En noches tan oscuras, sus ojos vuelven a hallar asilo en el recuerdo.
Sin nombres que respondan a su nombre, sin el laberinto indescifrable de su piel, sin el endemoniado suspiro que provoca su ausencia, sin el grito y sin el silencio, solo con un recuerdo irreverente que se hunde entre los huesos encendidos de un estigma.
En noches tan calladas, solo se oye el aullido desesperado de los hambrientos y solitarios ecos de la conciencia.
En noches tan ciertas, acude a la memoria el poema de un cuerpo tallado en Braile, y los dedos recitan una y otra vez, hasta el temblor.
En noches tan evidentemente ebrias de soledad, la arritmia progresiva de la fobia al olvido y la extraviada sombra del caballero triste, se hunden en el ocaso de las penas mal curadas.
En noches tan eternas, nada queda entre las manos, solo humo y tabaco, solo un tacto inútil, solo huellas que mienten el camino a la nueva caricia, solo dedos huérfanos que señalan su desierto.
En noches tan insolentes como para disfrazar de poesía al insomnio, se reponen los fragmentos del naufragio, y permanece en el alma ese olor insoportable a domingos por la tarde.
En noches tan negras como tus ojos y tan húmedas como mis lágrimas, el poema cae herido en la hierba, el beso no dado halla el camino hacia su infierno, las certezas se desvanecen en la gris frontera entre el sueño y la vigilia, y el mar se deja adivinar como una lágrima de Dios.
Sobre este lienzo betún, solo el pastel blanco de la pureza dejará su marca.
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