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Inicio / Cuenteros Locales / tika / Lora

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Su nombre, su verdadero nombre, era desconocido para el mundo. Todos los que la conocían podrían haber jurado por su madre que se llamaba Lora, porque así todo el mundo le decía. Se había ganado aquel apodo en segundo grado, cuando recitó durante veinte minutos continuos todos los poemas que conocía sin siquiera trabarse una vez, eso le contó ella.
Igual, al que la conociera, diría que su nombre le hacía mérito. Sus ojos pequeños e inquietos, como los de aquellas aves que no quieren estar enjauladas, su pelo era rojo opaco, opaco por elección propia pues desde hacía años que se lo pintaba para que no tuviera su brillo natural, el cual habría puesto a cualquier semáforo celoso.
Pero su aspecto físico no era, en su caso, lo que la caracterizaba. No, a otras, como la Romana y Tatita, si, pero a ella nunca. Tal vez es por eso que la mayoría que la conocía decía de ella “ah, la conversona” o “¿Cual? ¿La grabadora andante?”, nunca había oído referirse a ella como “la del pelo rojo” o “la de la boca pequeña”, eso era algo raro de ella, para alguien que habla tanto tenía una boca muy pequeña.
Aún recordaba la primera vez que la vio, “¿En clases?” le preguntaban, “No, en la librería” diría él. Habrán sido cuatro años, tal vez cinco, pero lo recordaba a la perfección. Él estaba sentado en los cómodos muebles, leyendo, ¿qué? No era importante, o dejó de serlo cuando la escuchó. Al principio intentó concentrarse, leyó aquella línea dos veces, tres veces, cuatro veces, pero su mente no asimilaba lo que sus ojos veían. Sus orejas estaban un poco elevadas, haciendo las veces de antenas, atentas a aquél ruido. Cerró el libro, lo dejó de lado y se puso de pie, su cabeza ligeramente inclinada para que su oreja lograse captar mejor los ruidos. Siguió aquél murmullo, que se convirtió en un susurro, luego en un ruido bajo, y poco a poco, fue subiendo de grado, formado palabras en vez de sonidos, filtrándose en su mente, imposible de ignorar.
“¿Segura que está aquí? No sería la primera vez que mientes” decía la voz, “No miento, está aquí, lo vi como te veo a ti” fue la respuesta, “¿Así de cerca?”, “Pues si”. Y mientras él se preguntaba de quién estarían hablando, ellas salieron de detrás de la pared y lo vieron parado ahí, oreja pegada contra el concreto que las había ocultado hacia segundos. “¿Vienes?” preguntó la voz. Él dijo que si.
Pensó que estaba loca, pensó que era un ser único en su existencia, eso es, hasta que conoció a Pata, llamada así por la rapidez con las que movía los pies sin mover un centímetro el torso. Ella era el complemento ideal de Lora. Juntos, Lora, Pata y él, pasaron años enteros, yendo al cine, fiestas, reuniones, viajes, parques, y por qué no, yendo a cursos juntos. Así fue como aprendió a bailar, escribir, coser e incluso cocinar. Una que otra vez sus compañeros se le burlaban, “No eres hombrecito”, le decían en los recreos, “anda a jugar a la cocinita”, al final del entrenamiento de fútbol. Pero pronto comprobaron que al ir a fiestas, él era el que siempre bailaba con las más hermosas, entre estas Lora y Pata, mientras ellos miraban desde lejos.
Así sucedió que tuvo su primer beso, con Lora como testigo y Pata como coordinadora de evento. Él se limitó a ir donde ellas dijeron a la hora que ellas decidieron, “No hace falta que hables con ella ni nada,” le dijo Pata, “para cuando la veas, ella estará en bandeja de plata”. Ante su cara de consternación Lora le dijo, “Quita esa cara que todo saldrá bien”, “pero ni siquiera le he hablado” dijo él. “¡Hombres!” dijo como siempre decía, “ella no necesita que le hables, deja que tu beso hable por ti” dijo Lora, algo exasperada. Se contuvo las ganas de explicar que él nunca había besado a nadie y que no sabía que tan bien su beso hablaría de él, sabiendo que si mencionaba algo al respecto se terminaría la paciencia que les quedaba a ellas y le gritarían, como siempre, y luego le pegarían, como siempre. Al llegar el momento, se dejó llevar y besó a la chica, la cual fue su novia durante un mes. Una fuerte diferencia de opinión hizo que su relación terminara: ella pensaba que él le pertenecía, y él sabía que no era así, pues él pertenecía con Lora y Pata.
