NI DE LOBOS NI DE CORDEROS
A veces retornan a mí, aventureros recuerdos de tiempos perdidos en los recodos del pasado. Asoman inocentes, del fondo de las ulcerosas grietas de mi celda, y se deslizan por los intrínsecos toboganes de esta frágil memoria senil.
Recuerdo a ese niño que fui: carrilludo, enjuto y alborozado; despilfarrando siempre su precoz fantasía, en las obscuras fronteras de la nada; jugando con mitológicos centauros que imaginaba de tanto mendigarle a la imposibilidad. Llegaron luego, días infanticidas y noches cazadoras de centauros, que terminaron por macular la prístina médula de mi inocencia temprana. Desde entonces, nada volvió a ser igual. Lentamente, me fui degenerando hasta convertirme en un hombre de absurdas paradojas: amo absoluto de su agreste libertad; pero a la vez, esclavo de la ignorancia y de la explosiva impetuosidad de una volcánica juventud, que despertó con furia, para el horror de una ya convulsionada sociedad.
El punto de inflexión, en el sendero nebuloso que me condujo a la cárcel, comenzó aquella noche lunática en la que me vi fundido, al peso seco de un revólver en las manos. Desde ese momento, quitar la vida dejó de ser un trabajo de exclusividad destinada sólo a los heraldos negros que nos manda la muerte; porque un voluntario llegó para darles una mano.
Dicen que nadie puede saber, con certeza, lo que sucederá mañana; no obstante, yo sé lo que pasará conmigo, mañana al amanecer. Este será mi último día sofocado en el encierro de piedra y acero; de sombras sin cuerpos; de escarchas y hielo en las fauces de la bestia que llevo por dentro. Sé lo que pasará mañana, porque uno de los guardias me hizo, muy temprano, una visita irregular al calabozo, para entregarme el documento oficial que durante décadas se habían negado a darme; quizá con la intención nociva de hacer cocinar el mayor tiempo posible, mi dolor, el suplicio de vivir prisionero en sus cárceles, tan alejado del mundo exterior y de todo ese pavor que me adeudan mis víctimas: los victimarios que escaparon a mi venganza.
"Mañana, al amanecer, Vd. será llevado al paredón de fusilamiento, donde se le descargará fuego de metralla hasta provocarle la muerte". -Así de escueta y marcial es la carta que sentencia mi fin.
La noticia del inminente arribo de la muerte, lejos de provocarme un repentino asalto de pánico y angustia, aviva por el contrario mis innatos impulsos asesinos, vanamente reprimidos, en estos cuarenta largos años de reclusión que sólo han hecho decadencia en mi piel y en mis huesos; mas no en mi espíritu indoblegable de fiera capturada que, aun hoy, ronda y acecha, de punta a punta, la jaula que lo apresa.
Acostado en el desmirriado catre de mi inmunda celda, me preparo una vez más, a soportar la gélida noche blanca de la inhóspita Siberia, con la habitual estoica resistencia de un pingüino y con la renovada fortaleza que me da la certidumbre de la última inclemente espera. En ese silencio hondo y solitario, apenas iluminado por las tenues exhalaciones de fuego provenientes de las dos antorchas apostadas en el muro del desolado corredor carcelario, abandoné mis ojos lechuceros, a la viciosa y compulsiva lectura de la breve carta que oficializa mi pronta ejecución; y con las pupilas oscilando en el péndulo de una vigilia inquietante, vislumbré la descollante aparición del crepúsculo matutino, relevando de su mando a la hostil noche siberiana, y al centinela, en la penumbra fría de su torreón, tocando la castrense diana que acabó con la modorra de la tropa acuartelada y con los bellos sueños de fuga y libertad que suelo compartir con mis indeseables vecinos presidiarios. A los pocos minutos ya estaban desfilando junto a mi celda, media docena de nervudos guardias, con la consigna de llevarme encadenado al paredón de fusilamiento.
A pesar de la aparente ventaja que sentían al estar armados, con sus macizas cachiporras de madera, los seis guardias, incluso detrás de las rejas, miraban empalidecidos de miedo, a este anciano inerme y decrépito, con ese mismo miedo primigenio que seguramente sintieron cuando niños, al oír por vez primera, los relatos de la leyenda negra de mi vida; mas habiendo sido obligados a cumplir con sus deberes, se sacudieron del polvo de la pusilanimidad, y pronto, una mano temblorosa introdujo vacilante la llave en el ojo mullido de la cerradura, y de inmediato, estertorosos silbidos metálicos escaparon de las herrumbrosas comisuras de la reja, cuando ésta se abrió lentamente, luego de casi medio siglo de haberse enmohecido cerrada, conmigo dentro.
Las pérfidas ratas que antes comían de mi mano, ahora huyen despavoridas del barco naufragado de mi soledad, espantadas con el violento allanamiento de mi lúgubre morada, por aquellos guardias de pacotilla, quienes temiendo que los atacara arremetieron brutalmente contra mí, moliéndome a palos el espinazo para poder así someterme y colocarme en seguida, las pesadas cadenas, con las que lograron arrastrarme hasta el muro del patio exterior, donde ya me aguardaba, un experimentado pelotón de aniquilamiento.
El errante camino de mi existencia lo consuma el formidable muro de granito, contra el que ha sido estrellado mi apaleado lomo en carne viva y en el que seré finalmente ajusticiado: alto, basto, sórdido y gris; poblado de numerosos agujeros de balas fallidas que, nunca traspasaron la frontera de su inexpugnable solidez. Así es el muro que deja opacada mi insignificante humanidad; y en ese insospechado contacto de nuestros disímiles cuerpos, comencé a adueñarme, de sus resistentes cualidades pétreas.
Cuando el que pintaba más canas y más insignias en el pecho, terminó de pregonar la larga lista de homicidios que perpetré en mi ya lejana juventud, las bocas negras de los fusiles habían empezado ya a preludiar el réquiem que me tenían reservado, hasta que el desgañitado rugido de el jefe superior le puso fin al protocolo, ordenando a sus dóciles subalternos disparar sus armas contra mí.
En seguida, un enjambre de balas zumbadoras acortaron la reverente distancia que las separaban de mi tórax desnudo, y cuando el humo ceniciento de la pólvora quemada se disipó con la fría ventolera matinal, pude verme aún con vida y dibujado en el muro que no entiende ni de lobos ni de corderos.
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