Daniel salía del estudio de grabación a la hora de comer, como todos los días, para irse a casa y descansar. Ser actor de doblaje machaca mucho la voz -eso fue lo que le dijo su primer profesor en la escuela-, hay que descansar mucho. Y siempre lo ha tenido presente. Aún le sorprende, después de casi veinte años, que apuntarse en una cosa por diversión resultara finalmente su oficio, su oficio y el eje de su vida.
Si va en coche, del estudio a su casa no hay mucha distancia, pero ese día decidió ir andando, necesitaba pensar y recapacitar sobre algo que le dijo su mujer, Eva, hace una semana. Le comentó que quería irse a Italia, le habían ofrecido un trabajo que jamás tendría en España y era con lo que siempre había soñado. En un principio le dijo que quería ir allí con él, pero que si decidía quedarse, ella se iría de igual forma.
Ha pasado ya una semana de esa conversación y no han vuelto a hablar del tema. Daniel piensa que todo fue un capricho de su esposa y que ya se le ha pasado, pero ese día, esa mañana después de grabar en el estudio, llega a casa y encuentra encima de la cama, deshecha, una nota con un poema de Juan Eduardo Cirlot, uno de los favoritos de Eva y que reflejaba perfectamente lo que había sucedido allí. Eva, definitivamente, se había marchado, y lo había dicho de una manera sutil, romántica y frágil, pero esas maneras a Daniel le repateaban. Para él era más sencillo y mucho mejor no decir nada. O dejar una nota con las señas del país al que se va (cosa que le parecía mucho más práctico). Pero no un poema. No una respuesta en clave. Y sólo Eva era capaz de decir algo sin decirlo directamente.
Al principio no supo muy bien qué hacer. Se sentó con la nota a su lado y pensó que era una broma o una especie de aviso para que espabilara, pero después de cinco copas de coñac doble y una cena precocinada, Eva no regresaba para dormir. Esa noche, sin que Daniel lo supiera, algo cambió.
En tan sólo unas horas, se dio cuenta del rumbo de su vida, de sus casi 4 décadas de existencia sin sentido alguno, de sus sueños y de sus intentos débiles por cumplirlos.
La embriaguez, la melancolía y el sentimiento de derrota se unían con fuerza para reírse de él esa noche. Y sólo tenía dos opciones. Afrontarlos y encararse o echarse a la almohada como un cobarde, rendirse una vez más. Lanzó un grito mudo, estrellando la copa contra la pared. Cogió el poema escrito por Eva, le prendió fuego para entretenerse con las virutas de fuego y se quedó mirando las llamas incluso cuando ya no había más papel para consumirse y sólo el sonido de las lágrimas rompían el silencio.
La cosa no pintaba bien... Ya había perdido todo un día, así que ella ya debería estar en Roma. Bien, es hora de actuar, pensó Daniel. Tomó un nuevo trago, estaba vez directamente de la botella, y salió de su casa.
Lo primero era comprar un billete a Roma, pero a estas horas no iba a encontrar ninguna agencia abierta y en el aeropuerto los stands seguro que están cerrados. Me vuelvo a casa, no tiene sentido dar vueltas –pensó para sí mismo-... No, no, no... Prefiero no dormir en casa, prefiero no volver. De momento voy a tomar una copa en el primer bar que encuentre abierto y ahí pensaré tranquilamente.
Tardó en encontrar uno abierto, sin darse cuenta las dos de la madrugada se presentaban tan rápido que parecían las diez.
Se sentó en la barra y le atendió un hombre ciego, o al menos eso parecía, pero después de pedir un coñac se dio cuenta de que el hombre era tuerto, no ciego. En el bar había música en directo, pero estaban tocando de manera caótica, no hacía falta saber mucho de música para darse cuenta de ello, pero a Daniel también le ayudó sus años jóvenes de rockero y auténtico fan de la música.
