Los últimos clientes pagan la cuenta y el restaurante va quedando vacío. Ha anochecido, la jornada ha sido dura, pero no estoy demasiado cansado. Quizá sea la costumbre, ya son demasiados años sirviendo comidas. Retiro los últimos platos y paso un paño húmedo por las mesas, que han sufrido el continuo derrame de todo tipo de salsas y bebidas. El restaurante no es lujoso, más bien austero, pero es mío y me da para sobrevivir.
La calle también está vacía cuando cierro la persiana de la entrada. Las farolas de la calle alumbran pedazos lúgubres de mundo. Ana, mi eficiente y única camarera -no puedo permitirme tener más empleados- ya se ha deshecho de su delantal y se despide hasta mañana. Como cada noche, desaparece tras la puerta que da al sucio callejón de atrás.
Son las once de la noche, aún queda una hora, y me preparo algo de cenar. Frío unas patatas y algo de bacon, y lo acompaño de una ensalada. Soy un tipo con suerte a pesar de dormir poco y de no degustar excelsos manjares. La vida no me ha dado dinero, tampoco amor, pero sí amigos agradecidos, amigos especiales.
El reloj cuenta inexorablemente el tiempo. Ya son casi las doce. En el plato quedan algunas patatas fritas que devoro con rapidez. Un trago de vino y la cena ya ha terminado. Recojo mi plato y me dirijo a la puerta que da al callejón de atrás. Cuando abro ya hay gente esperando.
–Buenas noches, Anfitrión.
Mi nombre no es ese, tampoco importa cual es, al fin y al cabo el nombre es sólo un distintivo que no coincide con que lo que eres. Ni siquiera lo escoges tú. Por eso me gusta más Anfitrión. Es una broma que me hizo uno de mis amigos, François, en honor al mitológico rey de Tebas famoso por lo espléndido de sus banquetes. Gustó tanto entre mis amigos, e incluso a mí, que ahora todos me conocen así cuando vienen a cenar cada vez que el reloj señala la medianoche.
Empiezan a entrar uno a uno, ordenadamente, sin prisas, y siempre con un saludo y una sonrisa. Es de agradecer cuando sirves comidas, muchos de mis clientes ni me miran a la cara. Mis amigos no son elegantes, al contrario, su barba es descuidada, visten abrigos roídos y zapatos viejos. Para muchos son sólo miserables vagabundos, pordioseros. Nadie les conoce porque miran con ojos que no ven más allá de las formas. Si he de ser sincero, mis amigos me dan más a mí de lo que yo les doy a ellos, una modesta cena y un lugar caliente donde pasar unas horas.
Se van sentando en las mesas, se saludan, y yo me voy a la cocina a preparar la cena. Todos colaboran: algunos ponen los platos y los cubiertos, otros se encargan del vino. Charlan animadamente, me deleita oírlos. No soporto los pomposos engominados o las chicas presumidas que por el día se dedican a decir estupideces. Para esa gente sólo soy un miserable camarero, no saben que no importa lo que seas, sino como seas.
François es el más admirado de todos, quizá por su sentido del humor y su habilidad en el diálogo. Abú, un anciano árabe, está discutiendo con él airadamente. La cena ya está servida y yo paseo por las mesas, sonriente, escuchando sus conversaciones.
–¡Siéntate aquí, Anfitrión! ¡Escucha esto! –me dice Abú.
–Estarás conmigo, amigo –me reclama François– que no vivimos en el mejor de los mundos posibles. Que el mundo cambia, y todo cambio requiere un principio.
–Parece lógico –respondo.
–El mundo es eterno, es el hombre quien cambia alejándose de Dios –argumenta Abú.
El árabe es un ferviente creyente en Alá. Siempre defiende a capa y espada sus ideas, y lo hace de una manera ágil. También es un sabio conocedor de la filosofía aristotélica. Pero estos rasgos pasan inadvertidos a la gente común que no ve más allá de sus narices.
–Creo que nunca os pondréis de acuerdo.
En ese momento otro anciano interrumpe la discusión. Es tan harapiento como los demás y tan desconocido.
–Perdona, amigo. ¿Me puedes prestar el tablero de ajedrez?
–Claro, Charlie. Está detrás de la barra.
Charlie es él más extraño de todos. Sé pocas cosas de él, aunque mucho más que la mayoría de la gente. Posee una inteligencia brillante, quizá no tenga la oratoria de François, pero su mente es hábil como ninguna. A estas horas las conversaciones se tornan más enérgicas, sin embargo Charlie se sienta en una mesa con alguien que no conozco, un muchacho joven. Me alegra cuando llega alguien nuevo, pues la verdad no es lo común. Aquí todos se conocen desde hace mucho tiempo. Me invade la curiosidad, me disculpo de François y Abú, y me siento junto a Charlie. Me gusta jugar al ajedrez, aunque aún no soy un experto, pero aprendo mucho de mi amigo.
