Aquella víspera de navidad, mientras Javier Escudero salía con el libro de Salman Rushdie bajo la manga y bajo la tormenta pertinaz, el conector del departamento número 05 de la calle Olmos cortocircuitaba junto a la estantería de Escudero. Lo que en aquel momento sucedía no desmerecía el término profético. Ana Clara, hermana de Escudero, a pocos días de su matrimonio le había anticipado la tragedia: "Un día de estos la muerte llegará a tu vida y entonces lo lamentarás". Mas la vida de Escudero no era la vida que consentimos todos. La vida para Escudero era ese constante devenir de ideas perpetuadas en el confín de unas hojas. "Y no te equivocas", contestó, "Vendrá la muerte y tendrá tus ojos". Más que por parecer enigmático, citó el verso de Pavese por pura y llana intuición. Ideó, entonces, una especie de silogismo que concluyó con la visita de esa muerte, es decir, con la llegada de su hermana en aquella víspera y con la extinción total de esas ideas perpetuas. De manera que la presunción, ya del todo confirmada, lo dejó abatido.
Cuando Escudero regresó a su departamento en la calle Olmos el edificio ardía en llamas. La muerte había instaurado allí su dominio y encumbrado, sobre el dolor de su hermano, su innombrable ignominia.
Ronald Escalante R.
(Ecuador) |