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Inicio / Cuenteros Locales / churruka / El duelo ( o la muerte de Tom Sawyer)
El duelo ( o la muerte de Tom Sawyer)
El resplandor de la vela se vuelca sobre el vaso y el líquido brilla íntimo, entrañable; será porque es su último Güisqui; en breves instantes todo habrá acabado. Sus pupilas se achican cuando toma el vaso y contempla su mano, arrugada y oscura que no tiembla, a pesar de haber rebasado los sesenta hace tiempo, además de ser un inseparable compañero del vicio y sus jaquecas. Saborea la bebida apoyado en la barra a espaldas de las sombras que despacio se destiñen. Esta vez no lo apura de un trago, deja que se deslice lento por la garganta. Arroja un vistazo hacia la entrada, entre las puertas batientes del Saloon; el amanecer se descuelga remolón sobre el horizonte y la claridad se desborda por un tajo escarlata, irreal y lejano. Sabe que lo esperan ahí afuera y nadie ha tenido el coraje de haber venido a despedirlo. Sólo el viento y su aullido, que han envejecido junto a sus sueños, lo acompañarán hasta el final.
Si el recuerdo tampoco le tiembla reconoce que siempre anduvo en conflicto con los que deseaban hacer del poder un vicio, un engranaje que ellos dirigían. En sus primeros años se enfrentó hosco y desarrapado, como hijo de mísero granjero, a la sonrisa dejada o al rechazo iracundo de los grandes propietarios y sus vástagos intocables. Fueron años de batallas campales y pedradas donde el resentimiento heredado fue apagando poco a poco el fulgor infantil en su rostro. Siendo ya un esbozo en el umbral de la hombría, los puños suplieron a los pellizcos y las patadas y la navaja a las piedras. Con el tiempo se le enturbió la mirada y sólo se encendía cuando la lujuria animal lo hería al contemplar alguna de aquellas delicadas porcelanas que con la sombrilla en la mano se paseaban entre los maizales.
Pasaron los años y tuvo que enterrar a su padre, a su madre y a uno que otro hermano y le tocó ocuparse del estrecho mojón de tierra con el cual la miseria le había bendecido. Incluso encontró una hembra, una compañera con la que poder disponer mejor la supervivencia; pero no fue ella una mañana radiante sino silenciosa, como él, de cuna oscura.
Y vino la guerra; y como rebelde que era hasta en lo de aceptar la realidad, se fue a ella con los brazos abiertos, a pelear contra el orden y la justicia, contra los que escriben la historia; y conoció entre sus actos y el odio que todos llevamos dentro a sus propios diablos. Regresó enfermo, incurable de la derrota, con el cuerpo remendado y la mente a pedazos. La familia, su mujer y los suyos se habían muerto o desaparecido y se quedó solo, solo con su maizal calcinado, con sus tardes de soles y sus días de viento eterno y con el ligero consuelo del canto de las cigarras. Un día despertó y descubrió que había vuelto a convertirse otra vez en campesino y subsistió de lo que rendía su diminuta parcela.
Por las tardes, cuando el viento es brisa y refresca, se lo veía pasar por el camino cargado de polvo. Cojeaba por culpa de aquel proyectil yanqui que se había transformado por fin en parte íntegra de su hueso. A su sombra lo acompañaba inseparable un perro pulgoso que soportaba sus castillos de arena y los monólogos inconcretos con el brillo de sus ojos. Al anochecer retornaba dando tumbos entre ladridos y el resplandor de la luna a la soledad de su segunda piel. Había abandonado la rabia y el rencor por un sarcasmo carnívoro bañado en alcohol. A nadie le importaba y sin embargo todos se reían de él, hasta que un día, también con sonrisas, unos sujetos con trajes almidonados y buenos modales le conminaron a vender sus tierras lo antes posible por una ínfima suma; porque según ellos su maizal era un punto de existencia que se interfería en las vías de la gran ferroviaria; y él, que no habría podido aceptar de ninguna manera que le privasen de su vacío, se negó.
Transcurrida una semana se encontró en una zanja con los restos de su perro, tenía más balazos que pellejo. Habían sido dos Marshalls que trabajaban para quienes les pagaban y a los que conocía de manera borrosa por sus reprimendas, cuando en su embriaguez les escupía a los otros en la cara su versión de la realidad. Enterró al amigo y cavó una fosa profunda a su lado; quemó su maizal y le rogó a un vecino compasivo, que había hecho la guerra con él, que se ocupara de su cuerpo cuando ya no estuviese; le pagó sus deudas y le dijo que se alegrara porque jamás volvería a pedirle un préstamo. Por último se vistió la guerrera gris y desgarrada; se caló el sombrero mugriento de ala ancha y engrasó y limpió su antiguo revólver de la guerra, que aún guardaba seis balas en la recámara. Cinco le bastaron para dejar tiesos y despatarrados a los dos Sherrifs entre las sillas y mesas tumbadas del Saloon y el empachoso olor de su sangre.
Allí están los dos, detrás suyo, sus contornos comienzan a definirse grotescos en la penumbra. Sonríe para sus adentros cuando vislumbra sus rostros quemados por el asombro, en eterna sorpresa. Y allí fuera está también el pistolero, la muerte elegante que han enviado los del poder por alterarlo, su orden habitual, y lo espera, con su traje todo en negro, su camisa bordada, sus ojos como pozos y su lacito anudado al cuello como una culebra. Únicamente el nácar de las pistolas y su sonrisa son más claras que el miedo que va sintiendo.
