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Flores Negras

En ningún jardín he visto yo tan vivas las rosas como en el camposanto. Dicen que las flores sienten y agradecen el cariño de quienes las cuidan.

A media noche los difuntos se levantan de su tumba y con sus penas a remojo riegan las dendritas de los cipreses callados. Los muertos entre suspiros sobrecogidos rocían los claveles con lágrimas de cenizas. Con el estiércol de sus agonías enterradas las ánimas abonan los crisantemos. Y mientras la luna enmarañada en una nube viste sus esqueletos de gasa espesa, el blanco y el rojo de los labios de estas flores se alimentan de la muerte. Y es por ello que sus pétalos son como el bello rostro de una joven mujer embarazada que es capaz de dar la vida por la criatura que florece en sus entrañas.

Negras como la pena negra debieran ser estas flores que engalanan los nichos de este cementerio. Pero hasta la fecha ningún estudioso florista logró conseguir, injertar la rosa negra. Y es que las flores nacieron para alegrar con sus colores el dolor, y no para entristecer aún más el enterramiento de estos seres.

Hoy como todos los lunes le traigo un ramo de flores blancas a mi madre, que no coronas, que ya me lo advirtió antes de que muriera:

“Hijo, nunca me pongas coronas que con la de espinas ya tuvo Dios bastante.”

Quito las flores viejas y de los dos ramos que traigo, uno nuevo y flamante lo distribuyo sobre su lápida. El blanco de la losa abraza el manojo florecido con sus manos de jaspe al igual que lo hace el sol con las letras doradas del nombre de la que fue mi madre. Y una nube enredada en la greña de una cruz se retira muy prudente dejando abierto el paso a la luz de la mañana.

Y recuerdo aquellos versos:

"Antes de que el alba abriese
sus capullos de azahares
con tus alegres cantares,
hacendosa ya las mieses
tienes segadas, oh madre."

Cojo el otro manojo de rosas y lo pongo encima de la otra losa, que está fallida y sin estrenar, que aún no anda nadie metido en ella. Pero sí mandé poner mi foto y grabar mi nacimiento en ella. Dejé un espacio en blanco para que los que detrás de mí vinieran en él pusieran el días de mi último suspiro.

Y es que desde que oí aquello de que hay que morir muchas veces para aprender a vivir, yo todo los lunes del año traigo flores negras a la que será mi tumba. Y de paso, rosas blancas a la tumba de mi madre.


Texto de azulada agregado el 04-09-2007.
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