Siempre me he preguntado si existe la mala suerte o se trata sólo de un asunto de probabilidades. A mí bien, lo que se dice bien, no me va. Más bien me va mal. Algunos me dicen que mis actos u omisiones me aproximan o alejan de la buena fortuna. ¿Será cierto eso? A veces pienso que haga lo que haga me irá mal. Y es que ya sé que el pensamiento positivo nos dice que visualicemos una meta y no nos detengamos hasta que lleguemos a ella, pero ¿y las condiciones económicas? ¿No imperan sobre mi vida cotidiana? Veo difícil que no me afecte mi falta de contactos poderosos en la consecución de mis objetivos.
Por ejemplo, el otro día olvidé mi chamarra al salir de casa y, ya saben, hizo frío por la tarde. Luego si lo que dejo es mi paraguas, llueve. Si llevo camisa de franela hace un sol agobiante. Si pierdo el recibo de pago de la tarjeta de crédito, no me acreditarán el pago y me será requerido de inmediato. Si compro un billete de lotería, es seguro que ese número no ganará el premio mayor, y si le apuesto una suma importante a mi equipo favorito de Fut-bol, es un hecho que perderá la racha de invicto. Una vez invertí los ahorros de toda mi vida en unas acciones de la bolsa que iban a la alza y, sí, adivinaron, de inmediato se fueron a la baja, hasta que la compañía quebró y perdí todo mi dinero.
Parece haber un complot del destino en contra mía: es como si la realidad no pudiera evitar burlarse de mí cada vez que intento hacer algo. Al parecer la relación causa-efecto funciona en forma selectiva conmigo para llevarme la contraria. De hecho ahora mismo estoy tratando de escribir este cuento y estoy seguro que “algo” o “alguien” me impedirán que lo termine, no sé, pudiera ser que empezara a temblar o que se fuera la luz y eso no me permitiera acab
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