ALGEBRA ABSTRACTA
Sueña profundo. Sueña que duerme.
Por decirlo de alguna manera, sueña dentro de su sueño.
A través del respirar pausado, intenso, casi inmóvil, imperceptible el agudo silbido de su nariz, como el muerto fresco satisfecho de lo hecho, quisiera hacer llegar sus manos frías al esplendor del rostro bañado en sudor; y es que una vez más –la penúltima versión en lo que va de su historia-, esa tremenda fórmula matemática, incomprobable, incomprensible, traducida un centímetro atrás de la razón en sus propias incertidumbres terrestres –que no son más que rutinas divinas-, sumerge a la vez sus oídos en el revoloteo de tanta mariposa en blanco y negro; cuando Silvio, al lado opuesto de la habitación, sigue liberando serpientes en su guitarra.
Nunca logró llamar su atención lo suficiente alguna profesión. Los dos semestres casi completos que cursó contra su voluntad en la Facultad de Matemáticas fueron demasiado tiempo a prueba para que sus dudas le develaran al fin, quizás inconscientemente, a su mirar fastidiado, que sin percatarse, hacía tiempo que se había convertido en escritor para hacer un tanto interesante este mundo a él mismo y a alguien más acaso, algún día, con una suerte de fascinación silenciosa.
El origen, el deber y la soledad, triunvirato de sacrificio, suele estar a veces, caprichosa, anversamente relacionado con el desenlace, el destino y la plenitud –le dicta el sueño que sigue soñando nítido dentro del sueño; algo así como el instinto decidido de una fantasía apasionada; pesadilla irrepetible que le revela más todavía:
Un buen día decidió trazar sus ideas a manera de puntuales garabatos algebraicoides anticronométricos, sin comprender realmente cómo ni por qué. Luego, después de traducir su intento desde una décima incalculada, hasta la opinión de tantos autores asimétricos y uno que otro séptico en bondad, se dio cuenta de dos cosas: El paralelepípedo perfecto es el que logra reventar con el más sutil toque de un lápiz. Para lograrlo no necesitaba de nadie –esto era lo más sorprendente-, en un país donde la incongruencia de un surrealismo desviado, mal entendido, se recuesta confiado, dejándose arrullar por la misma letanía de siglos, al saber la fórmula secreta de la frustración nacional: Uno más uno siempre será igual a cero. “Las demás opciones aritméticas confluirán en idéntico resultado” –diría Pitágoras, de haber sido paisano.
“Uno no es de donde nace, sino donde se hace”... o de donde se logra vislumbrar lo que siempre se ha sido.
Igual que ayer huelen a hierba sus ojos al sentir entre los dedos la mágica tersura de las alas de una mariposa que, al retornar durante la noche a su estado original –incertidumbres divinas traducidas en rutinas de apasionamiento-, le confían en su simpleza el secreto:
La fórmula matemática incomprobable y a la vez incomprensible para la esfera terrestre, es aquella donde el escritor toma valor al abrir los ojos para ver el horizonte despejado por la constante certeza de haber logrado ser original, muy lejos del deber y el hogar.
Ella y él se resguardan en una paz nunca calculada, mucho menos exacta; como resulta la plegaria de Silvio al otro lado del Continente.
Cuando despierte del sueño principal, como cualquiera de los vivos-muertos que lo rodean; satisfecho de la revelación, con la mirada más allá de esos gusanos sin vocación para metamorfear el escenario, el mundo será mucho más interesante. Fortuna de pleno destino dando tremendo giro al verdadero deber, un centímetro arriba de su momento.
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