La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - josef - 'Los espacios Inexplorados.'
Los espacios Inexplorados.
Echaba de menos – para qué mentir – envidiaba la oportunidad que tuvieron mis antepasados de abrirse camino en un mundo en el que todavía existían lugares desconocidos; sin identidad ni renombre. Espacios donde el misterio era norma en una existencia sin límites.
Sin duda, a mis diecisiete años, en la recta final de mi juventud, me creí el único y desafortunado joven escritor en la familia. Hasta que cierto día revolviendo en los enseres de la vieja mansión de mi niñez -último vinculo que tal vez permaneciera con mis ascendientes- y que por necesidades económicas me había decidido a vender, encontré el manuscrito y averigüe que había habido alguien con aspiraciones semejantes. Un tal Alejandro. A la vez que comenzaba a descubrir las palabras de aquel texto, sin ánimo de levantar revuelo, indagué entre parientes cercanos sobre aquella identidad. No averigüe nada en concreto. Hasta que me decidí a preguntar a mi tutor y padrino, Raúl.
Lo encontré desanimado en la cama, en nuestro oscuro piso de Serrano, aguardando desde hacía meses con una rara expresión mezcla de temor y conformidad, a que la extraña enfermedad tropical que padecía culminara su trabajo.
Sólo con examinar su semblante podía considerarse. Mi tío era descendiente de una casta de hombres del norte, de la cual yo apenas había heredado imperceptibles rasgos de un genio egoísta y descabellado. Sus facciones remarcadas, sus mechones de cabello ralo y rubio, sus ojos claros y profundos, todavía salpicaban destellos de las emocionantes promesas que la vida le regaló alguna vez.
No tuve que decir nada. Ya lo sabía. Mirándome con una serenidad de apariencia controlada, me habló así.
- Y bien. Dime. ¿Cuál es ese secreto que te preocupa, Joseluis?
- ¿Lo sabes...? Inquirí.
Sonrió y añadió.
- Creo que siempre lo supe. Hay secretos con los que uno carga hasta la muerte y otros de los cuales es mejor librarse. ¿Cuál es el tuyo?
- ¿El mío? Creo que esto es más tuyo que mío tío. Dime. ¿Sabes algo sobre un tal Alejandro?
Al oírme pronunciar aquel nombre sus ojos se abrieron, y mediante un aspaviento forzado me ordenó callar. En tanto los límites de sus labios se torcían en un escueto gesto de dolor. No fue preciso seguir. Lo sabía. Pero, aunque desde un primer instante intuyera que yo iba dispuesto a plantearle un dilema, escuchar aquel nombre pareció pillarlo por sorpresa. Sus ojos se entrecerraron y a su vez me lanzó un rosario de preguntas con urgencia.
- ¿Encontraste el manuscrito? ¿Se lo has dicho a alguien? ¿Terminaste ya de leerlo...?
Negué con expresión desconcertada. Nunca antes había visto tal semblante de preocupación en mi tío.
Hablándome con la fuerza y firmeza que estaban a su alcance, me ordenó acercarme hasta su lado. Bajó la voz y me dijo.
- Está bien. Ya que lo has descubierto. Yo mismo te aclararé el suceso. Pero antes debes jurar que harás una cosa por mí.
- Dime tío. Asentí contagiado por su alteración.
- ¡Cavarás una zanja profunda y enterrarás el manuscrito sin terminar de leerlo! Porque... ¿No lo has terminado aún verdad? Di. ¿Lo has finalizado ya? Es preciso que lo sepa...
Lo observé con seriedad. Mi tío jamás había padecido, al menos con anterioridad, ninguna enfermedad. No estaba loco. Él sonrío, sin duda me leyó el pensamiento.
- ¡Vamos! No seas mal pensado. Todavía no estoy tan mal. No estoy chiflado ni desvarío. Esto va en serio Joseluis.
Y añadió.
- Se trata de la naturaleza de los hombres. Y de otros que no lo son tanto...
Le creí. Siempre había creído en aquel rostro abierto, quizá terco, pero puro y sin duda sincero.
Asentí y pronuncié.
- No, no lo he acabado.
Y le pregunté.
- ¿Me ayudarás a hacerlo tú ahora...?
Suspiró con alivio. Hacía solo unos instantes estaba tenso, casi crispado. De repente su rostro se relajó, sus cejas se arquearon y emitiendo un tono severo de voz, comenzó.
- Te conozco desde pequeño. Y sé que un chico audaz e inteligente como tú no lo ignora. E incluso sin haberlo vivido lo echarás de menos. Antes el mundo era diferente. Y yo... Sí, tuve la suerte de experimentarlo. ¿Cómo no echar de menos esos espacios inexplorados? Los llamábamos así: “Los Espacios Inexplorados.”
