Como el insubordinado Sísifo,
mira...¿lo ves?
mas camina con el porte
de un excéntrico
mientras en su libro de recuerdos
-su mente atiborrada de deseos-
no exista mas verdad que su locura
por pretender condenar a la mujer mas pura
como si fueran cuatro hembras indecentes.
Ese, es él.
Vive buscando lo que jamás
le concederá la vida:
La paz como a un monje en un convento,
como a la flor la quietud de un cementerio,
como a la luna el rincón enamorado de su cielo,
como a mi madre la transparencia
de sus sentimientos.
Ese, es él.
Ese, el que lleva sosteniendo una cuerda al cuello,
el que vive entre realidades fantasmales,
el que destruye los proyectos,
-vuelve a proyectar, vuelve a destruir-
el que desprecia lo que construye el amor
sin mas existencia que el sentimiento.
Ésta es su condena merecida:
Sin poder desatar el nudo de Gordias
-el gordiano-
vivir siempre preso en su pasado
porque la vida dispuso su castigo,
por comparar a su infiel mujer
con mi madre, noble, pura, transparente.
Mi madre, mi lucero.
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