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El escritor inconfeso

“La vida es una composición musical que ejecutamos acaso sin conocer la música. No tenemos partitura. La partitura sólo se comprende después, cuando la música ya ha sido interpretada”.

“Quién sabe si una novela escrita en una lengua que no es la nuestra puede nacer de una minúscula palabra que nos pertenece sólo a nosotros, y a nadie más. A veces una sílaba puede contener un universo”.

Antonio Tabucchi
(Autobiografías Ajenas)



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Lo fundamental era encontrar una voz. Nunca antes lo había conseguido, pero ahora estaba seguro de que lo conseguiría. Su estilo sería el acompañante perfecto de sus ideaciones. Había leído cuanto libro se le asomara por delante; había repetido una y otra vez, con detenimiento y decoro, el estilo de los grandes narradores y había descubierto su capacidad para describir los hechos más dispares. Lo había hecho todo, excepto empezar a escribir. Una tarde, de aquellas no muy remotas en las que el sol se ocultaba temprano y los nubarrones cubrían el cielo, se había propuesto. ¿Cómo lo haría? Era una pregunta que lo agobiaba de continuo. Mientras tanto el tiempo transcurría y las hermosas líneas que tejía en su mente perdían fuerza. Con aquello del calentamiento global se le hacía difícil iniciar su redacción con un “La tarde era soleada” o “En el invierno de aquel año”. Por otra parte, nunca había salido de su ciudad y le era imposible referirse a una lejana; tenía sólo dos libros enciclopédicos en su estantería, uno que otro antecedente histórico de Londres o Paris... En realidad, nada que pudiera servirle. (...) Sus únicas referencias eran su propia existencia y sus facultades, que en momentos de hastío cobraban un matiz intenso en su conciencia, que ya no era del todo lúcida y sensata. Había tomado las más ligeras decisiones; había desperdiciado momentos lúdicos por enfrascarse en su propio mundo, en aquellas regiones remotas y difusas que representaban su ausentismo o existencia paralela. Para las demás personas era un tipo extravagante, lleno de intrigas y amarguras sin sentido, que acariciaba la realidad con los ojos del fatalismo y la desmesura, que veía en un vaso con agua una fuente de hiel y desconsuelo, y que no concebía diversión alguna salvo en ser un aguafiestas. Por lo demás, era un tipo inteligente y afable cuando se hallaba maravillado por su propio ingenio. No era raro oírlo gritar a medianoche, verlo caminar descalzo por el parque o las riberas del río, o perderse ávido en el trasero de una adolescente. Lo que sí era legítimamente raro era verlo sonreír o disfrutar de la cotidianidad. En su rostro el tiempo había creado unos pequeños surcos que se amontonaban a lo largo de sus mejillas, su frente y sus ojos, y que de una u otra manera daban a su apariencia un toque distinguido y culto. No obstante, la amargura lo embargaba con frecuencia y solía vérselo con la barba crecida, un cigarrillo en la boca y unas profundas ojeras, caminando por las calles de la ciudad, quizá en busca de alivio, quizá en pos de amor fortuito. Porque justo hoy, que se había preparado para empezar a escribir sus primeras líneas, se hallaba en pijama fumando un enorme cigarro en el balcón de su departamento, donde cobijada por colchas y sábanas sucias se hallaba una mujer cincuentona, pelirrubia y rolliza, que desde adentro mascullaba unas cuantas frases que él no alcanzaba a distinguir. Desentendido, miraba desde el balcón las camionetas atiborradas de productos comestibles, las puertas enrollables levantarse y a los transeúntes esquivar el tránsito. No por ello el mundo dejaba de moverse; no por un episodio más de sexo él otorgaba valor a lo que veía. Es decir, miraba sin mirar porque miraba dentro de sí a través de la realidad. Dicho escenario lo deprimía, lo angustiaba a extremos exorbitantes, tanto que llegaba a detestar su sola presencia. Odiaba lo que había dentro de él, por eso sentía la necesidad de expulsarlo de una manera coherente y, a la vez, desbordante, sin lógica ni ilación. El libro que escribiría de seguro que sería un éxito, porque cómo no iba a serlo si era un fragmento de su vida. La mujer que ahora yacía dormida en su lecho, y que horas antes había recogido en un estacionamiento, junto a la terminal terrestre, había sido su consuelo durante la madrugada, pero ahora era su tortura y aquello difícil de asimilar. Cómo no odiar al objeto deseado una vez cumplido su propósito, se decía una vez dada una larga calada a su cigarro, mientras sus ideaciones cada vez más profundas le sugerían la consignación. Ese éxtasis, esa pasión, le provocó una erección y sintió deseos de ir a cobijarse junto a aquella mujer que, de cuando en cuando, emitía un ronquido atronador que espantaba sus fantasías. Mas una vez dentro del departamento, se acercó al escritorio e hizo unos cuantos grabados sobre una hoja en blanco. Había olvidado arrojar el cigarro antes de entrar y eso le molestaba, porque detestaba que el ambiente oliera a tabaco, sobretodo cuando tenía compañía. Sabía que aquello que se preparaba a hacer no le brindaría la paz anhelada y, precisamente, por ello lo haría. Quería demostrarse que podía sentir, que dentro del cuerpo de aquella mujer volvería a la realidad y así obtendría aquello que muchas veces le habían reprochado. Se dijo aquello, extasiado y para sus adentros, poco antes de meterse entre las sábanas y apretar los pechos blandos y amelonados de aquella mujer que se hallaba tendida en el lecho, casi muerta del cansancio y esperando fustigar su tristeza.


Texto de ronalderom agregado el 31-08-2007.
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