Se volvió hacia mí y me dijo.
- Así se titula tu misterioso manuscrito. ¿No es cierto?
Asentí en silencio. Expectante. Podía percibir la tensión y ansiedad que aquello generaba en el padrino y yo mismo temblaba con cada una de sus frases.
No necesitó mirarme. Yo estaba a su lado. Pero ahora también estaba él: Alejandro.
- Sí... Aquellos lugares existieron, prosiguió. Y quizá hoy día, en algún lugar, todavía se encuentren... ¿Quién sabe...?
Asentí con dudas y pregunté.
- ¿Y en qué se diferencian de los demás?
El cuerpo de mi tío experimentó un escalofrío – Recordaba.- Dijo.
- Básicamente en nada. Físicamente en una cosa.
- ¿Cuál tío Raúl dime?
- Estaban vivos. Pero sobre todo eran lugares respetados, y casi diría, venerados. De modo que no tenían construcciones. Por ejemplo, nuestro lugar inexplorado era un pequeño e intrincado bosque.
Miré a mi tío. Una nueva incertidumbre me inquietaba. Le pregunté.
- Y cuando... ¿Cuándo se perdió el respeto?
No tuvo mucho que pensar para contestarme. Lo tenía claro y demasiado fresco en su mente. Lo había vivido.
- Cuando el hombre abandonó supersticiones, dejó de creer, y comenzó a adorar su propio “Becerro de oro.”
- ¿Qué becerro? ¿A qué te refieres...?
No veía. Sus ojos claros, ahora cristalinos, de diáfana y deslumbrante claridad, se remontaban en el tiempo.
- ...Y se volvió agnóstico para creer y adorar a una sola cosa.
- ¿El qué?
- Lógicamente el dinero. El respeto desapareció y comenzó una era marcada por una tendencia oscura y dañina que todavía hoy persiste.
Sonrió. Pero no con agrado. Fue casi un murmullo. Me tomó de la mano. Las suyas estaban calientes, como afiebradas; en realidad acaloradas por la creciente pasión y disgusto.
- ¡La especulación y la industrial! Clamó, y siguió. La fiebre de las máquinas y el capital arrasó todos los sueños de pureza e ingenuidad y convirtió nuestros futuros en sendas que según nos repetían sin descanso, era preciso labrarse a base de ambición, afán de superación, y si era preciso a través de una competencia feroz que a menudo desembocaba en forzosa enemistad. Y el más sensible y puro de todos era mi... sobrino Alejandro. Por ello resultó ser también el más afectado por aquellos dogmas que hoy prevalecen.
- Un momento. Has dicho sobrino. ¿Qué sobrino?
Dirigió una mirada mística sobre mí. Depositó ambos brazos sobre mis hombros me miró fijamente y me dijo.
- Puesto que ya eres mayorcito y tienes la edad suficiente Joseluis, creo llegado el momento de desvelarte el secreto que tus padres nunca quisieron revelar.
- ¿De qué se trata?
- Es algo sencillo. Alejandro era... tu hermano mayor. Aunque, quince años mayor que tú... Por lo cual nunca llegaste a saber de su existencia ni lo conociste.
Permanecí sin hablar, mudo, fascinado. No encontraba palabras, porque no existían. En cambio lo que dije a continuación salió de mí por sí solo.
- Entonces... ¿Los aceptó con los brazos abiertos?
- ¿El qué?
- Los dogmas de que hablabas...
- No. Al contrario. Los rechazó de plano. Los demás no tuvimos más remedio que ceñirnos a ellos. La sociedad ordenaba y disponía, y era imposible comenzar una revolución contra una revolución que ya estaba en marcha y además, se presentaba como un renacer esplendoroso de la humanidad.
Se detuvo un instante. Parecía aguardar a que yo añadiera algo. Pero proseguí mirándolo, sin moverme un centímetro de mi posición. Continuó.
- Cuando sucedió Alejandro tenía exactamente esa edad, quince años. Y era un soñador romántico con sus propios sueños forjados. Rompió con todo.
Una tarde lo encontré a las afueras del lugar inexplorado; lloraba con desconsuelo. Tenía su vida programada, era metódico. Pensaba en casarse con Romana, una bella chica hija de los Salgado, unos humildes costureros que de la noche a la mañana, merced a la manufactura y sobre todo a una nueva y potente máquina importada de Inglaterra, relacionada con la industria textil, los convirtió en millonarios.
