Las vacas son animales muy útiles; de ellas obtenemos carne, cuero, leche, además de otros derivados como la manteca y el yogur. Hay vacas de distintas variedades y colores; algunas son marrones, otras negras, otras marrones con manchas blancas, otras blancas con manchas negras y otras son azules, con manchas amarillas, cuernos dorados y unas alitas rosadas, como esa que ví por la ventana, que me dijo:
-Hola, soy Adelaida. ¿Querés venir a pasear conmigo?
-¡Dale! -le dije yo, y entonces crucé de un salto la ventana, me subí al lomo peludo y la vaquita se puso a volar, mientras mi casa se achicaba más y más hasta que desaparecía bajo una nube.
Después de un buen rato aterrizamos en un lugar que tenía un paisaje muy hermoso en el que se mezclaban todos los tonos de verde, en un diseño bastante parecido al tapizado del sofá de la sala. Ví unas cuantas vaquitas azules pastando, pero me fijé bien y me di cuenta de que no estaban comiendo pasto, precisamente.
-¿Qué están comiendo esas vaquitas? – le pregunté.
-Libros – me dijo, muy seria.
-¿Cómo?- le dije sorprendida.
-¿No sabías? Las vacas azules nos alimentamos de libros. Pero, por supuesto, primero los leemos.
-¡Qué interesante! ¿Y vienen de distintos sabores? -pregunté en tono burlón.
-¡Claro! Hay libros salados, dulces, amargos. Algunos son muy sabrosos, otros son un poco desabridos. También hay algunos que son un poco difíciles de digerir.
-Ah, mi maestra dice que es muy importante leer libros, que son muy útiles. Nos dio una lista de libros que debemos leer –dije yo.
-Y… yo no sé si los libros serán importantes, nosotras los leemos y los comemos porque nos gustan, nadie nos obligó. Podríamos haber comido pasto como cualquier otra vaca, pero se nos ocurrió comer libros y de ahí en adelante no dejamos de comerlos. Además, si hablamos de alguna utilidad, lo único que puedo decirte es que cuando defecamos, después en el prado crecen hermosas florcillas.
-¿Cierto? – dije incrédula.
-¡Cierto! Y además de servir de excelentes abonadoras del suelo, las vacas azules somos buenas contadoras de cuentos y algunas también son poetas. Vení, te voy a presentar a mis amigas, que a lo mejor tienen ganas de contarte algunas historias.
Mientras caminábamos hacia donde estaban las vaquitas pude apreciar que era cierto lo de las flores, porque el prado estaba lleno de florcitas hermosas, que, curiosamente, eran muy parecidas a las de la cortina de la sala.
Las vaquitas me recibieron con mugidos variados mientras Adelaida me las presentaba una a una. Parecían todas muy bien alimentadas, por lo visto allí no había ninguna vaca desnutrida. A todas les gustó la idea de contarme cuentos, sobre todo porque no era muy frecuente que tuvieran invitados. En realidad, cada vez venía menos gente a visitarlas. Yo les dije que el problema era que la gente estaba muy ocupada viendo la televisión y entonces me pareció ver cruzar unas nubecitas de tristeza en sus miradas.
Ellas me contaron un montón de cuentos, recuerdo uno cortito, por ejemplo, que me contó una vaca llamada Patricia:
“Había una vez un pueblo en el que cada uno hacía lo que quería. A veces, lo que quería hacer uno molestaba a los otros, entonces decidieron escribir leyes para mejorar las relaciones:
Primera ley: Todos podrán ser libres de hacer todo lo que quieran, menos aquellas cosas que todos los demás no quieran que hagan.
Segunda ley: Todos los que hagan cosas que todos los demás no quieran que hagan, tendrán una penalización adecuada al caso.
Desde entonces, las relaciones cambiaron en este pueblo, ya que en adelante todos pudieron entretenerse discutiendo qué es lo que les molestaba que los otros hagan, y estableciendo penas adecuadas para cada caso. Sin embargo, nadie puede afirmar que las relaciones hayan mejorado realmente, lo que sí sucedió es que nadie pudo hacer más todo lo que tenía ganas de hacer.” Fin.
Otra vaca llamada Sofía me recitó esta poesía:
En una bolsa de plástico
quisiera guardar
un poema sinfónico,
una sala acústica,
una escena idílica,
una manta rústica,
un velo traslúcido,
una alfombra mágica,
una iglesia gótica,
una noche mística,
una niña tímida,
un discurso ilógico,
un montón de etcéteras.
-¡Ja ja! Me gustó. Yo también quiero guardar algo –dije.
Un invierno cálido,
un verano gélido,
un rincón del trópico,
un globo aerostático,
un cuento fantástico…
Y así, no sé si pasó una hora o dos siglos, cuando recordé que tenía que terminar mi tarea. Entonces dije:
-¡Uy! ¡Tengo que terminar mi redacción! La maestra siempre nos dice: “no dejes para mañana los que puedas hacer hoy”.
Adelaida me miró con esos ojazos de vaca en los que se refleja todo el mundo y me dijo:
-A mi me gusta más decir “no dejes para mañana lo que quieras hacer hoy”. Cuando te crezcan las alitas de la inspiración, no dejes pasar el momento. Echate a volar.
Entonces monté otra vez sobre su lomo y bajamos, bajamos, hasta llegar a la ventana de casa, justo cuando mi mamá decía: “Terminá tu tarea, que ya está la cena” y se comenzaba a sentir un riquísimo olor a bife.
Andrea Piccardo |