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A diez centímetros del suelo

Ese día, mi último día, mi último martes para ser exacto, salí tarde del trabajo. Para salir era inevitable pasar por la oficina de Mercedes, la mujer más hermosa que había tenido la decencia de dirigirme la palabra y también la más descerebrada. Ella era mi amor platónico hasta el día que abrió la boca frente a mí, sus palabras estúpidas hacían eco en su cabeza solo para resaltar su estupidez. Desde entonces se convirtió en una rémora indeseable que me seguía a todas partes hablándome de su nada interesante vida y contándome sus nada interesantes problemas esperando que yo me compadeciera y le demostrara un poco de cariño. Traté de no hacer ruido al salir para evitarla, aún así me vio, pero algo pareció asustarla, seguramente por primera vez leyó en mis ojos el profundo desprecio que le tenia, quitó frenéticamente la mirada y simuló estar tan ocupada como para no hablarme. Yo seguí caminando casi orgulloso.
No quería ir a mi casa de modo que entré al único bar de la zona que no me producía repulsión, era un lugar pequeño, oscuro y no muy aseado, pero siempre se escuchaba dentro y a través de sus paredes el glorioso jazz. Pedí vodka como de costumbre. Después de dos horas la mesera de peinado extravagante, quien tenía un brillo de ingenio oculto detrás del cansancio de sus ojos, se acercó y me dijo: “¿Quiere tomar algo más?”. Yo respondí que no con mí característica apatía. Realmente no quería nada más, estaba asqueado de todo a mí alrededor. Fue en ese instante cuando me percaté de que todo, incluso lo que me apasionaba, había perdido su sentido. Me sentí vacío.
Salí y pensé en tomar un taxi. Al acercarme a estos vi al chofer del primero en la fila, era un hombre grande y gordo, en las arrugas de su frente se veía el sudor colestérico, tenía además un bigote tupido y cejas que le hacían parecer un títere. No me había parecido tan grotesco hasta el momento en que me dirigió la palabra: “¿Necesita taxi primo?”. ¡Qué ser tan insignificante! Cuando él estaba ahí, completamente quieto, no era más que un objeto, nada digno de notar, un simple adorno del mundo sin verdadera importancia, pero al hablar se convirtió en algo asqueroso: en un sujeto, un ser que vive inconscientemente, alguien que cree saber en qué consiste la vida y piensa que actúa debidamente solo porque el resto de ignorantes actúan igual. En ese momento este sujeto llegó a ser parte de mi vida, pero ¿acaso importaba eso?
Mis piernas tomaron posesión de mis movimientos y empecé a caminar, me movía casi involuntariamente. A los cuatrocientos treinta y dos pasos me atacó un malestar indescriptible, una especie de angustia, algo que me atormentaba pero no sabía exactamente que era. Después de dos centros comerciales encendí un cigarrillo. Su olor, su sonido, la pequeña luz que se tornaba más intensa frente a mi cara y, por supuesto, la nicotina, me tranquilizaron ligeramente.
Al llegar a mi casa me encontré con algo extraño, los colores no eran los mismos, o por lo menos no mi percepción de ellos, penetraban con una fuerza inigualable en mi retina, sin embargo veía todo mucho más bizarro (más de lo normal). También podía escuchar el viento detrás de las paredes y dentro de mis pulmones. Todo se volvía mucho más tangible, más crudo, y mis sentidos abarcaban todo lo imaginable. Estaba totalmente inquieto, respiraba rápido y mis movimientos torpes eran más torpes cada vez.
Pensé que lo mejor era aislarme lo más posible, así que corrí al puente cercano a mi casa. Era un lugar oscuro y desolado, solo lo iluminaban dos pequeños faroles, uno en cada extremo, y los árboles lo rodeaban convirtiéndolo en un perfecto refugio de la realidad (al menos durante la noche). Después de no sé cuanto tiempo seguía exaltado, pero podía pensar un poco más claro. ¿Qué me pasaba?, ¿qué significaba este sentimiento? y ¿porqué comenzó precisamente hoy?, ¡no!, no había comenzado hoy, siempre había estado ahí, a mi lado, desde que tengo memoria, pero no le había prestado la suficiente atención. Abrí el cielo y subí en busca de una explicación, pero como lo suponía, no había absolutamente nadie ahí. Decidí buscar una verdadera opción. Pensé en todos los libros y filosofías que había leído, en ese instante pude recordar fácilmente cada una de las palabras y cada una de las ideas que mi cerebro había recibido, pero tampoco encontré nada, ninguna de las mil posibles razones que conocía explicaban a plenitud lo que me pasaba, nadie me podía ayudar, solo podía confiar en mi mismo.