Desde entonces le impedían acceder a la casa de Romana. No podía verla. Ahora era un miserable, y ellos los nuevos ricos del valle, me dijo.
Los acontecimientos se precipitaron al final de un verano sofocante. Alejandro y todos supimos en el pueblo que los padres de Romana pretendían establecerse en la capital. Y la ciudad distaba seiscientos ochenta kilómetros del pueblo. En aquella época eso suponía el fin de su relación ahora en secreto, con Romana.
Los “Espacios Inexplorados” dejaron de tener interés para quienes formábamos la pandilla. A Juan, Pepe, Leticia, Pedro, Elena... e incluso a mí, pasaron a interesarnos otras cosas. Por ejemplo, la feria, con sus nuevas y desconcertantes máquinas. De repente el metal estaba en todas partes. Pesados tranvías con bancas de hierro nacieron en las callejuelas de la población; planchas, regaderas, maceteros... Y el quizá tosco pero innovador camastro, cuya armadura de hierro chirriaba por las noches cada vez que nuestros vecinos confiteros hacían el amor.
- ¡Jajaja tío! Como eres...
- Sí... ¡Ríete ríete! Pero es la pura verdad.
Para muchos significó una época no solo de depresión sino de avances; aunque no precisamente espirituales. La Revolución Industrial trajo consigo otros logros positivos: el cine, la radio, etc...
Pero como te decía, los acontecimientos se precipitaron cuando de forma inesperada o quizá no tanto - ya que el poder de la nueva revolución, como sucedió con nosotros, penetró en su juventud - Romana dejó de interesarse por tu hermano y se sintió deslumbrada por la ciudad. Y, asimismo, rechazó su corazón a cambio de su nueva experiencia material.
Alejandro era el único que seguía regresando al “Espacio Inexplorado.” Era como si negara su propia existencia y el mismo paso del tiempo. Tu acababas de nacer. En cambio él... Presiento que los últimos dos años, tras el terrible fallecimiento de vuestros padres en uno de los primeros accidentes de tráfico de por aquellas épocas, antes de su extraña y definitiva desaparición, no dejó una sola noche de acudir a su cita en el paraje.
- Y dónde está mi hermano. Dime. ¿Sabes dónde se fue?
- Me temo, Joseluis, que eso es algo que jamás he podido desvelar. Durante años traté de encontrar una pista, e incluso contraté a un detective.
- ¿Un detective privado?
- Sí... Es curioso, como por arte de magia su rastro se pierde de forma definitiva en el interior del “Espacio Inexplorado...”
Aunque en principio lo raro en sí no fue la desaparición de Alejandro, sino el rapto de Romana. Nadie en el pueblo pudo nunca imaginar que una persona de una cordialidad dócil y benigna como era tu hermano, pudiera cambiar hasta tales extremos; excepto yo. Yo fui su amigo ignorado. Puesto que al ser de mayor edad me traspasó los misterios que conservo sobre él.
Cesó de hablar y se detuvo sin renunciar a escrutarme. Pese a conocerme de sobra, sus ojos brillaban en la penumbra del atardecer y su mirada reflejaba dudas acerca de desvelar un secreto que sólo él conocía y que hasta la fecha había pensado en llevarse con él a la tumba.
No abrí la boca. Creía firmemente en el padrino y estaba dispuesto a aceptar sin remordimientos sus decisiones.
Con lentitud afianzó sus manos sobre las mías, suspiró, y sus labios volvieron a moverse.
- Todavía eres joven pero ya eres adulto y resuelto. Y puesto que ya sabes más que nadie... te lo diré.
Escúchame bien Joseluis. Alejandro se volvió... Comenzó dedicarse a la magia oculta. La magia negra la suelen llamar. Suspiró y añadió.
En resumen tu hermano se volvió nigromante.
Lo miré con extrañeza y escepticismo. Él permanecía atento a su vez. Si bien había escuchado la palabra en ocasiones, no tenía noción de qué iba la cosa y le pregunté.
- Nigromante... ¿Y qué es eso?
El me contempló con un vago gesto de consternación y añadió.
- Mejor no lo hubieras sabido. Pero puesto que me he comprometido contigo te lo explicaré.
La nigromancia sobre todo es una forma de invocación de los espíritus de los muertos con propósitos mágicos o adivinatorios. Es una práctica común de religiones contemporáneas como el vudú y ciertas ramas del espiritismo.
- Tiene que ver con los... ¿muertos? Dije con repugnancia. Y pregunté.
- ¿Había muertos en el “Espacio Inexplorado?”
