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Inicio / Cuenteros Locales / FiNCHeR / El funeral

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El funeral

La noche anterior al cumpleaños de mi abuela tuve insomnio y prácticamente no dormí. Aproveché las circunstancias y me levanté muy temprano. A las 8.30 AM iba saliendo al cementerio a saludarla. De estar viva, aquel día hubiese cumplido 94 años de edad.

Compré flores, adorné con ellas su lápida y estuve cerca de 15 minutos hablándole.

Era un domingo plomizo y frío. Y sin verlo venir, a las 10 AM ya estaba desocupado.

Camino a la salida, pasé por un templo dentro del cementerio al cual llegaban cada vez más automóviles con gente vestida de negro. Mis planes eran escasos, así que entré.

El templo estaba vacío, la gente debía estar en el velatorio. Fui al aposento de donde provenían las voces, me ubiqué entre la muchedumbre y esperé la hora del funeral.

Al parecer, el muerto tenía mucho dinero. Sus amigos y parientes llegaban en bmw, porsche e incluso vi jaguars. Los más pobres arribaban en algún chevrolet o toyota.

Muy pocos lloraban, con suerte tres. Entre ellos la que parecía ser la esposa del difunto.

Me llamó la atención un joven que llegó solo. Era alto, fornido y de mandíbula firme. Varias mujeres lo miraron de reojo. Se puso a conversar con unos ochentones y le preguntaron si estaba soltero, les dijo que sí; que bueno, tienes que aprovechar, le dijeron.

El lugar estaba lleno de mujeres llamativas, casi todas superaban los treinta años de edad y se conservaban mejor que una de 17. No debían tener muchas preocupaciones.

El resto era lo clásico. Abrazos de parientes que sólo se ven en funerales o matrimonios. Conversaciones acerca del difunto. Sentidos pésames hacia la viuda. Etcétera.

Poca gente notaba mi presencia. Utilicé esa inadvertencia y fui hacia el ataúd. Tal como lo deducía, era un hombre. Calculé que debía tener unos 77 años de edad. Era calvo, delgado y su expresión era severa, lo imaginé como un individuo de malas pulgas.

Mientras observaba al fallecido, percibí las miradas curiosas de varios de los presentes. E inoportunamente, el cuerpo me cobró la noche en vela. Sentí el acometimiento de un prolongado bostezo, digno del insomnio que viví pocas horas atrás.

Bostezar frente al difunto hubiese sido una grave falta de respeto, de ahí que intenté contenerme lo más posible y casi sellé mi boca. Y lo conseguí. El problema fue que a las típicas lágrimas que produce un bostezo, se agregaron las generadas al reprimirlo.

Volví a mi anterior ubicación con los ojos inundados en llanto y todos los cercanos al cajón me miraron por el rabillo de ojo. Para aplacar su curiosidad, adopté una fingida expresión de tranquilidad, pero las lágrimas aún resbalaban por mis mejillas.

Mientras limpiaba mis lloriqueos con la manga de mi chaqueta, una mano se posó sobre mi hombro y lo arrulló en señal de consuelo. Tranquilo, me dijo una voz de mujer.

Cuando la vi, un latido me golpeó el pecho y me movió centímetros adelante. Su rostro era el de una muñeca, pero no de esas con que juegan las niñas, sino que de esas de porcelana que se guardan en finas cajas con vitrinas y que sólo se miran, pero no se tocan.

- ¿De dónde lo conoces? – me preguntó.

Quedé embobado con su exquisita belleza. Habré contestado luego de casi un minuto.

- Soy amigo de la familia – dije.

Fue lo único que se me ocurrió.

- Yo soy la hija – me dijo.

Bueno, otro bochorno más en mi vida qué importa, me dije.

- Debes ser amigo de los Oyarzún García, yo soy hija de la Anita, su segunda pareja. – me dijo.

Uff, qué alivio, pensé.

- Ah sí, muy simpáticos ellos – dije.
- Están por allá, mira, ahí está la tía, ¡tía!,¡tía!

Preví lo peor.

- No te preocupes. Ya hablé con ella – le dije.

Dejó de llamarla.

- Es muy tierna ella. Ha estado tan preocupada de todos los detalles de este funeral. Ha andado de aquí para allá ayer y hoy. Supongo que estás invitado a la casa.
- Eh sí, aunque no creo que pueda ir.
- ¿Por qué no?
- Por trabajo.
- Pucha, que lata.

