La mañana comenzaba a entibiarse con los tímidos rayos de sol que, de tanto en tanto, se filtraban a través del verde manto que conformaba el tupido bosque, sin embargo la humedad ambiente me hizo desistir de quitarme la casaca de camuflaje. Me desplazaba con sumo cuidado, tratando de no alertarlo; en el breafing ya se me había advertido: debía sorprender a la víctima seleccionada, cualquier error podía ser fatal…para mí, por cierto.
Tras cuatro horas de rastreo lo había detectado y no quería perderlo. Se movía con entera comodidad por la maraña de arbustos, sistemáticamente se apartaba de los senderos y cada cierto tiempo se detenía observando receloso. Me habían informado que era desconfiado. Pero soy terco y decidí que no lo dejaría escapar; es cierto que habría preferido un rifle con mira telescópica para abatirlo a distancia, pero la persecución resultaba excitante y como sólo disponía de una pistola de 9mm, la certeza de que tendría que acercarme para tenerlo a tiro, agregaba un nuevo desafío a la de por sí complicada misión.
Mientras me arrastraba cuidando de no producir ruido, analicé brevemente mi situación: no sabía donde estaba, la frontera se encontraba en algún lugar de los cerros. Los senderos eran eventualmente patrullados por gendarmes argentinos o por carabineros chilenos, según de que lado me hallara. No había escuchado motores de ningún tipo, pero podía haber patrullas a pie.
¡Epa! Se detuvo, me acerqué a menos de 20 metros, estaba inclinado en un pequeño arroyo y me daba parcialmente la espalda. Apunté con cuidado, detrás de la oreja izquierda, inspiré profundo para aclarar la visión y suavemente apreté el gatillo. El sonido se propagó rebotando por la cercana quebrada, una bandada de aves huyó con gran revuelo. Mantuve mi posición con el arma preparada, le delgada corriente del estero se teñía de rojo, no se movía. Veía que aún respiraba con dificultad, las costillas se movían, sus miembros sufrieron espasmos y por fin quedó inmóvil.
Con el cuchillo en la izquierda me fui aproximando paso a paso, todos los sentidos en alerta, agudizados por más de doce horas de ayuno y al acecho; el hambre se hizo presente, para despertar instintos dormidos, desplazados por la vida moderna, pero aún latentes. Lo miré desprovisto de emoción, casi con satisfacción por haber sido el ganador. Yo el depredador, con la presa vencida a mis pies. Corté rápidamente un trozo de su carne entre la cadera y la nalga, dos filetes gruesos, comencé a encender una hoguera para asarlos.
Con el precio que tiene el jabalí en el supermercado, nunca lo habría probado.
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