Mi manera incrédula y sin tacto de realizar la última pregunta pareció irritar por primera vez a mi tío. Quien molesto, dijo con sorna.
- ¿Muertos? Los hay en todas partes. ¿Almas en pena? Viven a nuestro lado. Si te fijaras bien verías que ante ti tienes a un acabado, a un medio muerto...
Comprendí mi absurda insensatez y me arrepentí de inmediato.
- Oh... padrino. Perdona. Pero no sé nada de estos asuntos.
- Sí, ahora lo veo... Y para serte sincero. Cada vez me arrepiento más de que hayas sido tú quien encontrara el manuscrito y no yo. Entonces todo habría acabado de una vez para siempre.
- No te enfades, tío. He jurado enterrar el manuscrito y lo haré. Pero... ¿por qué enterrarlo? Pudiendo convertirlo en cenizas fácilmente.
Espantado, alzo ambas manos, me sujetó con firmeza y exclamó.
- No. Quemarlo jamás... ¡Está la maldición...!
No pude evitar una mueca de contrariedad. Me impresionó y preocupó que el tío Raúl, un hombre de probada seriedad y con clase, creyera en tales supercherías.
Alterado me comenzó a narrar una historia propia de películas de terror. Según me contó, la noche antes de que partieran a la ciudad, Alejandro irrumpió en la mansión de Romana y la raptó. Según él Alejandro lo tenía todo minuciosamente calculado. Drogó con formol a Romana y la condujo hasta el interior del “Espacio Inexplorado.” ¿Y qué había allí o qué pretendió hacer...?
- Algo que si meditamos a fondo suele encontrarse en más lugares de los que uno imagina, dijo. Y prosiguió.
En su caso, se trataba de un antiquísimo cementerio olvidado desde épocas que se remontaban al siglo XII o XIII de nuestra era. En cuanto a lo que pretendió hacer con Romana, conociéndolo, aunque más bien imaginando su estado de locura exaltada, y a través de los libros y personas que consulté, sólo dispongo de conjeturas... Supongo y nada más, que deseaba retener o tomar el espíritu de ella para sí y para la eternidad... En todo caso me apena pensar que tu hermano pudiera llegar tan...lejos... Pero no sé más Joseluis, es la verdad.
“¿Qué sucedió a continuación aquella noche? Ni tan siquiera fue capaz de precisarlo. (Me daba cuenta que cuanto decía estaba fundado en confusas suposiciones). Según su apreciación apenas pudo dormir debido a los raros jadeos, aullidos (no quedaba un lobo en toda la región) y una serie de auras y fenómenos extraños que persistieron hasta el amanecer; cuando se descubrió el rapto de Romana y se organizó la búsqueda.
El cuerpo de Romana jamás fue encontrado. Pero sí los malhechores que la raptaron, violaron, asesinaron y arrojaron a la laguna de Monreal. Quienes confesaron bajo tortura y fueron debidamente ejecutados en el “garrote vil” meses después.
En cuanto al cementerio. Es lo único cierto. Se habló de su existencia y se encontraron restos de osamentas. Asimismo se revisó a fondo la zona sin éxito... Aquello era todo cuanto sabía de mi hermano, aquella noche y su desaparición... Suposiciones, vagas y absurdas suposiciones...”
Volví apesadumbrado a nuestra casa de campo a las afueras de la ciudad. La cual, en cuanto cumpliera los dieciocho - apenas restaban quince días - se transformaría de forma definitiva en mi hogar. En el fondo me alegraba; así no tendría que depender más del tío Raúl.
Hacía un verano asfixiante. Mi novia Inés estaba ya de vacaciones en Jávea. Yo iría a finales de mes, cuando dieran comienzo las mías.
El manuscrito estaba sobre la mesa secreter del recibidor. Lo tomé, me serví una copa de jerez y balanceándome en la mecedora proseguí con su lectura.
En sí era un texto monótono, casi aburrido, e incluso ridículo. Además estaba mal redactado y la humedad había enmohecido algunos párrafos. Aunque en algo tenía razón el tío Raúl. Se trataba de una lastimosa carta de desamor, pero no pasaba de eso. Excepto el latín que había inscrito en su tramo final. Pero dado que nunca estudié latín no tenía idea sobre su significado; así pues cumpliría la promesa de no terminarlo. No obstante, aún sin entender, repasé en alto las dos últimas páginas tratando de sonsacar algo en limpio.
Luego, con el aroma dulzón de tres copas de oloroso en mi garganta, en honor de mi tío y de mi hermano desaparecido, salí al jardín, cavé una zanja a los pies del olivo y arrojé el manuscrito. Estaba dispuesto a enterrarlo cuando decidí que ya era suficiente. ¡Que diantre! Había cumplido con su premisa y ahora cumpliría con la mía, sin duda más limpia y sensata.
