Oigo el verde esplendor del césped,
huelo la penetrante blancura de los claveles,
veo el sonido del aleteo de los colibríes,
palpo el canto de los ruiseñores,
cato el olor de los naranjos.
Miro un muro pintado de negro
y simultáneamente
escucho la voz de la tristeza.
Toco con suavidad una mano femenina
y simultáneamente
huelo el perfume de la ternura.
Oigo una pausada melodía
y simultáneamente
saboreo un dulce bocado.
Veo, oigo, toco, olisqueo, saboreo
y simultáneamente
se desconciertan mis sentidos
y divergen, y convergen en sus percepciones,
y deseo suprimir su anarquía
sometiéndolos al imperio de un sentido sexto.
|