“¿Y le cortaste así por así?” preguntó Lora un día, “Si, así por así”, “¡Qué insensible!” dijo Pata.
Todo eso del amor, las mujeres, los defectos de las parejas y las tendencias de la gente, lo aprendió de ellas. Él les enseñó sobre fútbol, una que otra cosa de baile y algo de literatura, mas nada sobre los hombres, pues la verdad él tampoco los comprendía.
Pronto, más de lo esperado, llegó su último año de secundaria, y aunque ninguno de los tres iba a al mismo colegio, lo pasaron más junto que nunca. Él escribió cuanto proyecto ellas le pidieron, y ellas decoraron cuanto cartel el puso a sus pies. Juntos lograron graduarse con un buen promedio, no sobresaliente, pero bueno. Los vestidos de graduación fueron elegidos frente a sus ojos y ellas eligieron que se pondría él, algo que su madre nunca tuvo el honor de hacer. Celebraron cada graduación como si fuera la propia, y al final, lloraron como si no hubiera una razón de vivir ahora que se había acabado. ¿Por qué? Nunca lo supieron. No extrañarían a sus compañeros, estos estuvieron de más en los años pasados, tal vez de vez en cuando, cuando necesitaron con quien bailar o con quien salir cuando su trío se volvía monótono, fueron útiles, pero de ahí nunca más. Entonces, por qué lloraban si las cosas no cambiarían, seguirían siendo los tres, aunque en la Universidad en vez de en el colegio. Tal vez ese día lloraron como una premonición de lo que se venía, y ellos pensando que estarían juntos para siempre.
“Me voy a Chile,” dijo un día Lora, “mi mamá aceptó un trabajo allá y ya pos, ¿que más da?”, “Ya déjate de bromas que llegaremos tarde a la función” dijo él, no queriendo aceptar la verdad, “Que no bromeo, tonto, me voy,”, “¿Por qué no te quedas?” dijo Pata, abriendo ambos brazos y elevando una ceja, como cuando se dice lo obvio. Lora se limitó a clavar sus ojos, los cuales podrían haber sido tan profundos como el negro de la noche y elevar los brazos, rindiéndose sin si quiera pelear, suspirando por aquellas tardes en el cine que no volverían.
Y ahí se encontraba él ahora, sentado en su silla, intentado leer una vez más, releyendo la misma línea continuamente porque no se podía concentrar. No había ningún sonido que lo inquietase, sólo el de su corazón, el cual parecía haber decidido dejar de latir de a poco y ahora apenas si lo sentía. Pensó que se le había ocurrido tremenda bobera, quedarse en casa mientras Lora se iba, qué estupidez, se puso de pie y salió a buscarla.
Ya en el aeropuerto la encontró con su bolso, el mismo que tenía desde que la conocía y parecía ser un anexo de ella y no un accesorio. Pata estaba ahí. Al verla se detuvo en su marcha y quedó sin palabras que decir. Lora, desde lo lejos lo vio parado ahí, cual carro sin gasolina, y se acercó. “¿Qué haces aquí?” dijo la sonrisa de Lora, la cual no salía comúnmente. “Me despido”, dijo sin saber que estaba hablando. Pensó en aquellos cuatro años, cortos, precisos, concisos. Aprendió, pensó, sobre todo lo que se debe aprender sin tener que vivirlo ni una vez, aprendió de todo un poco con aquellas largas conversaciones por teléfono que fueron disminuyendo cada vez más, hasta que sus dedos se olvidaron de los números que solían marcar por intuición. Sí, su amistad no había sido como los de todos, de ahí que esta despidida no fuera normal. No hubo palabras de intercambio, no hubo llanto ni dolor. Lo que sí hubo fue un abrazo que pareció resumir los años de amistad y la entrega de un papel que leía las siguientes palabras: te veo cuando te vea.

Texto agregado el 27-07-2007, y leído por 2 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
2007-07-28 21:47:10 Mantuviste la intriga hasta el final. No dejé de leer ni un segundo, me enganché a tu escrito junto a Lora, Pata y él. Me gustan tus finales, un tanto extraños. Esas palabras finales que nadie diría. ***** caotica
 
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