Satiriasis
Introduje mi pene en el sucio ano de una prostituta y me sacudí violentamente hasta eyacular. Ella gritó cual yegua y, cuando acabé, se agazapó jadeante en un rincón de la cama.
Prendí un cigarro y fui al baño. Mientras orinaba, observé mi verga; tenía el glande lleno de mierda. Después, regresé al cuarto y miré a la prostituta masajear su culo.
- No creerás que eso es todo – le dije.
- Espérate un poquito – me respondió.
Pasados unos cinco minutos -en los que acabé el cigarro y tomé un vaso de agua-, puse sus talones en mis hombros, la tomé de sus caderas y la arremetí contra mi pene. Luego embutí mis dedos índice, medio y anular en su recto y le entregué un consolador electrónico.
- Úsalo, le dije.
- Por la oreja no me cabe- me respondió.
Sólo después de unos segundos comprendió donde tenía que encajarlo. Era evidente su inexperiencia, me lo enchufó con torpeza y sus movimientos eran toscos y bruscos.
La desprendí de mis genitales, me vestí y le lancé su dinero a la cama. Era hora de almuerzo. Iría a algún restaurante, me masturbaría en el baño y regresaría a la oficina.
Y así cada día: masturbaciones, prostitutas y oficina. Desde pequeño he sido un maníaco sexual, supongo que es una enfermedad. Carezco de la facultad de controlar mis apetitos sexuales; si no mantengo cierta cantidad de eyaculaciones diarias –al menos cuatro-, no puedo efectuar mis actividades, me basta ver un par de tetas grandes o un culo torneado para desconcentrarme totalmente e inhabilitarme de ejercer labor alguna.
Soy un abogado prestigioso, por tanto, atiendo a mucha gente. No faltan las clientas que se presentan a mi despacho exhibiendo jugosos pechos en inmoderados escotes o sacudiendo enormes traseros, reclamantes de que vaya al baño y vuelva con las mejillas coloradas. Y no es infrecuente que en pleno juicio me sobrevenga aquella lasciva urgencia, de ahí que es usual que me masturbe inmediatamente antes de las audiencias largas.
Unas cuatro veces por semana voy a prostíbulos, por lo general intento de que sean recomendados o autorizados, aunque más de un par de veces me he hallado fornicando en alguna casa de putas de mala muerte; a veces por falta de dinero, otras por buscar cosas nuevas u otras porque me han vetado en otros sitios por conductas “aberrantes”.
Otro de mis hábitos es visitar cines porno, no por la dificultad de acceso a la obscenidad, sino que por el goce que me provee la pervertida atmósfera que en ellos se da; el sonido de las braguetas al abrirse y cerrarse, el monótono eco del prepucio chocando contra el glande, las parejas esporádicas que ocultas se tocan, y las putas de vil precio.
Y de pornografía no hay mayor experto que yo. Subgéneros como Hentai, milf, pregnant, granny, teen son parte de todo un bello universo depravado. Y si hay alguien dentro de esa pecaminosa y a la vez magnánima industria porno que me ha acompañado desde siempre, es la ramera Kandy, de www.ramerakandy.cl. Y es aquí donde quiero detenerme.
La ramera Kandy es una milf clásica: grandes tetas naturales, un culo monumental y un abdomen flácido. Pero es su grotesca exuberancia donde radica su fuerte. Como guinda de la torta, usa anteojos, y ni en las más impúdicas peripecias los abandona.
Y fue esa mujer con aspecto de secretaria ejecutiva erótica, digna de las más ardientes fantasías sexuales, la primera persona con quien tuve una eyaculación conciente.
Tenía 14 años cuando abrí la puerta de la dimensión que me hizo ver las cosas de otro modo. Y fue gracias a ella; sus fotos y videos. Y desde ahí que la ramera Kandy acecha mis sueños cada cierto tiempo; lúbrica, voluptuosa, pervertida, burda y excesiva como nadie más.
Creo que soy de los pocos que realmente ha comprendido el arte tras tanta obscenidad junta en una sola mujer. Por eso la aprecio tanto. Es una perra que desde pequeña gustó de la pija y lo asume con orgullo, como debe ser, sin la más mínima vergüenza.
