" A quien jugó con sus pensamientos y sus deseos , sin imaginarse hasta donde podían llegar, solo por poder escaparse unas hora de toda su rutina, solo unas horas de... su vida. "
Frente al mar, sentada en una enorme piedra, en una bahía del mediterráneo, al ver mover las olas, comenzó a pensar y a imaginarse que sería un pez, para poder nadar sin mas por toda la inmensidad del océano.
Ella, Esther, era una mujer que buscaba incansable
y constantemente el sentido a la vida, jugando día tras día con los obstáculos de la rutina, y por el mismo agobio mental que eso causa, pero todo le daba igual, ella caminaba mirando el futuro, caminado muy, muy lejos.
Casada desde una edad muy temprana, diría que la responsabilidad de una vida matrimonial ha cortado radicalmente con su inocente adolescencia, mientras tenía ganas de reunirse con sus amigas (algunas de la infancia), tenia que conformarse solo con poder hablar con alguna de ellas por teléfono, desde su cocina, haciendo la cena a su joven marido, todas las noches, sin cambiar ni un solo día, él la trataba muy bien, era su reina particular y así la hacía sentir, aunque en realidad, él ni se imaginaba que ella interiormente se sentía encarcelada, su amada, era su prisionera del amor.
Fue pasando el tiempo y las cosas habían cambiado drásticamente, un cambio que jamás se habían planteado, ya tenían quince años de pareja, conocían parte del mundo gracias a sus proyectos, compartiendo sus experiencias con muchísimos amigos y aprendiendo sin cesar para la educación de sus tres hijos, de los cuales dos llegaron sin previo aviso, sin la mínima intención de la búsqueda, solo fueron fruto de la pasión y lujuria marital, la familia vivía lejos, en la tierra natal, negocios que quedaron en el camino, metas aún por concretar... pero algo no terminaba de convencerla, algo que ni ella misma lo podía explicar, era como si de una fórmula secreta se tratara, donde la mayoría de los trabajadores no podrían descifrarla, y en su persona se encontraba ese mágico laboratorio, algo estaba ausente en ella, para dejar de sentirse incompleta.
Como si fuese parte del destino, Esther, era mucho más que soñadora y vivía justamente en un pueblo de ensueños, especial, para que cada día que sea vivido, sea digno de grandes películas, donde el agua salada y cristalina del mar invita a llenarse de ella, las palmeras de poca altura, colocadas estratégicamente para dar sombra a cualquier hora del día, con su paseo marítimo, como si fuese de estrellas para dar largas caminatas con afectos especiales, una variedad de restaurantes y bares con luces coloridas y divertidas, sombrillas paradisíacas, que convierten en sueños cualquier situación o compañía.
Y, en medio de la multitud, se encontraba ella, en los cajones de su memoria estaban guardados los recuerdos de su dulce infancia y los momentos mas alocados de la adolescencia. Pero él , estaba ahí, en algún lugar de su cabeza, en medio de sus pensamientos y obligaciones, siendo protagonista indirecto de todos sus planes, los que estaban oculto bajo su piel, todavía no había compuesto un rostro, no lo conocía, no se imaginaba su voz susurrante al oído, ni como olerá en su piel el perfume de Lacoste, solo en la mente de Esther estaba el perfil de una persona , el perfil bajo de él , un amor oculto, una pasión desmedida, una amistad con sentido de la infidelidad, solo tenía que esperar, sabía que las paradojas y encrucijadas de la vida los pondrían en medio de sus caminos, porque su seguridad era también su debilidad.
Maquiavelicamente tenía deseos escabrosos, que en la razón de ser, de una mujer casada, no deberían de existir, pero Esther era la dueña de los pecados inconfesables, en su cabeza reinaba el morbo y bajo sus sabanas los hacía salir a luz en la más absoluta oscuridad, junto a su compañero sentimental, proyectando mas de una vez caras desconocidas.
Pero un día cualquiera de su vida, un día normal, con visitas al dentista y compras en un centro comercial, sin que la intuición fémina hiciera algún aporte a la trivial realidad, se tropezó con él, la profundidad de sus ojos marrones la hundieron en un laberinto de lo extraño, de lo anónimo, el juego había comenzado, lo insólito fue que con solo dos pestañear, quedaron mutuamente con las miradas perdidas en la tentación de lo prohibido, cuando quisieron darse cuenta y tener noción de la poca conciencia que les hacia falta para retomar a la fidelidad que estaban acostumbrados, pero ya era demasiado tarde, lo único que necesitaban para encender la chispa, eran esas miradas entrelazadas.
Cada vez que mentalmente se encontraban, quedasen inmersos y espaciados en un misterioso túnel del tiempo,el marido de Esther, era tan solo una barrera, que ya encontraría la manera de solucionar ese obstáculo.
Como si de transmisión de pensamientos fuese la conexión, solo bastaba una llamada de teléfono, para que por fin se desnudaran físicamente y dejaran de conformarse con abrir sus corazones y las ventanas del alma través de las miradas, el calor se sentía cada vez más, esa sensación de fuego en el cuerpo que fluía, algo tan abstracto y concreto a la vez, solo con querer y no poder rozarse con los dedos, solo el tacto de la imaginación, los habría hecho llegar hasta una altura que ningún abismo vertiginoso podría igualar.
Una noche de primavera, una tormenta era sospechosamente invocada por los Dioses de la Traición y el agua de lluvia parecía una tupida cortina para que ella pueda escabullirse en las pequeñas calles de su pueblo, para la oficial presentación infiel.
