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Inicio / Cuenteros Locales / FiNCHeR / La mosca

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La mosca

Después de un abundante almuerzo, la obesa mujer se encontró en la calle con ganas de defecar. La única opción que tenía era el repugnante baño público de un parque. Sin importarle la suciedad, pagó los cien míseros pesos que valía el servicio y entró.

Tal como se comentaba, el baño era indecente. El suelo estaba pegajoso, pastoso y empantanado, probablemente producto de la mezcolanza del líquido turbio que caía de las tuberías, la inmundicia del suelo y la orina con tintes café que rebalsaba de algunos inodoros. El hedor que emanaba del lugar hacía imaginar un mejunje de vómitos, orina y excrementos en descomposición. Cualquier ser humano racional hubiese escapado de tal repugnante aposento, expresión de la máxima pestilencia, pero la rechoncha mujer no.

Al abrir la puerta de uno de los cubículos, ésta se desprendió y cayó al suelo. Antes de ubicarse en la taza, una rata del porte de un coipo se asomó a mirarla por el retrete, luego volvió a su guarida. La gorda mujer decidió entonces revisar el inodoro contiguo, ahí sólo vio tres condones usados y heces. Ese bastaría.

Subió su falda, bajó sus calzones, se sentó en el inodoro y comenzó su difícil batalla. Desde niña la gruesa mujer adolecía de un martirizante problema de estreñimiento; con los años había desarrollado una efectiva técnica para vencerlo, básicamente consistía en hacer un enorme esfuerzo abdominal y bloquear la mente, de tal forma de no sentir el dolor que ello implicaba. Consiguientemente, el método requería de la exclusión de todo obstáculo para llegar a esa abstracción y así excretar tranquilamente.

Esta vez inició su faena librando estridentes y nauseabundas flatulencias que hacían del presente hedor una fetidez asfixiante. Y en plena acción, su actividad se interrumpió por un ruido. Era el zumbido de una mosca. El recinto estaba lleno de ellas, sin que ello molestara a la blanda mujer, pero aquélla en particular era especialmente molesta, asimilándose su murmullo al eco de un serrucho eléctrico, imposibilitando su concentración.

Arrimándose los calzones, se levantó del retrete y salió en busca del insecto. Al echar un vistazo a su alrededor, sin dificultades distinguió a la escandalosa mosca. Era mucho más grande que las demás, pareciendo adolecer de algún tipo de inflamación. Sin piedad la achaparrada mujer tomó su bolso y adoptó una ubicación estratégica, y sin apartar su mirada del insecto observó su planeo. La mosca volaba de un extremo a otro matizando los sonidos de su susurro, hasta que se posó en el mugriento ventanal. Sigilosamente se acercó a ella con su homicida pretensión, y a un metro de la ventana le lanzó su bolso. El vidrio del ventanal se destrozó bulliciosamente. Y el zumbido se detuvo.

Presumiendo la llegada de algún curioso, la esponjosa mujer miró preocupada a la entrada del baño. Sólo transcurridos unos segundos concluyó la inadvertencia del hecho.

Recogió su cartera y buscó a la mosca entre los vidrios rotos. Al no encontrarla desistió. La grasienta mujer razonó que eran muchos los cristales bajo los cuales se había aplastado.

Satisfecha, caminó hacia el inodoro expidiendo orgullosos gases, mientras a su espalda los vidrios rotos revelaron una imperceptible sacudida.

Una vez en el retrete se enfocó de nuevo en su faena de defecación. Cerró los ojos, enrojeció el rostro y golpeó sus rodillas. Y súbitamente surge el insufrible zumbido. La resonancia era igual, pero esta vez más lánguida. La mofletuda mujer no lo creyó.

