Cuando empiezas ese lento recorrido de tus manos por mi cuerpo y empiezo a estremecerme debo reconocer que mi voluntad empieza a tambalear, ya no tengo medio de detenerte ni detenerme ya no tengo nada más que hacer, solo sumergirme en el mar de los deseos.
Esos deseos, que aveces nos acorralan casi hasta asfixiarnos, esos deseos que nos convierten en ciclopes clandestinos que se aman en la oscuridad de una habitación, que se descubren en el silencio de una tarde, que se dan la vida con un beso.
|