Frente al espejo retrovisor de mi automóvil, justo al lado del edificio en que se halla mi despacho, me peiné y acomodé mi corbata. Cuando ingresé a mi oficina, mi secretaria me regañó por llegar tarde y me dijo que hacía diez minutos que un cliente me esperaba.
Al elegir secretaria, dada mi condición, procuré que fuera una mujer monstruosa. Y la encontré en la señorita Berta, una solterona de unos 55 años y probablemente virgen.
Cuando entré a mi despacho, además del cliente, noté la presencia sobre mi escritorio de varios trozos de papel higiénico arrugado -que no provenían precisamente de un resfrío-. Mientras los recogía, me excusé con un supuesto virus gripal que rondaba.
Tras atenderlo y hacer otra serie de trámites, consideré que era hora de irme a casa. Cerré mi maletín y sonó el intercomunicador. Biiiiip. ¿Si?. Tiene otro cliente. Que pase.
No miento cuando escribo que mi corazón dejó de latir. Era ella. ¡La ramera Kandy!.
- Tienes la boca abierta y estás babeando – me dijo.
Desperté de mi letargo como si hubiesen echado sobre mí un balde de agua fría.
- Lo siento, es un pequeño problema que tengo. Asiento, ¿en qué puedo ayudarte? – le dije.
Vestía negligentemente, como si viniera de un gimnasio: buzo rosado y zapatillas blancas. Lo agradecí en silencio. Me encantan las mujeres vestidas así; un poco sudadas también. La tela de la ropa deportiva hace que muestren su mercancía en todo su esplendor, sin compresiones extra. Así me gustan, ostentando toda la carne de sus huesos.
La ramera Kandy debía tener unos 46 años. Yo la conocí cuando ya era parte de la categoría milf –mom i’ll like to fuck-, cuyo requisito esencial es sobrepasar los 30 años; el tiempo ha pasado desde entonces y los años no hacían más que convertirla en un bombón.
Su intención era demandar a una página web que exhibía sus videos y fotos sin su autorización. No era un tema complejo, pero intenté dilatarlo para seguir mirándola. En un momento, acusando al calor, se sacó su chaqueta y la ubicó en su silla. Un par de colosales tetas florecieron en un ínfimo peto blanco, delator de sus enormes sostenes. Deseé estrujarlas, morder sus pezones, agitar mi cabeza entre ellas y aullar como un perro.
¡Y me vinieron los malditos temblores!. Cuando la líbido llega a cierto nivel me ocurre. Es como una pequeña epilepsia de lujuria. Usualmente va acompañada de un veloz y precipitoso ascenso de la sangre, solidificando a mi órgano reproductor. Si parecía escuchar los bombeos. Glup, glup, glup. Hasta que tuve que excusarme e ir al baño.
Mi pene se hinchó hasta el límite y un par de venas parecían prontas a estallar. Eyaculé fácil; la imaginé en cuatro patas sujetándole sus caderas y me bastaron tres sacudidas.
Volví a la oficina en unos tres minutos. Acordamos una segunda cita y salimos juntos del edificio. En el pórtico, para gran sorpresa mía, me invitó a tomar un café. Acepté de inmediato y caminamos a la cafetería de la esquina. Ella pidió un jugo, yo un capuchino.
Me habló del mundo de la pornografía y la escuché con interés. Me contó que sólo se limitaba a internet. No hacía shows en vivo. También me charló sobre una película que había hecho, conocida sólo en el medio porno; “Duro de mamar” era su nombre.
Bebía su jugo con bombilla, por ende, me fue imposible no recordarla chupando una pija. Encendí un cigarro y me imaginé a mi madre asesinada a cuchillazos, todo por sacar de mi mente esa abrasadora imagen y así evitar mis molestos temblores.
En los días que siguieron a nuestro encuentro, trabajé especialmente en su caso. Únicamente tuvimos tres reuniones. Todo el sexo que tuve durante ese tiempo lo hice pensando en ella. Finalmente, su demanda prosperó y nuestra relación profesional acabó.