En su casa, en el fondo de su bolso color arena, se escuchaba el sonido de su móvil, ella asustada y preocupada por la hora, ya era casi medianoche, atendió con voz temblorosa...
-¿Hola?
Y del otro lado le respondió con un tono muy firme
-Niña Bonita...(hizo una pausa muy breve, pensando como le explicaría el lugar donde la esperaría, finalmente se decidió y continuó el mensaje)
-En la carretera , 1º piso habitación 5, tropezarás conmigo, si quieres... aquí estoy. Sin darle opción a decir algo positivo o no sobre la invitación repentina e inesperada, colgó el teléfono.
Ella miró a su marido y le dijo que iba a salir a tomar algo con sus amigas, muy nerviosa empezó a preparar el baño con mucho cuidado y excitación, estaba a punto de sumergirse en su bañera para caminar en esa aventura de pecados. Después de vestirse y perfumarse, a guardado con toda la discreción posible una vela de unos 9 centímetros de altura color caramelo ( la intención que tenía era que solo esa llama los ilumine en esas horas).
Pasada la medianoche, en medio del agua, que ni siquiera un gran paraguas que la cobijaba la cubría por completo, encontró el edificio que él en pocas palabras le había indicado, tocó el portero eléctrico y cuando se abrió la puerta de cristal y madera comenzó a subir, los nervios y las escaleras la guiaban hasta una suave música que estaba cuidadosamente elegida para ella, entro en el cuarto de color amarillo pastel de unos 4 metros cuadrados con un bañito a la derecha (lo típico) muy limpio y con perfume a mar.
Sin mediar palabras porque tenían que hacer justicia del poco tiempo que disponían, solo una noche, ya ardían sus miradas, penetrando hasta lo más profundo de sus ideas, como si fuesen filosos puñales al rojo vivo. Esther estaba perdiendo poco a poco la cordura y la decencia, disfrutando al máximo de sus 5 sentidos, en esa habitación casi en tinieblas, solo la llama de la vela, era testigo de ese romance prohibido, se oía una frase, un susurro que vagaba en un eco por unos segundos...
-Eres demasiado buena, me das escalofríos.
Con una sonrisa leve y los labios entumecidos de los miles de besos que se dieron el uno al otro, ella concluyo el acto con su boca llena del gel viscoso y con sabor ácido-dulzón de su amante, corrió al baño a enjuagarse, se lavó la cara con jabón y con las gotas salpicadas de agua derramándose por su cuerpo desnudo, miro su rostro agitado en el espejo y se pregunto:
-¿ Que estoy haciendo ? Tras unos segundos de silencio, dejando la duda y la culpabilidad de su propia respuesta, pensó: " seguiría besándolo pero tengo que volver a casa ", con mucho pesar en su mente y en su cuerpo apagó la luz y volvió muy lentamente a la habitación, él estaba exhausto, casi ni se inmutaba de que todavía estaba acompañado, desparramado en la cama recibió el regalo de quince minutos más, donde lo sorprenderían mas abrazos sentidos y eternos besos en su espalda, recordando momentos recientes sentada en su cintura de vértigo, la claridad del día comenzaba a hacer presencia, las campanas de una iglesia cercana cantaban las seis de la mañana, ella recogió su ropa que estaba repartida por el piso de ese cuadrado perfecto formado por sus paredes, se vistió, se arregló el cabello y se despidió con un último beso ( perecía el más corto de todos los tiempos, pero realmente le dejará el sabor eterno de sus labios), la vela seguía encendida, quedará como única acompañante y testigo de la soledad de la madrugada y moribundo ser (del cansancio) tumbado en la cama.
La tristeza estaba invadiendo todo su ser, al pensar que esa mágica noche no se repetiría jamás y quizás no lo vuelva a ver más, pero siguió caminando y alguna que otra lágrima recorría su rostro cansado por el sexo y el desvelo.
Al llegar a su casa, su marido estaba esperándola a los pies de la cama, algo sospechaba, sospecha que se confirmó al ver la mirada cabizbaja de su amada, furioso por la traición, desorbitado en sus cabales, le arrebató el móvil y sus llaves, tirando todas sus pertenencias a la basura, y lo que para ella era su casa, una burbuja familiar , un lugar de encuentros para los amigos, se había trasformado en una jaula, no volvió a sentir el aire libre corriendo por las calles, rozando en su piel, ya no era solo un sentimiento, era verdaderamente una prisionera, en su propio mundo, un mundo totalmente aparte de todo lo que antes la rodeaba.
Pasaron los días y solamente le quedaba el sabor mágico de la aventura en su mente, su personalidad y su alegría se iba marchitando como si una pequeña rosa no se regara, hasta el día que llegara su muerte.
Una mañana, a la madrugada se despertó asustada con las campanas que marcaban un día mas las seis, brincó de su cama y corrió hasta su bolso, todo estaba en su sitio , las llaves, su móvil, volvió a su habitación y observaba a su marido dormir plácidamente, el corazón no le cabía en el pecho del susto, se dirigió a la cocina y preparó la cafetera
fue todo un sueño, más un sueño, ¡una pesadilla !
Con el café en la mano, frente a su ventana comenzó un día más de su rutina, con ansias de disfrutar de cada detalle con sus hijos y la persona que había elegido para construir su vida.
Esther había tenido un sueño , malo, pero podría contarlo como un cuento, interiormente era una historia, la suya, de lo contrario estaría en otra vida.
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