Recuerdo todo, como cuando ves una película y te fascina ciertas escenas inolvidables, o bien por sus protagonistas, o por ese mensaje que en si te suele transmitir. Lo cierto esque al pensar en aquellos tiempos vividos, compruebo que solo algunas personas valoran los alimentos que se llevan a la boca como un tesoro privilegiado.
Era la hora del desayuno y todos mis hermanos formaban cola para ser saciados, ya que en la noche solo saboreamos una sopa de esas de sobre que apenas te sabían a nada y una manzna compartida con mis diez hermanos.
Para el desayuno, en los años sesenta solo tomábamos un migote de leche, eso si, leche pura de vaca, que se envasaban en botellas de cristal, previamente antes hervida y sacar jugo al calostro que es donde radica toda la vitamina, y obviamente el calcio en nuestra edad, era importante. El verdadero migote de leche se hacíaon el pan del día anterior, en caso que sobrara, clarotá, pues no era muchas las ocasiones que más bién faltaba siendo familia numerosa. Te quedaba tan engollipao, osea, tan lleno, que podías aguantar hasta el almuerzo. Para entoces, si los huevos permanecían en el frigorífico y quedaban papas, mi madre hacia papas fritas con huevos, de no tener huevos, hacía una comida muy típica en tiempos de hambre, " papas a lo pobre ". Se componía de papas, cebollas, ajos, pimiento verde, aceite de oliva,un chorrito, un tomate, y una hojita de laurel. La merienda, casi nunca se hacía, ecepto, cuando era el cumpleños de alguno de nosotros y alguna vecina traia galletas y chocolate, como mucho un biscocho, nada que ver con los de hoy,n ninguno de los sentidos, ni en ingredientes ni en su forma. Y para la cena todos protestábamos con esa sopa de sobre ya previamente preparada solo para llevar a el agua una vez a punto de hervir.
_ Mamá, tengo hambre, no hay otra cosa?.
A lo que ella a veces respondía:
_Hoy la sopa es distinta, lleva minúsculos trozos de carne de ternera.
Al principio, daba resultado, pero poco a poco, supimos, que no se trataba de lo pequeño en si de esos trozos, si no que no existiéron nunca.
Diez años más tarde, mi padre había logrado un empleo, en el que le pagaban bastante bién, aunque no osbtante, seguiamos siendo diez hijos, habíamos crecido, y la ropa se nos había pasado de unos a otros, y otras cosas como, libros, y carteras para el colegio, traje de comunión, y asi todo.
Desayunábamos mejor, y también merendabámos a diario, hasta se acabo la dichosita sopa de sobre. Sin embargo el sueldo llegaba siempre a lo justo, solo trabajaba mi padre y mi hermano mayor, con lo cual, en la comida no estábamos en cierto modo lugar como decía mi hermana, a la altura de otros privilegiados en la cocina.
Una tarde de verano, en pleno agosto, mi hermano el pequeño, nos dió a todos una lección, sobre apetito y hambre. Mi vecina,Teresa , que siempre nos obsequiaba con bizcochos y nos hacia en invierno bufantas tejidas por ella misma. Era su cumpleaños y ya estaba bien viejita, además se había quedado viuda recientemente y su rosto, ya no reflejaba esa dulzura y vitalidad de antes.
Mi padres deciéron invitarla a almorzar y a continuación a una merienda. Le pidió fiao, unas cositas para la comida y la merienda, cosas que no eran mucho que digamos, pero si para mi pobre madre. Yo estaba con ella en la tienda, y como siempre me quejaba de hambre.
Preparó unas totillas de papas a la campesina, una ensalada completa y unos filetes de pollo con bechamel.
_ Mamá tengo hambre, tengo hambre, cuando comemos todo eso que hs hecho hoy?.
Mi hermano el pequeño de apenas diez años, me dijo:
_ No, tu no tienes hambre, tu tienes apetito de todo lo que has visto en la cocina, antes si teníamos hambre.
A lo que todos se quedarón boquiabierto, y en especial, mi vecina Teresa, la cual, le tomo en brazos y le dijo:
_Sabes Juanito, has dicho algo muy importante, porque no todos, pueden llevarse a la comida alimentos, asi como estos que ves, por lo tanto, apetito es una cos bien distinata a tener hambre. |