sólo los pájaros que mejor lo hacen……”
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