Salió del cubículo y comprobó que era la misma mosca, sin embargo, ahora lenta y atolondrada. Con curiosidad se dirigió a los vidrios rotos. Estaban alterados. La rolliza mujer admiró la fortaleza de la hinchada mosca, pero no por eso le perdonaría su vida. Así, se dirigió al insecto y lo cogió con facilidad dado su aletargado vuelo. Desesperadamente la mosca intentó escaparse aleteando con sus debilitadas fuerzas, pero lo único que consiguió fue producir un ruido más fastidioso y encolerizar a la voluminosa mujer, quien riendo cruelmente la estrujó en su puño.

La fofa mujer abrió su mano y vio que un espeso pus amarillento salió de la mosca. Una de sus alas aún se movía débilmente. La hinchada mujer no estuvo dispuesta a ver ningún otro milagro de supervivencia, de modo que le extrajo sus entrañas con unas pinzas que sacó de su bolso e inescrupulosamente se engulló a la destripada mosca y sus vísceras.

De vuelta en el cubículo, la regordeta mujer volvió a aplicar su técnica de deposición. Por fin se hallaba en paz y podría defecar esa titánica hez que la atormentaba. Y así fue. Transcurridos tres minutos, un duro y grueso tronco de unos treinta centímetros salía de su recto.

Cuando se disponía a poner de pie, unos sonoros retorcijones invadieron su estómago. Y le surgieron unos prolongados, estridentes, putrefactos y sucesivos eructos, los cuales pronto se transformaron en un incontrolable río de saliva. Junto a ello, una larga flatulencia comenzó a escabullirse sordamente de su ano, como la dispersión de un gas lacrimógeno. De súbito, toda la grasa de su cuerpo empezó a temblar. El vómito y la diarrea emergieron al unísono. La aceitosa mujer se desesperó. Y fue peor. Las secreciones crecieron. Y siguieron creciendo. Hasta el punto de convertirse en torrentes emanados de grifos abiertos en su máximo poder. La mórbida mujer era un fenómeno asqueroso.

Al notar que las viscosidades no se detenían, salió del baño público y corrió a un hospital. Al verla, la gente arrancó espantada. La sebosa mujer parecía un monstruo nacido de los hongos de una cloaca, cuyo poder era su nauseabundo rastro de diarrea y regurgitación.

La simple observación del espectáculo de la grasosa mujer equivalía a comer un huevo podrido, generando en la gente, por tanto, cadenas de vómitos que escoltaron su ruta.

A pasos de un hospital, las secreciones pararon y la mantecosa mujer se desmayó. Cuando despertó, cientos de personas la veían. Y toda la ciudad se tapaba la nariz.

Transcurrida una semana del incidente, los noticiarios seguían hablando del suceso. El municipio clausuró aquel baño público y las calles a la redonda fueron evacuadas durante dos días por el ministerio de salud. En la televisión mostraban imágenes de los hombres que contrataron para higienizar el lugar del hecho, vestían los mismos trajes que se usan al inspeccionar el sitio en que ha explotado una bomba bacteriológica.

Todo acabó, pero no todo estaba dicho. La mosca -engendrada en el moho del baño público- dejó huevos en el cuerpo de la adiposa mujer, los que quedaron atrapados en sus últimas deposiciones. Muy pronto, la ciudad se vería invadida por excrementos voladores.

Texto agregado el 25-07-2007, y leído por 272 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
2009-04-04 00:33:05 esta si te salio horrorosa...me refiero a la trama....es asquerosa, ...pero no por eso deja de estar bien narrada. lisinka
2009-03-27 02:37:24 quice decir: que tu cuento estuvo entretenido pero me resulto repugnante su contenido inkaswork
2009-03-27 02:35:09 En quien te inspiraste?. Lo escrito es el reflejo, a veces de lo que uno ve o siente. Estuvo entretenido pero no me resulto repugnante el contenido. inkaswork
2008-05-06 04:19:56 execelente, muy buena historia, y llena de imagenes que a mas de uno le habrán producido el asco mas intenso, te dejo mis 5*, Pd. vine a leerte por recomendacion de una amiga, sigue asi. muchos saludos, que estés bien!!! Desouls
2008-05-01 06:42:04 Genial nitrofiver
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