Una vez que el caso terminó, me arriesgué a mandarle un ramo de flores e invitarla a cenar. Y consintió. Aquella noche llegó al restaurante vistiendo un vestido corto y escotado. Procuré masturbarme más de lo usual, así que no hubo ningún inconveniente.
Tras una exquisita comida, me invitó a bailar. Ya en mi auto, me guió a una discoteca. En el lugar se bailaba sólo un ritmo: el reggaeton. Es una danza muy sexual, si es que no lo saben. Compré unos tragos, luego otros, y entonces llegó la hora del baile.
Mis meneos se veían robóticos al lado del notable manejo de caderas de mi acompañante. Pero con la ayuda del alcohol, de a poco me fui entregando a la atmósfera bohemia.
Las letras musicales eran sugerentes, por decir lo menos. Se oían cosas como esto:
Pero dale que hoy, vamos a hacerlo sin miedo hoy, vamos a romper el hielo hoy, porque la noche es perfecta, para hacerlo hasta que amanezca...
Y llegó el instante en que yo era uno con el ambiente. La ramera Kandy lo advirtió y dio un paso más allá con el erotismo de su baile. Y sus movimientos pélvicos me enloquecieron. Sacudió su prodigioso trasero de arriba abajo –sucesivas veces-, rozando e irguiendo mi pene. Ella lo notó y lo sintió. Y continuó excitándome. Todo el mundo ejecutaba el mismo acto. Calculo que uno de cada tres hombres tenía la verga parada.
Luego de mucho bailar, me tomó de la corbata y me llevó a una parte oscura. Era el rincón de las parejas calientes. Lo supe al mirar alrededor. Al parecer, había un acuerdo tácito entre los clientes para reservar ese espacio para la libre pasión. Y nadie se oponía, al contrario, pienso que muchos esperaban la hora de llegar a la privilegiada penumbra.
Observé la lóbrega zona y, de entre las parejas que vi, al menos tres tenían sexo; disimuladamente por cierto, pero no por eso menos obvios. Me llamó la atención una mujer gorda que oculta y desesperada bajó sus blue jeans, desnudando su culo, y se sentó de espalda a su acompañante. Daba saltitos y a intervalos giraba su cabeza para besarlo. Pese a la media luz, su quejumbroso deleite era evidente en su rechoncho rostro.
La ramera Kandy es una mujer de carácter fuerte, lo que a mis ojos la hacía aún más atractiva y excitante. Así lo demostró en las sombras de esa discoteca. Se abalanzó hacia mí como una fiera, metiendo su membruda y gruesa lengua en mis vulnerables labios. Y apenas pude reaccionar ante tamaña ofensiva cuando ya bajaba el cierre de mi pantalón.
Puedo morir tranquilo. ¡La ramera Kandy me lo chupaba!. Uno de mis sueños sería tajado de mi lista. Y créanme, yo sé de lo que hablo cuando les digo que fue extraordinario.
Le devolví la mano metiéndome debajo de su falda. Antes del cunilingus, besé con apasionada devoción su follaje. Poca gente se enfoca ahí, a mí me causa particular fascinación.
Después de lograr su orgasmo, volví a su pubis. Sus vellos quedaron pegoteados en las secreciones vaginales que rodearon mi boca, formándoseme una obscena barba de pendejos.
Me invitó a su casa y nos fuimos. Mientras conducía, me hizo otra felación; casi choco.
Cuando llegamos, me guió a su habitación, prendió una lámpara y puso un disco. Era música de saxofón. Me sentí como en una película porno. Empezó con un lapdance, continuó con un striptease. Sólo quedó con sus anteojos; yo, como una hoguera hecha hombre.
Mi pene parecía un bate de béisbol y mis temblores tomaron el control. Corrí a ella, la tiré a la pared y se lo metí por detrás. Tuve una eyaculación precoz. Dos minutos duré. No suele pasarme. Sé controlarme. No te preocupes, dijo; no alcanzó a acabar la frase y ya lo tenía erecto de nuevo. La lancé a la cama y follamos como conejos toda la noche.
Nunca he tenido amoríos largos, siempre me patean por el mismo problema: mi incontrolable deseo sexual. Tampoco he podido tener amigas, siempre logro copulármelas. Quizá Kandy –porque dejé de pensar en ella como “la ramera”- podría comprenderme.
