Toda la familia se apuntó para acompañar a Lupillo y La Paloma a la estación ferroviaria de Buenavista para recibir a Rosa, incluyendo los abuelos y la mucama Anastasia quien custodiaba a Oscarito, y hasta la tía Chela llevó a su marido Benjamín con tal de que aportara su auto para trasladarlos.
El recelo de La Paloma le hacía imaginar que del tren bajaría una paisana común y corriente. Y no andaba tan equivocada, aunque de común, no tenía nada, ya que era demasiado alta para ser mexicana y de piel muy blanca y pecosa, de rostro angelical y con una pletórica cabellera rubia (“pelos de elote”) que llamaba la atención de cualquiera, pero no tanto por la cabellera, sino porque estaba muy bien dotada de pechos, qué digo bien, bastante bien dotada de pechos; pero eso sí, como que le faltaba clase: tal vez sería por sus pies demasiado grandes, o por tener las espinillas muy velludas, de cualquier forma, era una mujer que llamaba la atención. Todos se quedaron atentos mirándola cuando la vieron cruzar la puerta del andén y dirigirse a la sala de espera. Parecía, por lo alta y rubia, una mujer sajona. Llegó vestida con sencillez y sus movimientos eran pausados, calmosos y esforzados.
- Ay hermanita, no vaya a morir aplastado el niño… - la frase fue interrumpida por un zape propinado por Luis
- ¡Óra!, y ahora qué dije… - dijo Saúl sobándose la testa
- No se haga el güey, chacho irrespetuoso
- ¡A ver, muchachos!, no se queden ahí paradotes y vayan a ayudar a Rosa, ¿que no ven cómo viene cargando a su niña y todo su equipaje? ¡Corran a ayudarle, güevones! – Ordenó Don Pancho - acto seguido, corrieron Luis, Saúl y Juan al auxilio de Rosa.
¡Ahijada! Que gusto de recibirte y de tenerte aquí – le gritó Don Pancho a Rosa, quien a medida que aproximaba su voluptuoso cuerpo, iba mostrando además, una sonrisa cada vez más grande… y develando unos dientes chuecos con manchas color marrón, que al sonreír le afeaban el rostro, opacando la hermosura de sus ojos castaño claro.
Después de los saludos, los abrazos y las adulaciones a los bebés, se encaminaron al estacionamiento donde Benjamín había aparcado su auto que “amablemente” había ofrecido para llevarlos.
Benjamín se adelantó; abrió la portezuela del copiloto y encaminó del brazo a Rosa junto con su bebé para que se fuera adelante con él; pero Chela, impidiéndoselo, la tomó del otro brazo y la condujo al asiento de atrás. “Tú te vienes atrás con las señoras”, le dijo disimulando su enfado, “sirve que vamos platicando”.
- Pos éste, cabrón libidinoso, pensó que se iba a salir con la suya – le murmuró Chela al oído a La Paloma.
Apretadamente y como pudieron, los trece adultos junto con los tres bebés, se acomodaron en el interior del Dodge cuatro puertas. Los tíos “pubertos” viajaron de nuevo en la cajuela, la cual era amplia y confortable, aunque algo oscura.
Benjamín pisó el embrague, se echó en reversa, (dio tremendo banquetazo, que hizo que los “encajuelados” se golpearan la cabeza contra la lámina), bajó la palanca de velocidades, aceleró, y enfiló hacia la casa de La Paloma.
Esa misma tarde Oscarito recibió su primera dosis de vida. Desde que Rosa sacó a relucir ese par de pechos rebosantes, cuya fina piel estaba a punto de reventar, el niño abrió desmesuradamente sus ojillos y empezó a agitar sus bracitos; luego, al sentir el botón rozado en su boquita, comenzó a succionar con tal desesperación, que el lechoso almíbar se empezó a desparramar escurriendo por sus comisuras, pasando por su barbilla, goteando a su cuellito y manchando su baberito color de rosa, que para eso era. Poco a poco, fue tomando ritmo: comenzó a libar con más calma, tomaba aire, hacia una pausa, suspiraba y continuaba sorbiendo con sus besitos chiquitines hasta poner los ojitos en blanco. Finalmente, antes de quedarse profundamente dormido, soltó un pedito discreto como señal de satisfacción.
Sin tener conciencia todavía del suceso, Oscarito estaba adquiriendo – aparte de los nutrientes de la leche – los cimientos de su personalidad, es decir, las bases de lo que conformaría la naturaleza propia de su carácter y temperamento, ya que según Freud, todos los impulsos e instintos adquiridos durante la infancia se van almacenando en el subconsciente, el cual será después, la fuente de nuestras motivaciones. Y esto explica cómo Oscarito al llegar a adulto, inconscientemente, habrá desarrollado, entre otras cosas, un entero gusto y apego por… los lácteos, alimentos que ocuparán el 50% del espacio en su refrigerador.
En pocos días Oscarito empezó a tomar forma y color. La Paloma no cabía de gozo y colmaba de atenciones y regalos a “Rosita” en agradecimiento.