Se ajusta el revolver; pero para qué; sólo le queda una bala; sería un milagro, si los hay, de que llegue a dispararla, y aún así, de que alcance al espantapájaros de lujo que lo aguarda en el camino que cruza el lugar. Con un suspiro sale a la luz, al exterior. Escucha cómo la tierra cruje bajo sus suelas y la sombra del héroe plantado delante suyo va creciendo mientras se le aproxima. Todo sucede muy rápido; aún no se ha detenido a realizar el ilógico ritual de catar al adversario con la mirada, cuando los estampidos rebotan en sus oídos y los impactos lo revientan y lo agitan en un frenético baile. Cae al suelo sin orgullo y tras parpadear un instante descubre en su estupor que sostiene el arma en su mano izquierda. Incluso cree haber oído una última detonación apagada y tardía en el desconcierto de su muerte. La tierra a su alrededor se rellena de grumazos granates. Tiene la cabeza ladeada apoyada sobre el polvo y observa desde su ojo derecho al pistolero, que bien mirado, si no fuese lo que es, parece más un pobre diablo al que han dejado solo y abandonado que otra cosa. Contempla cómo su sonrisa se parte, se desnuda. El asesino se llega con la mano donde tendría que tener el corazón y curioso, más que absorto, se queda mirando cómo la sangre se desliza entre sus dedos, hasta que sin aviso se derrumba como una torre....Qué curioso, le metió un balazo después de todo.
Con el otro ojo, a ras de tierra, ve pasar a una oruga a escasos centímetros de su pupila. Percibe el arañar de sus patitas entre el polvo y cuando comienza a pensar extrañado que le recuerda a alguien, vuelve a escuchar el gemido del viento y se convierte en su voz.
Churruka, 27.08.2007
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Texto agregado el 27-08-2007, y leído por 567
visitantes. (25 votos)
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Lectores Opinan |
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2008-02-12 10:55:08 |
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magistralmente narrado, he acompañado cada movimiento, cada pensamiento de tu heroe...es una verdadera película y para ti 1000*****, gracias por dejarme conocer este texto sensacional. nocheluz |
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2007-11-24 15:41:01 |
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Me gusta la comparación que hace el escritor en la introducción (en los dos primeros párrafos) entre el anciano que a pesar de su edad no le tiemblan las manos y que tampoco le tiembla el recuerdo; creo que es una excelente metáfora que deja ver el carácter fuerte y decidido del personaje. Pienso que esto fue muy bien logrado, y además, motiva al lector a que se mantenga atento al desarrollo de la trama, ya que ese recurso literario le da un toque de fuerza a la intriga en general. Genial, también, los recursos narrativos descriptivos que usa el escritor para presentar el conflicto que se avecina: se pasa de una agresión casi infantil (los pellizcos) a los puños, a las patadas, a la navaja y a las piedras. Ello esboza el conflicto del relato; y a la vez, representa la fuerza interior que debe desarrollar el protagonista para ir demostrando su madurez de hombre adulto. Magistral, la presentación, en ese mismo momento, de cómo va cambiando el estado anímico del protagonista cuando el escritor señala. “Con el tiempo se le enturbió la mirada y sólo se encendía cuando la lujuria animal lo hería al contemplar alguna de aquellas delicadas porcelanas que con la sombrilla en la mano se paseaban entre los maizales.” Esto último es lo que los críticos literarios llaman: un toque de arte. Todos los acontecimientos que se desarrollan van reforzando la trama de una manera emocionante: la guerra, la muerte de la familia, la soledad, el poder de una sociedad que aplasta al ser humano como esencia, el entierro del amigo, las cinco balas que matan a los dos representantes de la “autoridad”, entre otras. Luego, el desenlace final de cómo el protagonista termina es genial, no por la muerte, que desde mi punto de vista era predecible, sino por las imágenes – casi mágicas - que usa el escritor para describir la escena: el cuadro de una oruga a escasos centímetros de la pupila del casi muerto es estupenda. Se necesita un excelente manejo del verbo, un gran dominio de los recursos literarios y una imaginación floreciente para lograr las sensaciones diversas que produce esta escena en la mente del lector. Esta pieza de literatura está en su totalidad bien concebida, narrada, argumentada y emocionalmente escrita. ¿Qué más te puedo decir dulce amigo, como no sea enviarte un abrazo vía correo expreso? Un beso y felicitaciones. Sofiama |
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2007-09-20 15:06:28 |
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Que cuento!! Sensacional, muy bien escrito, desde la primera frase me cautivo. Quien iba a pensar que ese muchacho travieso y rebelde terminaria sus dias asi... Aunque, pensandolo bien, no veo otro final digno de él, siempre al margen de la sociedad por ser fiel a su deseo de libertad. Te felicito, y gracias por este duelo digno de ese chiquillo que tanto nos hizo reir. krasna |
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2007-09-16 23:28:28 |
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Me encanto, la descripción es sublime. Un placer leerte. 5* taber |
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2007-09-15 01:58:42 |
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Gracias por la invitación. Un western emocionante, con música y todo y con balas sibilinas que acuden raudas para poner fin a este cuento... gui |
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