Sé auténtico/a, asume ese reto tan simple como complejo, encuentra al Sahur.
Cleo despertó sudorosa, sobrecogida, nerviosa, había tenido una pesadilla y experimentado un estado de paroxismo; un inoportuno sueño en el que caía lluvia como un manantial de lágrimas y simultáneamente emergían llamas del sueño, dando la impresión de hallarse simbólicamente en un auténtico averno. Una vez hubo despertado, para relajarse y apagar su sed, bebió un vaso de agua.
Llevaba varios días anegada por angustiosas pesadillas, probablemente por efectos colaterales de los psicofármacos que ha de consumir, unos para inducirla al sueño y otros, llamados antidepresivos. Según uno de esos doctores que ha venido tratando durante meses, los fármacos son causa directa y ocasional de esas turbulencias nocturnas. En fin, no es que necesariamente seamos una urdimbre de leyes naturales, físico-químicas, pero el caso es que esta adolescente debido a las alteraciones patológicas que padece, requiere medicación.
A los efectos de conocer algo más de Cleo, concretamente de su entorno, he aquí un inciso: hay una mujer, su madre, con quién ella cohabita; una persona que manifiesta muy exigua empatía y calidez afectiva hacia su hija.
Cleo y también su madre, echan de menos al padre, que falleció cinco años atrás, y conforme hubo ocurrido tal acontecimiento tanto una como otra sufrieron importantes alteraciones anímicas. Durante un largo tiempo la madre la obligaba coactivamente a desistir de permanecer encerrada en su habitación, aunque poco a poco fue menguando su paciencia, hacia una escalofriante indiferencia.
- Cleo, hija, sal de ahí, no seas obstinada.
- Déjame en paz.
- De acuerdo, pero luego no vengas a suplicarme una palabra que te tranquilice.
- Palabras... si siempre has estado distante.
- Lo que tú digas, pero la medicación para que estés mejor no te falta, ni eso ni todas tus comodidades.
- ¡Bah!, vete, quiero descansar.
Diálogos de esta clase; enfrentamientos de este tipo acontecían con frecuencia en su casa. Con respecto a la habitación antes mencionada, para hacerse una idea, se encuentra desde la entrada, al final de un largo pasillo a la izquierda, pequeña y con una ventana con vistas a un arroyo que arrastra agua poco cristalina, y que ella evitaba contemplar. Pero no obviaba ver el sol, la luna, el palpar la vehemencia del viento, todo eso para Cleo abrigaba un significado singular teñido de un cándido romanticismo con hilos enhebrados de sentimiento lúgubre; la naturaleza, todo en cuanto la rodeaba fluctuaba entre una profunda belleza y la destrucción en latencia.
Su mente es extraordinariamente creativa, ella crea entidades fantasmagóricas, irreales, que la guían como si fuesen mentores. Ideó dos personajes en principio, uno de los cuáles funcionaba como una invitación a dejarse empapar por los efluvios de lo bello y el optimismo, mientras que el otro le señala que la vida es esencialmente pérfida y despótica y por consiguiente hay que atenerse a lo nefasto.
Luego de haberlos creado, decidió dar nombre a esos seres imaginarios, para lo que empleó un método poco ortodoxo si se quiere. Recogió un periódido y recortó cada una de las letras del alfabeto, tres de cada, y las colocó en una bolsa para sortearlas e irlas extrayendo. El primero fue bautizado como O...h...l...a...b, Ohlab.
- ¡Ya!, Ohlab - dijo, eufórica.
Para el segundo, aparecieron los nombres de Aleph, Visna, Thour, pero le apeteció llamarlo Visna, el del pesimismo. Curiosamente cinco letras escogía para todos y cada uno de los nombres. Pocos días después, Cleo inventa otro ser, nuevas letras surgieron, primero la "s", y luego la "a", "h", "u", "r". Será Sahur.