–¿Os importa que mire?
–Claro que no, Anfitrión. Sabes que siempre es un placer –responde Charlie. Son agradecidos, me enseñan, y eso vale más que una cena, unos ojos bonitos o un fajo de billetes–. La cena excelente, como siempre.
–Me ganarás –dice el joven.
–Sí, pero algún día serás tú quien me gane –responde Charlie–. Además, no te preocupes, tienes todo el tiempo del mundo, y muchas cosas que conocer. ¡Que maleducado soy! No te he presentado a Anfitrión.
Extiendo mi mano y estrecho la suya. El muchacho es muy tímido, es normal, es su primera cena aquí.
–Aquí me conocen todos como Anfitrión, por el mito.
–Yo soy Juanjo, encantado.
–Me he topado con él en un parque –explica Charlie–, y enseguida vi que era uno de los nuestros. El semblante es inconfundible, a todos nos pasa. Además, tras hablar con él y convencerle para que se nos uniera, me he dado cuenta de que tenemos cosas en común. Cuéntale tu historia a Anfitrión, en él puedes confiar.
El joven parece confundido, se frota la nariz y me mira.
–Ocurrió ayer, al mediodía. Yo había escrito dos cuentos, uno lo firmé con mi nombre y otro con un seudónimo, Hugo Hernández. Tenía que ir a recoger mis ejemplares del libro que pertocan a cada escritor...
–¿Fue entonces? –le interrumpo.
–¿Fue? ¿Debía suceder?
–Siempre sucede –añade Charlie.
–No lo sabía –hace una pausa–. Cuando me acerqué a la mesa, delante de mí, había un tipo que decía ser Hugo Hernández. ¡Pero ese era yo! O por lo menos eso creía, él no debería existir.
–Ahora existe –dice Charlie–, y tú no.
–Sí, lo sé... Me intrigué tanto que le seguí durante un rato. Al principio pensé que era alguien que le había echado cara y se había hecho pasar por otro para conseguir dos ejemplares gratis. Así lo creí hasta que Hugo entró en mi casa. Entonces me inquieté, pensé que era una broma. Pero no lo era...
–No, no lo era.
–Mi madre no era mi madre –continúa el joven–, mis amigos no eran mis amigos, mis vecinos no eran mis vecinos. Nadie me conocía. Me aterré, era como...
–Si hubieras dejado de existir –completa Charlie.
–Me aterré, y me fui a pensar al parque, a meditar si me había vuelto loco o no...
–Allí lo encontré yo –dice Charlie–, asustado, mirando el mundo con la perplejidad que todos lo hicimos en su momento. Fue fácil de reconocer. Y lo traje conmigo.
–Aquí estarás bien.
Durante la descripción de los acontecimientos que le sucedieron a Juanjo, François, Abú y otros se habían acercado. No por curiosidad, sino por ansias de recibir y tranquilizar al muchacho.
–Bienvenido al grupo –le saluda François. El muchacho hizo un leve ademán con la cabeza.
–¿Qué cosas tenéis en común, Charlie? –pregunto intrigado.
–¡Un nombre de mujer! –exclama Charlie sonriendo–. Juanjo, diles el nombre de tu primer cuento, anda, díselo.
–Cuentos para Alicia.
–¡Que casualidad! –jalea François entre carcajadas–. Charlie y tú os llevareis bien.
El muchacho mira a mis amigos extrañado, aún no entiende lo que ocurría.
–¿Dónde estoy exactamente?
–En el restaurante que sirve la cena a los olvidados –dice Abú–. Todos somos olvidados.
François, viendo la sorpresa del joven, le pone la mano en el hombro con afecto.
–Yo me llamo François –se presenta amablemente–. François Marie Arouet, y mi Hugo Hernández fue Voltaire.
–A mí conocen como Abú. Abú al-Walid Muhammad Ibn Ahmed Ibn Muhammad Ibn Ruchd. Averroes...
–¿Entonces tú? –pregunta sorprendido el joven mirando a Charlie que sonríe–. Alicia...
–Charles Lutwidge Dodgson –asiente Charlie–, olvidado por culpa de Lewis Carroll.
–Pero no te preocupes. En este lugar estarás bien, todos son como tú, y ellos no te olvidarán.
Me levanto y me preparo a recoger los platos. Pronto se irán, pero volverán la noche siguiente. Y volverán a pagarme con sus palabras, con su sabiduría, la humilde cena que les ofrezco. Cuando salen por la puerta que da al callejón de atrás, siempre repito lo mismo.
–Gracias, amigos. Volved mañana, no me olvidéis.
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