EL OTRO LADO DEL MONITOR
(Sobre una narración de Vera)
Ambos se conocieron chateando muy tarde, amparados por la complicidad de la noche.
Ella era Marisol_net.
Él, Escorpio 42.
Esteban se convirtió en un amable caballero que cultivaba la poesía y la amena conversación.
Adriana se transformó en una bailarina etérea con rasgos de soñadora inalcanzable.
Esteban medía 1,85, era todo un atleta y dictaba una cátedra de química en la universidad.
Adriana era delgada, de 1,87 de altura, de líneas armónicas y trabajaba como azafata en una línea aérea.
Sus charlas nocturnas se hacían interminables. Pasado un tiempo, cada uno halló en el otro la comprensión, afecto y buen humor que durante años buscara -infructuosamente- en su propia pareja. Y cada contratiempo, diferencia ó discusión doméstica de la vida diaria, remitía a ambos al aliciente del mágico encuentro nocturnal.
Adriana se aburría soberanamente con su vida cotidiana. Años viviendo la misma historia. Su marido la ignoraba y sus hijos -ya crecidos- también. Deambulaba por la casa como un fantasma sin que nadie reparara en ella; se comparaba a sí misma con el horrendo jarrón chino que algún ocurrente le había regalado el día de la boda. “Esteban, te necesito”, le había dicho, cuando el hastío la atosigaba.
Y entre sueños se veía tomándose de las manos con él, en un lugar indefinido pero ausente de tristezas.
Esteban no la pasaba tampoco bien en su vida marital. A su mujer la tenía más vista que al noticiero de la noche, y sus hijos eran unos zánganos que pasaban el día tumbados, viendo televisión o jugando con la PC. Se preguntaba si su destino sería el de un burro atado en la noria: trabajar sin pausa para el confort de la familia. Por suerte la había conocido a ella, su amiga incondicional de todas las noches. La que le aliviaba el día de pesares y sinsabores. ¿Sería, tal vez, la salida que la vida ponía en su camino?
Por fin decidieron hacer una cita formal.
El lugar: una decorosa confitería.
Para reconocerse, convinieron que él luciría pantalón de pana marrón y un sweter de cuello alto. Ella, un trajecito sastre gris.
Adriana llegó quince minutos más tarde de la hora fijada. Esteban aún no llegaba, pues no veía a nadie vistiendo de la forma convenida. Se sentó, pidió una lágrima y observó discretamente en derredor. Una anciana con un niño -su nieto, seguramente-, una pareja madura muy acaremalada- ¿los tramposos de la hora del té?-, dos hombres de portafolios sostenían una discreta discusión, un hombre solo abocado a la lectura del diario. ¿Sería...? No. Éste era bajito, pelado, un tanto obeso. Se preguntó qué le habría pasado a Esteban, que no aparecía. Se acomodó el pañuelo del cuello -el que disimula las arrugas- y comprobó que la campera de gamuza no se hubiera manchado. A último momento, frente al guardarropas, creyó mejor lucir este atuendo que el traje sastre tan usado el último año.
Fiel a su costumbre, Esteban había llegado a la confitería un buen rato antes de la hora pactada. Pidió un capuchino y el Clarín. No llevaba puesto el pantalón marrón, sino uno gris. Y el sweter se había convertido en un saco azul. Juzgó como medida astuta no exponerse, sin darse la oportunidad de una salvadora retirada, para el caso de una sorpresa. Media hora hacía que leía el diario cuando entró esa mujer, la única solitaria en el lugar. Pero no era Adriana, sin duda. Esta dama lucía otra ropa, tenía el pelo pintado de color rojo, piernas cortas y grandes pechos. Se notaba una faja modeladora que pugnaba por contener las carnes en expansión del abdómen y la cadera. No, evidentemente, esa no podía ser Adriana. Debía seguir esperando. Entre tanto, volvería a repasar las noticias del diario.
Cuarenta minutos después, Adriana pidió la cuenta y se marchó. Echó una ojeada al hombre, que no reparó en su salida: sólo levantaba la vista cuando la puerta se abría, para observar la entrada de algún recién llegado. ¿Se había arrepentido Esteban? ¿O habría sufrido algún percance?
Un rato más tarde, Esteban miró la hora y pegó un salto. ¡Ya casi dos horas de espera! "Es inútil, Adriana ya no vendrá. Al fin y al cabo, estas mujeres son todas iguales".
Ambos se fueron mascullando por lo bajo, bastante contrariados por el desencuentro.
Inocentemente, ninguno de ellos sabía que aún faltaba lo peor.
|