- A ti te llamaré Sahur - dijo ella entusiasmada.
- Muy bien, seré Sahur, o mejor, el Sahur, y me podrás localizar en las ventanas, los espejos, o dónde quieras, si te concentras en ti misma.
Cleo, estupefacta, no era consciente de que Sahur tuviese un desdoblamiento autonómico.
- Al crearte, pensé en que ejercieras de mediador entre Ohlab y Visna. Un amigo que me dé equilibrio y que me ayude.
- Ten calma. Tengo esas funciones y algo más que luego te enseñaré.
- No me dejes con la intriga.
- Pronto me conocerás más y mejor. Recuerda, búscame en las ventanas, espejos, o...
El Sahur, un elemento que obra como piedra angular en la vida de Cleo, un ser jerárquicamente superior a los anteriores, de tal relevancia que otorgaba a las ventanas una cualidad sorprendente que las despojan de la humilde y esencial condición de agujero al extrarradio, lo mismo que a los espejos los convertía en algo más que repeticiones virtuales y simultáneas de cuerpos.
Este producto de la mente de Cleo, se caracteriza por formar una esfera de color tornasolado que a veces mudaba a negro, y a través de ella, Cleo era capaz de ver el universo desde todas sus perspectivas, la orbe de manera holística. ¡Sorpresa!.
Las visiones del contaminado arroyo, del sol como foco luminoso del tamaño sensorial de un puño, se mistificaban, sufrían un giro colosal, ahora Cleo veía cumbres de montañas nevadas, pirámides, torres, edificios, jardines, modestas barriadas, aviones, supernovas, cinturones de asteroides, gente caminando; resultaba magnífico y hasta espeluznante estar cara a cara con la armonía gráfica del cielo; sentirse partícipe del decurso de la Naturaleza, la Madre Tierra.
Cleo se veía reflejada, duplicada en el espejo único de su cuarto, sus ojos grises rezuman dulzura, miedo, suspicacia, tristeza, su llanto mitigaba su desazón, el Sahur le abría puertas hacia la magia, la fantasía. También oía voces, al margen de la voz del Sahur; voces provinientes aparentes del exterior o relativas a sus eventuales alucinaciones, voces que se preguntaban sobre cuestiones tales como, ¿por qué los seres humanos buscan un equilibrio que parece quimérico?, o, ¿por qué la idea de libertad se presenta como algo incontestable o muy discutible?, o, ¿por qué los relojes giran en tal sentido?, una serie de inquisiciones nacidas de un caos rebelde de sensaciones. Hay en Cleo trastornos alojados en su conciencia que la coaccionan a transfigurar la realidad, a buscar nexos intrínsecos entre su cómodo y cálido epicentro y el áspero y frío reino de lo externo, y todo ello si es que alcanzaba a discernir entre lo uno y lo otro, o hasta que punto es consciente de la existencia de sus creaciones. Ohlab y Visna perdieron mucho protagonismo frente al Sahur, por otra parte. Como analogías del Bien y el Mal que van siendo neutralizadas por una absorción o superación.
Había escrito una nota, por cierto, acerca de esta especie de transvaloración, de dominio psicológico del Sahur:
" Ohlab y Visna, lo correcto y lo incorrecto, son simples nombres que ya no tienen un valor sentimental para mí. El Sahur es completamente indispensable en mi vida, tiene la llave mística hacia mi ligazón con lo más hondo de mi ser. El Sahur lo es todo, tú has alcanzado un nivel insospechado de vida, y fuera de mi alcance. Ese poder, esa llave, esa luz que ilumina valles y jardines, que me musita voces de añoranzas, entiende mis deseos, mis necesidades. Te necesito, Sahur."
Sin embargo, Cleo, como en numerosas ocasiones, entró en una fase de abatimiento, el amor a su vida se estaba cortocircuitando. Y la pequeña y fabulosa bola, el Sahur, sufre sus consecuencias.