De pronto escuche una voz: “¿En qué estás pensando?” dijo. Eran dos policías cobardemente escondidos bajo sus uniformes y con su mano derecha, con aires de superioridad, sobre su fría pistola, como si esta les diera un poder del cual carecían el resto de los seres vivos. Pero, ¡¿qué hora era?! El sol estaba justo frente a mis ojos, cegándome, y no lo había notado. Uno de los policías, el menos gordo, me dijo con voz seudo-paternal: “¿No estarás pensando en saltar?”, yo ni siquiera me molesté en hacer algún gesto para responder. Entonces dijo: “No te preocupes estamos aquí para ayudarte”, ¡vaya ingenuos!, como si pudieran hacer algo por mí. Ni siquiera pensaban por su cuenta pues una voz gruesa e indescifrable les daba instrucciones por medio de un artilugio que tenían sujetado al pecho.
Pasaron algunos minutos, u horas, o días, realmente no lo sé, pero además de los dos policías habían llegado tres paramédicos, muchos curiosos, la mayoría con uniformes colegiales, y un tipo de traje entero. Este individuo comenzó a hablarme, no sé que decía, pero podía escuchar su irritante e hipócrita voz disfrazada de cariño y preocupación.
Recordé que había traído mi arma, la tomé casi involuntariamente antes de salir de mi casa. Luego, como si fuera a darme una pista sobre lo que me ocurría, la tome cuidadosamente con mi mano derecha sin que se dieran cuenta (pues estaban a mi izquierda) y con un ágil movimiento y una puntería que yo desconocía en mi mismo comencé a disparar. Primero a los policías, pues representaban una posible amenaza, luego a los paramédicos, para que no pudieran ayudar a nadie, después al hombre de traje entero, y por último a dos colegiales y a una anciana, a quienes el miedo no les permitió huir como los demás. Estaba solo de nuevo.
¡¿Acaso había perdido la razón?! Nunca lo sabré pero por primera vez en mi vida me sentía bien, me pareció estar cerca de algo muy parecido a la felicidad, definitivamente estaba cerca de mi paraíso, ¡tenía que encontrarlo!
Entonces salté (yo no lo había pensado, ellos me dieron la idea).
Mientras caía comencé a comprender lo que me pasaba, no maté a esas personas por odio ni repulsión, fue simplemente por indiferencia. Sin darme cuenta llegué a ver todo tan claro que me llegó a parecer absurdo, vano e inútil. Si el mundo se logra ver desde un punto de vista totalmente objetivo pierde su sentido, ya que este es un sentido que fue creado por la visión individual de cada persona y es distinto para cada uno de ellos. Realmente no existe una verdad o una razón absoluta en la cual sea posible basar nuestra existencia.
Había alcanzado un nivel de conocimiento superior, o al menos un autoengaño que me hacía creerlo, sea como sea era mi paraíso. Pero irónicamente esa felicidad perdió su sentido en un instante, pues podía verla objetivamente. Encontré mi verdad pero a cambio de todo lo demás, incluyendo mi felicidad recién encontrada. Perdí la capacidad de amar y, aún peor, la capacidad de odiar. Ya no pertenecía a este mundo, probablemente a ningún mundo real o imaginado por las más brillantes mentes humanas. Pese a todo esto cuando estaba a diez centímetros del suelo ya no quería morir. No logré deshacerme de mi condición humana.






Texto agregado el 06-09-2007, y leído por 98 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
2007-12-10 20:06:00 Buen texto sobre todo por la forma cómo tu personaje logra romper los limites de lo consciente y llegar a un estado en el que todos estamos sumisos y encadenados... pero que de una u otra forma.... constituyen nuestra vida pasajera... ANGUSTIA
2007-12-03 19:38:19 Muy buena descripción de la agobiada e insospechada existencia que tenemos muchos animales con pensamiento y uso de razón ... y no sabemos vivir. Felicitaciones. Lo compartiré con amigos (indicando tu autoría y un link a este texto). Fast
2007-11-05 23:24:25 Es dejando ciertos tapujos que se puede ver lo que buscamos. Excelente relato, todo un agrado para estas horas. Saludos. Frau_Kruspe
2007-10-30 22:22:51 uau! me impactó. tenue
2007-10-18 20:54:46 Esto es a lo que yo llamo una escritura de calidad, porque sólo saltando al vacío se encuentran las respuestas de la vida y se accede al infrarealismo literario. goruzedri
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