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APOLOGÍA DEL OBSTINADO PASAJERO DEL AMOR

APOLOGÍA DEL OBSTINADO PASAJERO DEL AMOR


A la misma hora
en que el viento y el miedo
golpean los muros,
a la misma hora en que el eucalipto
sueña con ser estatua
bajo un cielo sin alas,
sin ruidos
y sin campanas,
a la misma hora
en que ella intentaba ser lluvia
al otro lado del cristal,
aparece por estos lares
El obstinado pasajero del amor.

Oculto bajo su enmohecida
y desahuciada armadura
se presenta vacilante, sigiloso.
Ha vagado por ahí exhausto
en su irrevocable y perpetua desnudez.
Es posible que haya sido devorado
por el gusano y el ruiseñor y
su cabellera abandonada,
colgada a la intemperie.

Aun conserva los perfumes del infierno
hostigando a Dios dentro de un vaso

Ahora, ya estando aquí
las lluvias del sur
le enseñan dos secretos:
Uno, que basta un ojo
para entender la exactitud del viento norte.
El otro, que el roce de un beso


nace sólo al borde del silencio.

Como siempre, aún le cuesta concebir
que cuando llegue el invierno,
los manantiales, sencillamente se pueden congelar.

La noche pesa sobre su hombro.
Imagina que no hay raíces
que ahonden y ahoguen su camino.

Desafiando los puntos cardinales
espera que el faro
arroje por el balcón
el crujir de las olas.

Sentado en el umbral de una lágrima
intenta asir un féretro sin límites
en un tiempo sin sombras y sin ecos

Y ahí va como un erudito majadero
que se apaga y se enciende
intentando separar a la lágrima del ojo
y a la nube del cielo.

Sin embargo,

Hoy se reinventa asimismo.
Es un rey babilónico
comiendo rosas,
lamiendo su felpa
Desertor de las nieves.
Puede tocar su rostro
y escribir coplas de antiguos herreros
Se le ve feliz.
Se estira.
Puede sostener las gaviotas
y lavarle a la lluvia los párpados que le pesan.
Sin pretensión vagó mil años
con ojos miserables,
tiritando de frío.

Comió bajo los muros
buscando una cabeza querida,
un rostro perdido

Como un pequeño dios
celeste y pálido
enarbolando su lámpara encendida
anclado en un espacio que se quiebra,
en medio de palomas que también se baten
(por inaugurar el atardecer)

A la hora en que el camino
se sienta a descansar,
y el tropel de ríos se desborda,
alumbra el fuego del oráculo,
levanta la capa
al nuevo paisaje
forrado de pedrerías
rodeado de cipreses,
y en un ritual sin sombras y sin faroles,
inscribe la incandescencia,
de la locura astral

Estaba previsto
que la alegórica estridencia del zafiro
no respetara el pacto
del epitafio insurrecto




Texto de bordemar1 agregado el 28-08-2007.
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