La crianza de Oscarito iba viento en popa. Le daban de comer cuatro o cinco veces al día. Pepito, montado en su andadera, y a una relativa distancia, observaba con desdén la recuperación de su hermanito; las atenciones que le prodigaban, tanto Rosa como su mamá, lo ponían celoso. El coraje de sentirse desplazado en atenciones y cuidados, lo orilló a reclamar sus derechos de “prima nocte”, -aunque hacía ya muchos meses que lo habían destetado- derechos, a su entender, adquiridos por ser hijo primigenio y los cuales no habían sido respetados. Mientras Oscarito mamaba sosegadamente, Pepito, con la facilidad que le permitía su tamaño, levantó su andadera con las dos manos para evitar el roce de las ruedas metálicas con el piso y se le acercó sigilosamente. Oscarito entreabrió el párpado del ojo izquierdo y fingió no darse cuenta del peligro que lo acechaba. Cuando Pepito estuvo lo suficientemente cerca, al grado de sentir Oscarito su respiración encima de su propia nariz, con una agilidad felina y frunciendo las cejas con ira, el mamoncillo bebé apañó a Pepito con sus manitas de mapache, hundiéndole sus diez uñitas filosillas en los cachetes. Pepito gritó de dolor y retrocedió zafándose con un movimiento reflejo. En sus mejillas, quedaron marcados los rasguños como un par de pentagramas de hilillos de sangre equidistantes, sobre los que se grabaron las notas discordantes de los balbuceos airados que emitió Oscarito: ¡Orblxz! ¡Pzzjxs! ¡Nobulxzz! ¡Avrdzzbzox! (Traducción: “¡Órale pendejo, que aquí no es abrevadero!").
La Paloma llegó corriendo al escuchar los gritos de Pepito... y los de Oscarito, porque también se puso a llorar para crear más confusión. Rosa, no supo ni qué decir, ya que, sorprendida, no se fijó bien a bien qué fue lo que pasó. Tuvieron que meter a Pepito a la tina de agua fría para que respirara, porque para entonces ya estaba “haciendo un morado”.
- Mira nada más qué rasguños te pusieron, pero algo le has de haber hecho tú – dijo La Paloma a Pepito mientras lo secaba, y quien, con mirada afligida y los ojos todavía llorosos, sólo negó moviendo su cabeza de un lado para otro.
Desde ese hecho bochornoso, Pepito jamás volvió a molestar a Oscarito. Se hicieron hermanos inseparables, compañeros de aventuras y confidentes.
Viendo ya a Oscarito totalmente repuesto y fuera de peligro, Lupillo volvió a las andadas y sin dar respiro a La Paloma continuó con la “búsqueda” de la nena.
- ¿Te imaginas? - dijo Lupillo – “Una nena igualita a ti, bonita, que heredara tu carácter y tus ojos color de miel; sería nuestro pichoncito de nieve. Dicen que las nenas son muy tiernas y cariñosas con su papi. Además, una princesita en casa sería el punto de equilibrio con el par de traviesos diablillos”.
- ¿De veras quieres una niña? – preguntó La Paloma
- ¿Qué, no se me nota?
- Entonces, bájale de enjundia y házmelo con más delicadeza, despacito… sí, sí, así, así, ha, ha, ha, ha, haaaaa…
Al año nació otro varoncito, a quien dieron por nombre Rubén (pero lo llamaban Nal, apócope de Rubenal, ¿de dónde salió Rubenal? ¡Vaya usted a saber!), y un año después, nació el siguiente, también varoncito y a quien nombraron Francisco -pero lo llamaban Francis (qué maña de cambiarle el nombre a las personas)- en honor a Don Pancho. El Doctor Cano, enfadado con el Sr. Torres, por no seguir sus consejos acerca de la “Planificación de la familia”, operó definitivamente a La Paloma practicándole una laparotomía junto con una “salpingoclasia”.
- Por el bien de su esposa, hemos tenido que ligarle las trompas, lo cual significa que ha quedado esterilizada irreversiblemente. Este último parto ha puesto en riesgo su vida y la del niño. Fue necesario efectuar una cesárea, y gracias a Dios todo salió bien. Así es que si quiere una nena, tendrá que adoptarla. De ahora en adelante la “Fábrica de niños” ha sido transformada en “Parque de diversiones” – Con estas palabras el doctor Cano cerró el capítulo de las idas al Sanatorio.
La familia de Oscarito quedó definitivamente conformada por: papá, mamá y cuatro hermanos varones. A Oscarito sólo lo separaban diez meses de Pepito y como 30 centímetros de estatura; y entre el primogénito y el puchusco sólo había un lapso de mil ciento treinta días, o sea, tres años, un mes y cuatro días, lo que muy probablemente ameritaría entrar al record Guinnes para el menor tiempo en cuatro nacimientos.
Los primeros meses de Oscarito indudablemente fueron tristes y lastimeros, sin embargo, y gracias a Rosa, el niño se convirtió en el hermoso y travieso querubín que La Paloma deseaba, pero sobre todo, se convirtió también, en el más audaz e intrépido de los hermanos, como ya habrán podido darse cuenta y lo cual corroborarán si continúan leyendo esta novela.
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