Entre French y el Doce
Un poco más arriba del centro de la Provincia de Buenos Aires, y
Un poco más arriba del centro del siglo XX
Entre la ciudad de French y el pueblo del Doce de Octubre habrán una cinco o seis leguas.
El día anterior había sido yo parte de un arreo desde la Laguna de Cura, tres leguas más allá del Doce, hasta la estación de ferrocarril de French. Allí hicimos noche, con los trescientos animales en los corrales, esperando embarcar a la madrugada.
Cuando concluimos, fuimos a una fonda a almorzar. Allí compré algunas golosinas, cargué el frasco con agua y ensillé al Muñeco, que estaba fresco.
Ocupado en esos menesteres andaba, cuando me di cuenta que me había quedado solo. El capataz y los otros reseros ya galopaban largo de vuelta para la estancia.
La huella se reconocía fácil, por las pisadas de los animales. Decidido, me puse a galopar parejito. El Bayo, de tiro, cabresteaba a mi lado, trotando con soltura, y derramando junto con el Muñeco, ese son particular que al decir de don Benito Linch, transmiten trote y galope al unísono, cuando golpean los vasos sobre la dureza del callejón.
A las tres leguas, les di un respiro. El sudor les blanqueaba las verijas, y el Muñeco había empezado a loriar, largando espuma por la boca, Ya en vena, quería apurar el paso y pedía rienda, molesto por la demora.
Entonces fue que la vi a un costado del camino, jugando con un perrito blanquimarrón, que toreaba a una cueva de peludos, o a los cuises que cruzaban el camino. Un enorme moño le sujetaba el pelo a un costado. El vestido, de color crudo, ya había incorporado ingredientes del camino. Cuando la emparejé, me detuve. Aparentaba unos cinco o seis años.
-¿Qué andás haciendo sola por aquí?
Ella frunció la boca, entrecerró los ojos al mirar hacia arriba, tapó con una mano el sol que fastidiaba lindo, y señaló:
-Yo vivo allí. ¿Y vos?
-Más lejos – contesté señalando el camino con la cabeza. Luego:- ¿Y tu mamá sabe que estás por acá?
-Ajá...
-Me parece que no...¿Vos no te andarás buscando unos coscorrones...?
-Peliador había sido el mozo- contestó rápido la chiquilla. Metí una mano en el bolsillo y ofrecí los caramelos. Me agaché sobre el estribo y ella tomó todos los que cabían en su mano.
-Golosa la niña..dejáme uno para el viaje de vuelta...
-Si debés tener mas allí-, y señaló el bolsillo con la barbilla hacia adelante, cerrada la boca conteniendo el dulce. Los di por perdidos y le propuse:
-¿Querés que te acerque? El monte de la entrada está lejos...
-¿Vos sabés llevar como mi papá?
-¡No sé como lleva tu papá..! Llevo como llevo- y bajé del caballo de un salto. Le hice estribo con las manos unidas, la impulsé y se acomodó fácil en el recado.
-No, así no- reclamé-.Corréte para atrás, que si no me le voy a sentar en la cruz al Muñeco...
-Ja,ja,ja- reía ella y se tapaba la boca, para no perder el jugo en el cojinillo. Al volear la pierna por delante de ella, y antes de sentarme, comprobé que no había pegote. Cuando partimos, ella se sujetó por debajo de mis brazos. Apoyaba una mejilla en mi espalda. El cuzco trotaba bajo el estribo, del otro lado del Bayo. Al rato:
-¿Ésta es la tranquera?- pregunté por arriba del hombro. Un monte de pinos y casuarinas sombreaba el camino de la entrada. Allá al fondo se advertía movimiento.
-Mi papá abre la tranquera sin bajarse- dijo en su media lengua de caramelos.
-Yo también, y no se te ocurra dejarme pegado el dulce en la camisa...- Ella giró la cabeza para atrás, dejándome lugar para el movimiento necesario. Pasamos y cerramos con sonoro ruido metálico. El pichicho ladraba contento, y el Muñeco y el Bayo bufaban, con las orejas tiesas para adelante, sin reconocer la querencia.
-¡Vamos, pingo, vamos!- y los calmé con voz ronca y las riendas sujetas. Pegaron una espantada cuando una chancha salió de un pastizal y cruzó el camino a los gritos, con los lechones detrás. Me apoyé en los estribos y en las riendas, apreté fuerte las rodillas, y nos desviamos en una breve atropellada, cuando recordé que llevaba compañía.
-¿Estás bien?- pregunté inútilmente, pues estaba allí, prendida como peludo en la cueva. Sus deditos, blancos nudillos, estrujaban la camisa por delante y su barbilla se clavaba entre mis omóplatos.
-¿Qué...qué pasó?- una queda pregunta me llegó desde debajo del sobaco.
-Nada, que te agarrés bien y ya llegamos- e incliné el cuerpo hacia delante, para dar rienda al galope del Muñeco.
-¡Ése es el palenque!- señaló ella un enorme plátano, con cuatro postes de quebracho blanco alrededor del tronco. Un grueso alambre de acero ofrecía suficiente espacio para atar los caballos.
Bajé y luego le ofrecí los brazos. Ella se largó así nomás, sin esperar que la sujetara, y rodamos por el suelo. Alguien se acercaba desde la casa.
