PUENTE RESTAURADO
¡Qué sólo me he sentido!
¡Cuánto he echado de menos un apoyo!
No niego que esperé hasta el final una ayuda,
un empujón que repusiera
lo que perdieron los esfuerzos.
Reconozco que he envidiado
a los compinches de hiedra,
a los truhanes de enredadera o madreselva,
de liana, pasionaria o bejuco,
a los que trepan por paredes y cercas,
encaramándose hasta las azoteas de luz,
indolentes, abusadores,
que se ceban con las dulzuras de un suelo ajeno,
y excretan luego sus restos de líquenes beodos,
dejando en la base del muro
el hedor de un olvido pardo y podrido.
Y cómo negar
que he envidiado también a los inflados,
a los investidos de poderes ficticios
y acreditados con murmullos de conjura.
A los que han ocupado espacios horizontales,
retoños de matas de calabacín, de tomatera,
de cucurbitáceas plomizas,
de rastreras sin vuelos y sin almas.
Vástagos incisivos, ponzoñosos, dañinos,
ramones infectos que ocultan la excoriación de su corteza
con resinas de afirmación mentirosa.
¡Ay, el azaroso temor del ocaso!
Y el peligro bajo los pies,
el inestable puente que une las orillas de mi tiempo,
a punto de desplomarse
sobre el negro licor de esta acequia descuidada,
sobre esta corriente que se agita castigada en sus lomos
por la punzada de un espolón tenaz,
y que revienta con brío en la cresta de una fatalidad rocosa.
Una chispa de alivio
ha venido con la frescura del viento de la tarde.
Aire prendido en la rueda del retorno,
calma que respirar,
pausa de reflexión, espejo amigo.
Ha enfriado el sofoco de mis mejillas en lucha,
y se llevó la envidia en remolinos,
en bruscas espirales,
hacia la rambla oscura.
Ahora espero que amaine
el flujo de la riada,
que se asiente el pontón sobre sus bases,
y se convierta en pérgola segura
sobre brillantes trozos de mañana,
y que en las dos riberas de mi tiempo,
broten señas de savia restaurada. |