Iniciamos una relación amorosa. Y en efecto fue distinta a otras; ella era casi tan adicta al sexo como yo. Los tres primeros meses fornicamos como animales en celo, donde fuese posible. Incluso nos filmábamos follando y ella subía los videos a su página web.
Pero hay un “pero”.
Les contaré acerca de mis sofisticados gustos sexuales. Digo sofisticados, porque, cual catador de vinos que refina su paladar, han sido desarrollados en base a la degustación.
He realizado todo lo que puedan imaginarse en lo que a sexo concierne. He vencido las barreras del pudor, la repugnancia, el horror y el dolor. Y lo he disfrutado.
Con mis parejas siempre empiezo de a poco. Comienzo hablando de experimentar en nuestras fantasías eróticas, después les regalo juguetes sexuales, compro vaselina; y sólo cuando ya han dejado atrás sus prejuicios, les exhibo mis fetichismos.
Todas han tolerado y ejecutado mi excitación anal. Y todas, también, se han espantado con una de mis grandes adicciones: la coprofilia; popularmente conocida como “comer caca.”
Todo empezó en el baño de mi primera novia. En aquel tiempo yo era una suerte de explorador erótico y el placer sexual era mi brújula. El inodoro estaba descompuesto y me encontré con un robusto excremento que ella había evacuado hacía poco. Era grosero. Pero algo en esa sordidez me deleitó. Y lo tomé. Su hedor encantadoramente repulsivo me desgarró la garganta. Imaginé a mi novia excretar esa deposición y sentí una erección. Primero lamí la hez, luego le di una mordida y después me la engullí.
Desde aquel día no he parado. Y me he vuelto una especie de experto. He aprendido a reconocer sus colores, texturas, consistencias y sabores. Personalmente, no conozco nada mejor que una mujer te defeque en la cara; succionar un ano, contemplar el surgimiento de una majestuosa excreción, masticarla, restregármela. No hay paraíso mejor.
Y llegó la hora de hablar con Kandy. El momento de la verdad. Y se lo dije. Sin tapujos. “Como caca”. Y se horrorizó. Como todas. Era igual que las demás. Y se acabó.
Me arrepiento de un par de cosas que hice después. La pena me desorientó, supongo.
Fui a un cine porno a un maratón de películas eróticas. De 12 PM a 12 AM. Era una verdadera reunión de viejos verdes. Todos pajeándose. Cuando en la pantalla una mujer cabalgaba a un limpiador de piscinas, decidí masturbarme. Y me acordé de Kandy. Pero seguí. Y mientras lo hacía, lloré como un niño. Y fue una paja triste y apasionada.
Avanzada la tarde, fui al baño y una prostituta me ofreció una chupada por quinientos pesos. Acepté. Luego me pidió mil por follar. Acepté de nuevo. Le di en cuatro como un animal y libró una flatulencia. Es que comí porotos, comentó. Le ofrecí diez mil pesos por excretar en mi cara. Consintió. Así fue como comí mierda de puta barata.
Luego del maratón, fui a beber y me embriagué. Recuerdo poco. Pero una cosa no olvidaré. Por algún motivo fui a mi oficina y llamé a mi secretaria. Y vino. Recuerdo que me dio unos masajes. Que fue a comprar un vodka. Y que tuvimos sexo. En efecto era virgen. En la mañana desperté con una insufrible resaca y pensé que todo había sido una pesadilla. Lástima que ahí estaba Berta, exhibiéndome su horrible desnudez.
Aún no olvido a Kandy. En eso estoy. Pero algo tengo claro, no dejaré de ver su pornografía. Eso si que no. De hecho ahora mismo pondré uno de sus videos, ese donde mete un pepino en su vagina. Ese me gusta. Pero antes iré por papel higiénico. No quiero dejar todo manchado con semen. Entonces lo miraré. Y me masturbaré. Sí. Por supuesto... ¿De qué estoy hablando?. Pajearme. ¡Ah!. Verdad. Bueno, dejémoslo hasta aquí. Parece que las castas horas que llevo escribiendo estas líneas me están haciendo mal.
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