Cogió su coñac y con la mirada del tuerto en la espalda, se fue a una mesa. Apenas se sentó en la silla, el bajista se desplomó encima del escenario. La música se paró de golpe y el resto de la banda fue corriendo a ver qué le había pasado. A Daniel le pareció que el músico estaba bien borracho y que era él, seguramente, el que hacía que la banda fuera desacompasada y sonaran como un ejército de mil demonios. En efecto, a los pocos segundos, el bajista, un barrigudo rockero con melena grisácea, se levantaba del suelo envuelto en risas y sus compañeros le invitaban a sentarse en una de las mesas del bar.
Mientras tanto, el cantante, también con el pelo largo pero algo más joven y mucho más delgado que el bajista, pedía un músico entre el público para seguir tocando un rato más. Daniel no se lo pensó ni un segundo y decidido se levantó con la mano en alto. Quizá fueron los coñacs que llevaba encima lo que le animó a levantarse, quizá fuera esa vena rockera aún gritando desde sus entrañas, fuera lo que fuera, los aplausos cálidos y el bullicio de la gente le dieron un último empujón para subir al escenario.
.- ¿Qué tal tocas?
.- Hace muchos años que no cojo un bajo –respondió Daniel.
.- Bueno, ¿sabes las escalas de rock y blues?
.- Sí, claro, las básicas.
.- ¡Perfecto! Comencemos con un blues en Re menor, ¿de acuerdo?
El cantante pegó tres gritos y comenzó a cantar una canción que Daniel no conocía pero que le sonaba a gloria bendita. Estaba excitado, pletórico, se sentía en una nube enorme en la que él era el rey y el resto del planeta, eran súbditos elogiando cada uno de sus movimientos con los dedos. Todo encajaba, todas las notas, todos los acordes estaban totalmente acompasados con cada uno de los golpes sudorosos del batería. Cada uno de sus dedos se movía como si llevara tocando toda su vida y fuera un auténtico profesional.
Al terminar la canción, el cantante se le acercó y le dijo que había sonado de puta madre.
.- ¡Oye! Tú tienes pinta de ser de mi quinta, ¿te gustan los Ramones?
.- ¡Sí! - gritó Daniel.- Es uno de mis grupos favoritos.
.- Bueno, pues como buen fan de ellos sabrás que sus canciones son muy sencillas de tocar y que molan un huevo para animar el cotarro. ¿Sabes tocar alguna?
.- ¡Joder! ¡Sé tocar casi todas sus canciones! Y además, la mayoría se pueden tocar en quintas.
.- De acuerdo, no se hable más y demos caña.
Por primera vez, en muchos años, Daniel se daba cuenta de cómo respiraba. Se sentía como un niño, todo era alucinante, la gente gritando, la banda eufórica, la complicidad, el bajista borracho con una sonrisa de oreja a oreja y moviendo la cabeza al ritmo de la música. Ahora que se daba cuenta, todo iba a un mismo ritmo, un ritmo que él estaba marcando. En ese momento, si se lo propusiera, podría ser capaz de coger al vuelo cada una de las notas y hacerse un canuto con cada una de ellas. La felicidad le abrasaba las venas y estaba tocando muy bien a pesar del alcohol que llevaba encima.
Pasaron dos horas y media desde que subió al escenario, estaba agotado y más borracho que antes. No podía tocar más y se lo dijo al cantante, con el que había conectado desde un principio. Éste le dijo que tocaban todas las semanas en ese bar y que estaba invitado cuando quisiera. Daniel le dio las gracias y se decidió a abandonar el bar. Recordó, después de más de dos horas, que todo esto comenzó por culpa de Eva, a la que iba a buscar. Miró su reloj y marcaban las cuatro y media.
Perfecto, se dijo Daniel. Es una buena hora para ir al aeropuerto y coger el primer vuelo a Roma. ¡Voy a dar una sorpresa a Eva de las de aúpa! De repente se encontraba feliz como nunca, contento y lleno de esperanza.
