Cuatro de la mañana. Llega borracho. Comienza a desvestirse y me despierta al colocarse sobre mi. Sus manos restriegan (hace tiempo que no acarician) mi cuerpo. Aprieta mis pechos, los muerde. Me muerde los labios. Yo no digo nada, sólo le beso automáticamente. Tengo ganas de vomitar porque apesta mucho a sudor, licor y cigarro. Ya me ha quitado la ropa y me coloca boca abajo. Sabe que nunca me ha gustado por atrás pero otra vez lo hace. “Te gusta que te la meta por el culo, ¿verdad?”, me dice. Yo no contesto. Sólo me dejo. No sé cuanto tiempo pasó pero ya se vino. Hace mucho que ya ni siento nada: ni placer, ni dolor. Nada. Se durmió ya. Ronca. Entro al baño y abro la llave de la regadera.
Siete de la mañana. Me levanto a hacerle el desayuno. Desayuno que ni comerá pero que si no hago me iría muy mal. Sale del cuarto ya vestido. Toma solamente el café. Me da una fuerte nalgada y se va. “Vengo tarde” dice antes de salir del departamento. Entonces quedo sola. Nunca tuvimos hijos porque soy estéril. Sola y en silencio.
Diez de la mañana. El timbre. Un timbrar largo y otro corto. Abro la puerta con el corazón en la mano. Eres tú. Me miras a los ojos con esos ojos tuyos que me estremecen, igual que aquella vez que nos conocimos en la tienda. Me miras como a una jovencita de tu edad. Sonríes y pasas decidido. Me acomodas el mechón de cabello que cae sobre mi frente. Acaricias mi mejilla y besas suavemente mi nariz igual que siempre y luego mis párpados. Me tomas en tus brazos y me llevas cargada hasta el sillón. Me desvistes lentamente; te das tiempo para besar mi cuello, mis pezones, mi ombligo. Mi vagina húmeda te pide. Te grita. Tú, lentamente, sacas tu pene y lo introduces en mi. Te abrazo, te araño la espalda. Ahora es cuando siento que vivo. Nuestros sexos calientes se abrazan, se complementan. Siento un temblor en mi vientre. Cada vez te mueves más rápido sobre mi. Más rápido, más, más...
Al terminar quedamos desnudos. Abrazados. Tú besando lentamente mis hombros y mi espalda. Quedamos así por más de una hora. Pero ya te tienes que ir a tu casa. Te vas y me gusta saber que voy a extrañarte. Saber que soy una mujer que aún extraña y desea a alguien; que soy una mujer.
Cuatro de la mañana...
|