Pidió otra cerveza para atenuar el calor. La playa, atestada de gente que disfrutaba el sol, parecía un cuadro surrealista. La temperatura subía hasta enredarse en su piel. Echado en la arena contemplaba el mar. Sudaba a chorros y la brisa marina recorría su cuerpo. Las hermosas turistas iban y venían ante su vista, algunas se tendían cerca de él para tomar un baño de sol. El sonreía y tomaba nota de las proporciones físicas de aquellas voluptuosas mujeres.
Decidió meterse al mar para refrescarse un poco, fue entonces cuando tragó un poco de agua. Para su sorpresa encontró agradable aquel líquido salado. Por lo que abriendo nuevamente la boca ingirió varios litros más. Inexorablemente continuó con algunas olas que sorbió con toda su espuma. Entonces, se aventuró a lo profundo, de donde peces, erizos y pulpos anidaron en su estómago. El nivel del océano empezó a descender, mientras yates, cargueros y trasatlánticos se atropellaban en su garganta.
Para cuando calmó su sed, la tierra seca y agrietada se abrió para engullirlo de golpe, sin darle tiempo siquiera de eructar.
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