Me sentía cansado de aquella historia fantástica. Sin dudarlo abrí un frasco de alcohol para curas y empapé el manuscrito. A continuación encendí una cerilla y la arrojé al interior de la fosa. El viejo papel prendió al instante. Satisfecho volví a cegar el boquete, tomé una ensalada de frutas y me acosté sobre las once de la noche.
Me despertó el chasquido de un cristal al quebrarse y el chirrido de muebles en el salón. Ladrones,me dije de inmediato. Y mi corazón comenzó a palpitar. Me levanté de la cama en silencio; sudaba y respiraba como un pura sangre. Pero los sonidos de abajo persistían. Abrí el armario ropero y tomé el machete de cuarenta centímetros que me traje de unas vacaciones en el Caribe. Abrí la puerta en silencio y comencé a descender las escaleras.
Doblé el chaflán del recibidor y me introduje en un extremo del salón.
En un primer instante no vi a nadie. De repente, proyectando una luz brillante de un tono esmerilado, el perfil de la mujer apareció al otro lado del salón, frente a mí. Al borde de un crisis nerviosa comencé a exigir su identidad y a amenazarla de forma agresiva. Sin contestar, haciendo caso omiso, continuó progresando hacia mí.
No podía dar crédito a lo que estaba ocurriendo; estaba tan asustado. Pese a todo jamás creí en historias de fantasmas, muertos vivientes y sin embargo... aquel ser. Aquella mujer estaba ahora casi frente a mí y continuaba sin poder precisar los rasgos de su semblante, ya que un velo oscuro de raso cubría sus formas.
Tenso, aferrado al machete, quise hablar pero me encontré sin habla. En cambio un olor penetrante invadió mis sentidos. Era su aroma; el aroma de la mujer. Lo reconocí semejante al del manuscrito... ¡Olía a manuscrito mohoso y a muerte! Su mano giró en reverso, como flotando en el espacio, alzó el velo que cubría su rostro y debajo vislumbré el semblante de un cadáver. Mi cuerpo entero se agitó, me costaba aferrar el machete. Proferí una exclamación de pavor mientras sin éxito trataba de apartarla de mí. Entonces sucedió. Mi brazo derecho se crispó acuchillado por un dolor que atravesó mi costado de lado a lado como una cuchillada profunda. Mi respiración se alteró hasta volverse resollante, angustiosa, mientras aquel semblante de rasgos difusos se aproximaba a mí y pronunciaba una sola vez: “Soy, Romana.”
No volví a oír ni ver más hasta que las luces del salón se encendieron y los vi. Allí estaban... ¡El padrino! Caminaba tan fresco sobre sus piernas.- ¿No se hallaba impedido y al borde de la muerte?- Y aquella mujer... delgada hasta extremos impensables. ¿Anorexia tal vez?
Él tío Raúl y la mujer se besaron. Se besaban ante mí. Mientras que él, con una voz suave murmuraba. “Perfecto. Todo ha salido. Su corazón enfermo no ha resistido... El dinero de la venta de la mansión pasa ahora, por lo tanto, a mi facultad. Es decir... a la nuestra, cariño...”
Y era cierto. Casi lo había olvidado. Desde hacía un par de años mi corazón no funcionaba de forma... correcta. Necesitaba cuidados y ciertas medicinas. Pero estaban equivocados. Algo había fallado porque yo continuaba estando ahí, a su lado. ¡Con vida! Los contemplaba besarse en medio de aquella luz resplandeciente que iluminaba el salón. ¡Los acababa de sorprender! Y de repente era consciente; descubría la oscura personalidad de mi tío y sus viles pretensiones.
Me incorporé de improviso y comencé por insultarles. Profundamente dolido les rogué que abandonaran la casa... - ¡mi casa!- de inmediato. Puesto que en efecto, a partir de ese momento disfrutarían juntos, pero de la miseria que obtendrían durante el resto de sus vidas. Me sentía herido. En cambio ellos... echados sobre el sofá ni siquiera prestaban atención a mis palabras y continuaron besándose, amándose, en medio de aquella luz molesta... O... ¿la luz había sido cortada? El salón permanecía en penumbra, y aquel cuerpo que vislumbré de sopetón, tendido a los pies de ambos desde el espacio donde me encontré asimismo flotando... ¿¡No era mi propio cadáver!?
José Fernández del Vallado. Josef. 29 julio. 2007.
Texto de josef agregado el 29-07-2007. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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