-¡Caramba, qué manera de bajarse! – reía una señora, y cuando reconoció a la niña:- ¡Pero., chiquilla, era hora de que aparecieras! ¡Te anduvimos buscando toda la tarde! Pero si serás...-La madre hacia el reclamo en un tono no demasiado severo. Yo me puse de pie y le tiré una mano, que tomó la señora, blanda y pasito, como se estila en el campo. Me presenté y sacudí la tierra del revolcón. A la niña, ya ni me dignaba mirarla, aunque calculo que me observaba, ya que de mi explicación saldría o no el reto.
-¿Así que andás haciendo de resero? ¿Y de la Laguna del Cura te has llegado hasta aquí?
-Ya voy de vuelta, señora. Ayer nomás pasamos con la tropa por aquí rumbo a los corrales de French...
-Así que eran ustedes...- Y la niña cabeceaba, afirmando lo que aseveraba la madre.
-¿Y vos, mocosa, que estás comiendo?- la madre la encaraba con mal disimulado enojo.
-Unos caramelos que le di yo, déjela señora, si estaba a punto de llorar de asustada, solita en el camino...-Y miré a la pequeña, esperando la andanada de furia en su mirada. Pero sonreía con los labios apretados, y se sacudía el vestido, ya menos crudo que marrón terroso.
Pasamos. La señora ofreció agua fresca, luego mate y tortas fritas. Al rato tuve voluntad, y pedí permiso, con una mano en el bolsillo de la blusa.
-¿Me permite, señora?
-¿El qué, muchacho?
-Despuntar el vicio.
-¿Fumás, vos? ¿Cuántos años tenés?
-Y si no hay más remedio...Catorce- mentí finalmente, encogiéndome de hombros y haciéndome el desentendido-. Es decir, si no tiene problema...
-No, por mí no; y tu mamá...¿qué dice?
La niña me miraba, divertida, y se reía mostrando una perfecta hilera de blancos dientitos. Le deslicé una mirada de completa indiferencia.
-Mi mamá...mi mamá no dice nada porque no está. Si estuviera, le pediría permiso a ella- y estiré sobre las rodillas la tabaquera nueva de cogote de avestruz, que me regalara Eduardo Indalecio, mensual de la Laguna.
-Bien contestado- respondió la señora riendo. Amasaba algo contra la gruesa mesa de la cocina, y los brazos arremangados mostraban nervudas cuerdas. “Debe ser brava cuando se enoja”, pensé. Y entré a cabecearme un “hija del toro”. Cuando lo encendí, la señora frunció el ceño, y agregó:
-Ni un mosquito va a quedar por aquí con el charuto ese.
-Ni más ni menos, señora, y ya me voy a tener que ir yendo...- y me puse desganadamente de pie. Me despedía con tiempo. El tirón era largo hasta la Laguna, y no quería pasar de noche por el Doce; capaz que terminaba en cualquier otro sitio.
-Lleváte esto, y cargá agua en la bomba- y me ofreció un paquete con bizcochos. Saludé, y la niña me acompañó hasta el palenque. Me dolían los pies, y opté por rajar el empeine de la alpargata con el cuchillito que llevaba en la cintura.
-¿Tenés cuchillo, vos?- el asombro de la niña parecía auténtico-. Y rompiste la alpargata así nomás...
-Ajá...así hacemos nosotros cuando algo nos molesta. Lo cortamos de cuajo y listo...- Antes de envainar el cuchillo, se lo pasé. Lo miraba como encandilada, sosteniéndolo con las dos manos. Me lo devolvió con harto cuidado.
Ensillé al Bayo, subí, y me alejé echando nubecitas de humo. Ella caminaba a un costado, acompañada por el cuzco, que corría a los pajaritos que nos cantaban desde el borde del alambrado. Horneros y calandrias disputaban los granos del suelo a una bandada de chillones mixtos.
-¿Vas a volver?- y caminaba ligerito para emparejar el sobrepaso del caballo.
-Tal vez sí, tal vez no. Depende...-Me hacía el interesante, quizá para abreviar el trámite-.Bueno, niña, ¡güélvase pa las casas, que se le está haciendo tarde!...
-Decíme primero si vas a volver.
-Sí, en quince o veinte días hay otro arreo. Capaz que me conchaben de nuevo y pase por aquí.
-¿Vas a venir hasta las casas, entonces? - Se detuvo y sofrené el pingo, que alzó el hocico, ansioso, haciendo ruido con la coscoja del freno...
-Claro.¿Cómo no voy a pasar a saludar a tu madre?
-¿Y a mí?
-¿A vos, qué?
-¿Me vas a saludar?
- Si te andás portando bien, y no te volvés a escapar con el cuzco...
Incliné el cuerpo para adelante, inicié el galope, corto, y luego largo, El viento me golpeaba en el pecho, en la cara, en las sienes, y levantaba el ala del sombrero pajizo. Me lo quité y me volví, saludando alborozadamente hacia atrás. La niña respondió con las dos manos en el aire, saltaba y daba grititos estridentes. Luego reunió sus manitos en el regazo el vestido, agachándose con alegre y contenido gesto.
Me volví, y calcé firme el sombrero. Adelante me esperaban varias leguas de galope tendido.
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