Una mujer se acercó a nosotros y nos dijo que el funeral estaba por empezar. Era una de esas treintonas de cuerpo atlético y más de un par de cirugías estéticas que ya había mirado. Soy Marta, me dijo con un aire sexual. Luego la llamaron, se excusó y se fue.

Tiene 36 años y se ha casado 3 veces, me dijo la joven cuyo nombre aún no sabía. Ambos asumimos ese detalle al mismo tiempo. Así, se presentó como Sofía y yo como David. No le quise decir mi nombre real, aunque en verdad no pensé mucho el porqué.

Esperé su despedida, pero no lo hizo. Entremos, siéntate conmigo, dijo al contrario.

Entramos a la iglesia y la seguí. Sólo cuando habíamos dejado atrás a mucha gente, asimilé lo que debí haber previsto: como hija del difunto, su lugar estaba en la primera fila. Dicho de otra forma, nos dirigíamos adonde estaba situada mi “familia amiga”.

Nos ubicamos muy cerca de la viuda y todos sus familiares. Pero la misa comenzó. No hubo tiempo de diálogo alguno. Sólo ahora logro entender la suerte que tuve.

Al sentarnos, Sofía cruzó miradas con la viuda y con disimulo me apuntó con el dedo, como diciendo “mira a quien encontré”. La mujer nos regaló una sonrisa. Sofía me miró contenta y comprendí que sólo yo vi el desconcierto en la amabilidad de la mujer.

Como amigo de la familia que era, el cura dio un excelente sermón. En varios momentos se refirió al buen humor del difunto, a diferencia de lo que pensé al verlo en el ataúd. Y gracias a su prédica supe el nombre del fallecido, se llamaba Enrique Oyarzún.

Durante el conmovedor discurso del párroco, Sofía no dejó caer ninguna lágrima.

Cada vez que podía la observaba, era hermosísima. Consideré que su belleza tenía algo de inalcanzable, un tipo común y corriente como yo no encuadraba con esa piel tan lozana, esas facciones tan refinadas e incluso con esa actitud tan distinguida. Pero algo en ella la hacía cercana, tal vez la transparencia y candidez de sus gestos y miradas.

Me pregunté por su madre. De estar presente la habría mencionado. Quizá también había fallecido, o tal vez no quiso ir. Quizá sus padres se habían divorciado en malos términos. Tal vez Sofía había tenido una mala relación con su padre, por eso no lloraba.

Lo cierto era que no sabía nada de ella. Y tal vez nunca lo sabría. Al acabar el funeral tendría que irme y no volver a aparecer nunca más. No podría preguntarle quien era.

Terminó la misa y el sacerdote indicó el camino hacia el lugar del entierro. Todos los presentes emprendieron la caminata por una ruta entre los campos de césped llenos de tumbas. Procuré caminar con lentitud para no aproximarnos a mis supuestos amigos.

Mientras transitábamos, vi sus ojos vidriosos y corroboré lo difícil que es consolar. Sin saber qué decir, me arriesgué a preguntarte por la cercanía con su padre y justo después cayó su primera lágrima. Después te cuento, fue su respuesta y cambié el tema.

En el lugar del entierro el viento corría mucho. Era otoño y las hojas secas revoloteaban por el aire. Seis personas leyeron discursos hacia el difunto, entre ellos uno de sus hijos. Casi todos se refirieron al buen humor y a la sabiduría con que el fallecido había enfrentado su vida, lo describían como una persona feliz y en paz con su existencia. Me hubiese gustado conocerlo, me imaginé que un sujeto así sería un buen consejero.

Tal vez fue sólo una percepción, pero advertí que varios de los presentes miraban a Sofía en espera de sus palabras, como si tuviera un asunto pendiente con su padre.

El momento de los discursos fue el que desencadenó el llanto de quienes se lo habían guardado. Entre ellos el de Sofía. Un hijo hablaba de su infancia y de los paseos en lancha con su padre y Sofía no aguantó más. Y yo fui su paño de lágrimas. Lloró en mi hombro cual represa que guardó y guardó agua hasta que no soportó su fuerza y colapsó.

La estreché entre mis brazos y lloró aún más, desahogando toda la tristeza que la asfixiaba. Le dije todas esas frases que se dicen en esos momentos, quizá clichés, pero sinceras. Tal vez pueda sonar egoísta, pero me sentí excelente protegiéndola y acariciándola.

No le pedí disculpas, dijo de pronto sollozando. No era necesario que me dijera más.

No quería hacerlo, pero debía hacerlo. Terminó el funeral y me despedí rápidamente, no dándole espacio para reaccionar. Me alejé unos pasos y me llamó. Hay una cafetería cerca, no te tomará mucho tiempo, acompáñame por favor, dijo. No pude resistirme.

