A Antonio Tabucchi, con admiración y respeto.
"Las horas en el autobús no transcurren al ritmo de la ciudad. Siempre hay una parte de nuestra mente que transcurre entre el pasado y la fantasía, una especie de hilo largo y traslúcido que muchos llaman divagación".
Tomó el autobús en busca de respaldo. Gustaba resarcirse de aquella manera tan banal de las horas de intolerancia en el trabajo. Un paseo por la urbe, reconociendo los tugurios, una revista en la esquina de Juan Montalvo y Nájera, o un entretenimiento cualquiera. Nunca se detenía en nimiedades; creía que era de personas bárbaras el hacer frente a situaciones en las que la necedad y la ignorancia persistían. Optaba, en cambio, por alejarse de los problemas con tal resolución que muchos temían que fuera a vengarse. La verdad era que Nathalio no era muy sociable, sobretodo con aquellos que apenas empezaba a conocer. Antes de tomar el autobús había escuchado una discusión entre dos comerciantes, y, trastocado por sus imprecisiones lexicales, había desistido de hacer las compras en aquel supermercado. Gracias a ello, había pasado la tarde dando vueltas, visitando lugares y haciendo lo que muchos empleados entre horas.
El autobús se dirigió hacia un costado de la carretera, deteniéndose bruscamente frente a una empresa de tisúes, donde él antaño trabajara como manufacturero. Cerca de aquella guardarraya, en las proximidades de un galpón abandonado, creyó ver el rostro de una mujer que conocía. Aquella empresa se había declarado en quiebra durante la crisis del noventa y ocho. Recordó que las palabras no eran valederas si dentro de su contexto no permitían una conjugación infinita. Muchas ocasiones sin dormir, sin reparos, con la esperanza de un nuevo día, había tenido que padecer por la presunción de que el mundo no era perfecto. El autobús había llegado a la estación, dejando el motor encendido para un nuevo circuito que habría de recorrer en pocos minutos. Nathalio, comprendió que debía decidir o continuar indiferente. Esperó unos segundos más mirando por la ventanilla y bajó dispuesto a comprobar si su sospecha era del todo cierta. Se dirigió con paso presuroso hacia un lote, miró hacia los alrededores y se encontró solo (a sí mismo) en compañía de un paisaje agreste. ¿Qué extraño?, se preguntó, hace tanto tiempo que no vengo por acá. Volteó su mirada hacia atrás, donde minutos antes se estacionara el autobús, y comprobó lo incomprobable: el autobús se había marchado.
Cosas así no le pasan a cualquiera, se había dicho, cuando de repente escuchó una voz distante que lo llamaba. Era apenas un rumor selvático que lo hizo estremecer. Creyó haber pronunciado una frase memorable (de un libro que no reconocía por el momento) y lo embargó la duda. La demencia suele acarrear cosas así, pensó, salvo que yo no creo estar vejete. ¿Si un poeta puede ser la sombra de otro poeta, por qué yo no podría ser la sombra de la sombra de varios poetas? En ese instante otro autobús se estacionó en el lote y un hombre pelirrojo y de melena lacia lo instó a subir: Suba, amigo, aquí espantan. Nathalio, subió sin decir palabra, pero dentro de sí continuaban las voces que nunca más lo abandonarían.
En ese momento, el autobús arrancó y dejó detrás de sí el pasado y un orfanato de voces traídas del más allá.
Ronald Escalante R.
(Ecuador) |