- ¡No me dejes sola!, -gritó de repente Cleo a los pies de un valle, donde solía meditar.
- Lo siento, no puedo continuar así.
- Por favor, te necesito.
- Concéntrate, búscate a ti misma, sólo así podrás encontrarte.
- Mi vida, mi sentido.
- Cree en ti. Y habrá sentido, y yo estaré entonces.
La bola desapareció, se desintegró, y quedó un tufo angustioso, una atmósfera pesada que entristeció mucho a la joven. Aturdida, ya no veía esa armonía que tanto la seducía o que ella misma creaba cuál si fuera una poetisa, ya no oía esa música en lo otro. Entonces concluyó que lo mejor era sin ambages dejar de ser, descubrir (o conquistar) la nada.
Antes de la desaparición del Sahur, Cleo alcanzó a ver una llave, una que alegóricamente la conduciría a otro mundo, otra dimensión. Pero esa llave asimismo desapareció. Acto seguido Cleo fue rápidamente a su casa, a recluirse en su dormitorio. Allí, Cleo preparó un pernicioso cóctel de medicamentos que una vez los hubo introducido en su estíomago, cayó desplomada sobre la cama.
Su madre, que la había visto arribar a la casa, más nerviosa y temblorosa que de costumbre, fue a la habitación, golpeó la puerta con pertinacia, y al no poder abrirla, la derribó empleando un impensado vigor y sangre fría. Halló a su hija inerte, que yacía sobre su lecjo como si literalmente estuviese muerta. Inmediatamente la llevó a la clínica dónde estuvo ingresada en varias ocasiones; fue su modo de echar el resto por la vida de su hija.
Durante un período de casi una semana antes de su ingreso, Cleo había interrumpido totalmente el consumo de "sus" fármacos, de esas grageas que conformaban una piedra, un óbice en el camino de su flujo vital, de un caudal de sentimientos; los comprimidos la auxiliaban a permanecer algo guarecida de brotes de agresividad y autoflagelación, pero ya le suponían una pesada rutina diaria.
Despertó entonces en la clínica, en una habitación de paredes enmohecidas, que hedía a humedad y pintura. Estaba aturdida, desorientada, no entendía lo que la rodeaba. Durante varios días, su madre la visitaba, aprovechando a explicarle lo acaecido, y la relación entre las dos se fue tornando más delicada, abierta y transparente que antes.
Cleo, si bien estaba contenta por sentirse más cerca de su madre, añoraba con furor al Sahur, no así a Ohlab y Visna. A través de la pequeña ventana de la sala, sin el Sahur se recrudecía su percepción de soledad y desamparo. El Sahur le retrataba en vivo y en directo lo más ignoto, global, pomposo, imponente del Universo, le enseñaba mares, valles, le evocaba la voz de su padre y además podía verlo. Sus sueños de ser maestra y poetisa también se esculpían en el Sahur. No obstante todo aquello era en esos instantes; no ser, nada, el cero absoluto.
Su estancia en la clínica no se extendió más de dos semanas, tocaba retornar a su casa, y reencauzar para bien la interacción con su madre.
Pero sin esa óptica perspectivista del Sahur, sin el Sahur, se encontraba como un fragmento lánguido de todo, un ser apagado.
Se le hizo tan difícil su vida siendo nadie más que Cleo, que súbitamente, escapó de casa, para enorme disgusto de su madre.
Y nadie sabe ni cómo, ni dónde está. Quedan numerosas preguntas flotando en el aire, sobre todo en las emociones de su madre, y para Cleo, la más importante es como encontrar al Sahur, como reencontrarse consigo misma.
Su madre, presa de la desesperación, fue a la habitación de su hija, creyendo que a lo mejor habría dejado alguna nota. Encontró sobre su cama, no una nota, sino una llave que la cogió debido a su curiosidad, y la llave, así como el espejo de la habitación, se tiñeron de color tornasolado. |