Se sentó en una parada de autobús para coger un taxi. Al sentarse, encontró un libro sin tapa con unas cuantas hojas arrancadas. Le echó un vistazo pero no encontró el nombre del autor. El libro estaba en francés y unas palabras que parecían el título decían L’Avalée des avalés, que por su poco conocimiento de francés lo tradujo como el valle de los avasallados. Le hizo gracia la traducción y decidió poner su nombre en la primera página que había. De esa forma, ese libro en concreto parecería escrito por él. En unos pocos minutos pasó un taxi y se plantó en el aeropuerto en algo menos de media hora.
Si hay vuelos a primera hora de la mañana, en teoría debería estar abierto algún stand para comprar un billete, comentó en voz baja. En efecto, ahí había un stand para comprar un vuelo. Tuvo suerte y compró un billete para las seis de la mañana. Eran las cinco y cuarto, así que no podía ir mejor la cosa. Se apresuró en llegar a la puerta de embarque, no iba a facturar equipaje y llevaba el DNI en regla.
Mientras esperaba en la fila para embarcar, iba pensando, con una mirada inocente, en todo lo que había vivido ese día. Eva, incluso sin estar presente, era la que le hacía correr aventuras. Se merecía disfrutar de la oportunidad que le habían brindado y él quería compartirlo con ella. Le daba igual su trabajo, el idioma... Todo daba igual a estas alturas, de alguna manera, con el sueldo que iba a tener podrían vivir de sobra los dos. Así que se dedicaría a aprender italiano y a retomar clases de música.
Ya llegó su turno. Enseñó su DNI, su billete de embarque y como un crío se fue dando saltos a su asiento. A su lado se sentó una señora mayor, italiana, a la que besó efusivamente y le gritó algo parecido a “santa madonna, ¡bella! ¡Bellísima! Tutti bello” y tras unas risas y carcajadas escandalosas, se acomodó, y fue cerrando los ojos mientras pensaba en lo felices que serían. Y como un recién nacido después de comer, se quedó dormido.
Al despertar tenía un leve dolor de cabeza, lo que inmediatamente le hizo recordar el concierto de la noche anterior. Estaban a punto de aterrizar y una de las azafatas le ofrecía un caramelo.
Se encontraba nervioso y no sabía muy bien por dónde empezar. ¿Qué le diría a Eva nada más verla? Y ahora que pensaba, ¿cómo la iba a encontrar? Si no recordaba mal, se llevó el móvil, así que podría llamarla desde una cabina; se sabía su número de memoria.
Buscar esa cabina fue lo primero que hizo nada más bajar del avión. Recorrió pasillos, subió y bajó infinitas escaleras mecánicas y llegó al internacionalmente famoso punto de encuentro. Y ahí estaban. Cinco torres con tres teléfonos cada una de ellas.
La adrenalina se disparaba. Marcó el número y rezó, no sabe muy bien el qué, para que estuviera despierta, eran las ocho de la mañana, así que con un poco de suerte todo sucedería como imaginaba.
.- ¿Sí?
.- ¡Eva! Soy Daniel, estoy en el aeropuerto de Roma... Es... Estuve pensando anoche, que por cierto no vas a creer lo que me pasó, y me dije que por qué no venirme aquí contigo, al fin y al cabo era tu sueño y quiero que lo compartamos.
Hubo un silencio sepulcral y Daniel tuvo la sensación de que todo el aeropuerto se giraba para mirarle. Sus risas tímidas ahora no iban al ritmo de nada.
.- Dani, tuviste una semana para hablarlo y pensarlo. Y ninguna de las dos cosas las hiciste.
.- ¡Ya! Y lo siento, pero ahora estoy aquí, he venido por ti.
.- Tuviste tiempo. Tuviste tiempo de sobra y lo único que hacías era esquivar el tema. Lo siento –Eva comenzó a llorar-. Lo siento.
Ya no había sonrisas. Tampoco había Eva. Y, en medio del aeropuerto romano, rodeado de personas de todos los rincones del mundo, de sus abrazos, de sus risas, de sus alegrías, Daniel se sentaba en el suelo con la única intención de ver jugar a la vida.
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