(Se recomienda leer antes los cuentos Marco, crónica de una noche voraz y La danza inmisericorde)
"Puedo resistirlo todo, menos la tentación"
Oscar Wilde
Marco había creado una fría y lasciva atmósfera alrededor de su cuello, jugueteaba, casi danzaba sobre ella. Su excitación se estrelló de pronto con ese montón de personajes vulgares que habitaban en su mente. Sus pensamientos. Esas vulgares e invisibles criaturas, cuyos desagradables y cadenciosos movimientos le hacían sentir millones de gusanos en la cabeza.
El choque produjo un sonido muy diferente está vez, como un montón de carne al estrellarse contra la pared. ¡AHHHHHH! gritó ella. Seguramente se asustó con esos pequeños monstruos que él creía invisibles. Yo la escuché, aunque con eco. Muy vagamente, como ido.
¿Y bien? preguntó uno de ellos.
¿Bien qué? Respondio Marco. De repente se sentía seguro ante aquellos melancólicos y asquerosos personajes.
¿Ya te apoderaste de ella?
No creo que podamos hablar en términos políticos para referirnos a esos temas.
¡QUE ESTÚPIDO! Sabes de lo que hablamos. Gritó otro de ellos.
Si lo sé y la verdad es que tengo en mi poder su corazón, pero ella también tiene el mío.
¿Cursi otra vez? ¿IMBÉCIL SE VA A ESCAPAR. NO TIENES CELOS?
¿Celos...?
Se detuvo. Todo se detuvo y no encontró razones para nada. La amaba, como nunca había amado a una mujer. Como nunca imagino que podría hacerlo. Su cuerpo tan cercano era prácticamente suyo. Por qué sentir ansiedad si se ahoga de placer.
¿Celos? La piel de aquella mujer lo llamaba con cada gota de sudor que emanaba. Estaba lleno de ella ¿Qué más podía pedir?. Su cuerpo se movía junto a ella. Tomó una bocanada de aire y sintió como la esencia sus cabellos se adentraba hasta su vientre. Su aroma
no, no era de ella, también era suyo. Ella emitió un gemido mientras temblaba de emoción.
¿Por qué ella se movía así? Como egoísta. Como sin él.
(¿Celos?) La pregunta hacía eco en su cabeza. (¿De qué? Está conmigo).
Sintió asfixia. Pasó la lengua por su cuello. Enterró las manos en su bella espalda y sintió como el frío resbalaba por sus manos. Vio la expresión de dolor en su dulce rostro y la besó.
Habían pasado 3 días ya y él aún continuaba en la misma posición. Ella ya comenzaba a pudrirse.
¡Fueron los celos, fueron los celos, fueron los celos! Se repetía una y otra vez. Quería sentirse humano, no podía aceptar que hubiese sido el hambre. Una vez más se había dejado engañar.
Finalmente se levantó. Fumó un cigarrillo y lo apagó contra su pecho, ya ennegrecido. |