Delirios de un adicto a Edgar Allan Poe
Insignificante homenaje al prodigioso autor de “Los crímenes de la calle Morgue", “El gato negro”, “El cuervo”, entre otros relatos.
En la oscuridad de su cuarto, al filo de una lúgubre medianoche, el mancebo Edgardo se sumergía en la doble voluptuosidad de la meditación y un puro. Situado en un viejo sillón, el mozuelo se hundía en tristes reflexiones, colmadas de soledad y desesperanza.
Su alcoba era melancólicamente gris; poseía cortinas de seda color violeta, estantes atiborrados de novelas post románticas y una lóbrega pintura colgaba sobre su cama.
A su lado, encima de una mesilla, yacía una marchita edición de “Narraciones extraordinarias”, la clásica recopilación de relatos de su autor predilecto: Edgar Allan Poe.
De súbito, un agudo, lacónico e intermitente sonido lo perturbó. Provenía de un artefacto moderno que no reconoció. Cuando dejó de tintinear se levantó, caminó hacia él y lo tomó. Era luminoso y tenía pequeños números. Horrorizado por tal aberrante artilugio, presionó uno de sus botones y se presentó un mensaje en una diminuta pantalla.
“¡¡¡No me molestes más!!! No sé por qué me llamas, no tenemos nada en común. Lo único que te gusta de mí es mi nombre. Eres un pobre estúpido. Hasta nunca.” Leonora.
¡Oh, mi amada Leonora! ¡Leonora por los ángeles llamada! ¡de entre las ruinas de mi memoria emerge tu nombre y atormenta a mi alma!, gritó Edgardo. En seguida, oyó la rechinante puerta de su cuarto al abrirse y se asomó su madre. ¡Cállate! ¡quiero dormir! ¡déjate de esa estupidez de melancolía! ¡y apaga ese puro!, le gritó rabiosa.
Luego del portazo, Edgardo caminó a su ventana y vislumbró la figura de un ave negra posada en la rama de un árbol a lo lejos. “Un cuervo”, pensó. ¡Demoníaco pájaro de ébano! ¡maldito espíritu maligno!, le gritó. Desde su alcoba, su madre le bramó un insulto.
Con su espíritu más apaciguado, volvió a su sillón a seducirse en sus cavilaciones.
Tras su ventana se desenvolvía una negra y brumosa noche, digna de su más sublime deleite. Mas su fruición nuevamente fue interrumpida. Unos intempestivos ruidos habían surgido de los alrededores. Era música. Edgardo la consideró primitiva y tribal. Clara en su oído se escuchó la frase “dame más gasolina”. Acostumbrado a Wolfgang Amadeus Mozart, tales cadenciosos e insulsos cánticos le parecían monstruosos.
Caminó a su ventana, corrió la cortina unos centímetros, y observó a unos vigorosos adolescentes contoneándose lascivamente al compás de las melodías. ¡Oh, juventud descarriada! ¡esclavos de sus apetitos sexuales! ¡cautivos de su analfabetismo!, vociferó Edgardo. Desde su cuarto, su madre dio tres golpes contra la muralla.
Uno de los imberbes distinguió a Edgardo y éste cerró la cortina de golpe. “¡Edgardo, ven, tenemos copete!”, gritó el mozuelo. ¡Oh, dulce y tentador elixir! ¡subyugador brebaje que alimenta a mi espíritu!, exclamó Edgardo. Los pasos de su madre se oyeron fuertes y claros tras la puerta de su habitación, hasta que ésta se abrió. ¡¡¡¡¡¡Callateeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee!!!!, le gritó su madre llena de ira.
La fuerza del grito provocó una ráfaga tal que las páginas de “Narraciones extraordinarias” –sueltas por tantas lecturas- sobrevolaron intrépidas la alcoba de Edgardo. El portazo subsiguiente aumentó el poder del ventarrón, y las páginas de Edgar Allan Poe se transformaron en murciélagos enloquecidos. El corazón de Edgardo pareció ser estrujado por una mano invisible ante tan espantosas sombras que se presentaron en su triste cuarto. El mancebo abrigó un terror estremecedor, jamás antes sentido.
Todo acabó, pero su alma, del fondo de esas sombras que flotaron sobre el suelo de su cuarto, no podrá liberarse, ¡nunca más!... bueno, en realidad lo olvidaría en unos minutos.
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