Acompañados de café y cigarrillos, me contó lo que ya había deducido, que con su padre habían peleado hacía un año y que desde ahí no se hablaban. Le dije que si estaba arrepentida él lo sabría y le recomendé ir al cementerio otro día a contarle a su padre lo que sentía. Cosas lógicas. Frente a mis consejos sonrió y se serenó, justo lo que pretendía.

Continuamos conversando del tema y otras cosas. No recuerdo bien qué dije, pero en un momento la hice reír. Fue un instante mágico. Tuve que contener los deseos de besarla, de abrazarla, de sentirla cerca. Estar con ella era como presenciar una obra de arte que logra apasionarte. Sus gestos, su voz, su rostro, su cuerpo, todo me parecía perfecto.

¿Y cómo era tu relación con mi papá?, me preguntó de súbito. Qué difícil, dije. Y en realidad era difícil. Me miró con atención y su subyugante belleza me atontó y me hizo pensar en que podría convertirme en su esclavo con tal de compartir tiempo con ella. Luego, pensé que en eso quizá había algo de egolatría; me parecía hermosa, sin duda, pero eso no bastaba, eran necesarias otras cosas. Y de nuevo me refutaba y me decía que estaba dispuesto a descubrir esas cosas, ella a mí me era especial, no a todo el mundo.

Desperté de una especie de hipnosis y noté que aún esperaba mi respuesta. Y no pude mentirle. Se lo dije todo. Siento pudor al recordar las cosas que le dije. Le hablé de su belleza, de mi mentira, de la honestidad dentro de esa mentira y otra serie de cosas en desorden.

Cuando acabé de hablar, se quedó en silencio, miró con solemnidad a la ventana, y sin abandonar el garbo y la gracia que la identificaba, se levantó y se fue. No supe qué pensar.

A diferencia de lo que podría pensarse, no me fue difícil olvidarla, tal vez siempre supe que nada pasaría. Me dejé soñar un poco, nada más que eso. Suele ocurrirme.

Seguí mi vida y tres meses después me encontré en un bar, bebiendo un vodka tónica en la barra. Alguien a mi lado pidió al barman unos tragos, era un hombre, me era conocido, tardé unos segundos en reconocerlo, pero lo logré. Lo había visto en el funeral, era el tipo que había hablado con los ochentones. Recordé a Sofía, hacía tiempo que no lo hacía. El tipo recibió dos tragos y fue a su mesa. Lo seguí con la mirada y vi que estaba con una mujer. Recordé el consejo de los ancianos, justo cuando vi que era Sofía.

Tras los bármanes había un espejo, recurrí a él para observarlos y así pude ver claramente la escena. Sólo hablaban, incluso noté algo de desgano. A ratos, ella miraba su alrededor y yo veía a otra parte. En una de esas ocasiones, cuando volví a verlos ya no estaban.

Pedí el tercer vodka tónica y alguien tocó mi hombro, giré y vi a un camarero. Tome, se lo mandó una señorita que se acaba de ir, me pidió que le dijera que fuera más disimulado para mirarla por el espejo, me dijo el camarero al tiempo que me entregaba un papel. Tenía un solo doblez, lo abrí con cierto nerviosismo y lo miré. Era un número telefónico.

La llamé hoy en la tarde, quedamos en juntarnos a las 10. Son las 9 en punto. Escribo estas líneas a la espera del encuentro. Quien sabe, quizá algún día lea esto y le parezca gracioso.

Texto agregado el 12-08-2007, y leído por 146 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
2009-04-04 00:11:14 el final me dejo con ganas de mas...a ver si nos escribes otra para saber que paso con ellos...***** lisinka
2008-01-26 17:08:09 jajja..kede plop con el final..me mantuvo atenta hasta el desenlace...me gusto... elannor
2007-08-27 03:36:30 Q emocionante, me encanto, y eso q no leo cuentos pero este lo pude seguir con mucha fluidez y sin aburrirme, te felicito, el amor se encuentra donde menos se espera, mis *sssss celestial
2007-08-25 05:30:14 Es un buen relato, bien escrito, fluído, demasiado Hollywood para mi gusto. Saludos eride
2007-08-14 02:56:40 Será una relación intensa, porque los dos se encontraron en un momento de corazón abierto. Y alli todo se potencia, todo toma otra dimensioón, y se privilegia lo importante de la vida , su finitud, y su misterio***** monica-escritora-erotica
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