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Las treinta monedas.
Las treinta monedas
Instalado en mi sillón, soy un lector más del diario, un espectador de lo cotidiano. El titular me lleva a la noticia, la estrella del día. En la última semana no se habla de otro tema que del francotirador. Dispuesto a recorrer la nota, no sospecho que me transportará muchos años atrás.
Tulio Nemo Cavagnaro se había incorporado a nuestro curso en el segundo grado. Era el único hijo de un inmigrante italiano que, como tantos, había llegado huyendo de la guerra. Hombre de trabajo, atendía su puesto de verduras junto con la mujer. Jamás había leído un libro, pero tenía claro que al hijo había que educarlo.
Para ello -se habrá dicho-, nada mejor que un buen instituto privado.
La permanencia de Cavagnaro, como condiscípulo, fue muy breve. Apenas unos meses donde se mostró, invariablemente, como el peor alumno. Su postura habitual, su gesto típico, remitía a la imagen de un perro asustado. No se hacía notar y no hablaba nunca. Hoy pienso que era el padre quien lo reducía a mostrarse así: manso e indolente. No hacía tareas, no escribía y no estudiaba jamás. Sus notas eran pésimas, pero pasaban los meses y Cavagnaro seguía ocupando el último asiento de la cuarta fila.
Por aquellos tiempos se fomentaba, desde el Ministerio, la práctica del ahorro. Cada alumno era dueño de una libreta en la que pegaba estampillas en boletas especiales. Cuando esas boletas se completaban, acreditaban una suma entera que se transfería a la libreta. Las más corrientes eran las de diez estampillas, que sumaban un peso. Lo recuerdo claramente: con resignación le entregábamos al maestro las chirolas que la generosidad de los parientes nos dispensaba cada tanto. Las monedas eran para guardar; nada de gastarlas en pavadas.
Eran medidas educativas de otros tiempos, cuando los diarios hablaban de cosas mucho más inocentes, ingenuas, tiernas. No como los de hoy, que frecuentan pesares y desgracias sociales impregnados de un aire acusador. Y este diario de hoy, con la truculencia que se muestra, es uno más.
El maestro se encargaba de la venta minuciosa de estampillas, la recepción de libretas de ahorro y los depósitos. Guardaba el dinero en su escritorio, un gran pupitre con tapa levadiza.
En una oportunidad -lo recuerdo-, me acerqué a preguntar algo relacionado con la tarea mientras el maestro se hallaba ocupado en su contabilidad. Un impensado vistazo y la enorme cantidad de monedas que pude espiar en una lata me impresionaron. Volví a mi banco con la certeza de haber descubierto algo inusitado.
No sé cuándo me puse a pensar: ¿qué ocurriría si una -¡solo una!- de aquellas moneditas se “perdiera”? Su ausencia no sería demasiado notoria. La idea me rondó por unos días. Hice planes, y finalmente lo decidí: busqué el momento -la salida al recreo- y, ya solo, con gran rapidez levanté la tapa de madera y extraje una moneda del tesoro.
Ya encerrado en el baño, abrí la mano y la contemplé: allí, dorada y brillando en mi palma con su número estampado, refulgía prometedora de una golosina deliciosa en el kiosco de la escuela. Ahora lo comprendo: era la moneda más quemante que jamás había poseído. Y por eso no tardó en abandonar mi bolsillo.
El hecho pasó inadvertido durante todo el día. A la mañana siguiente repetí el minúsculo latrocinio. Y así, sin reparos, durante toda la semana.
Hasta que fui descubierto.
El ingreso intempestivo de Cavagnaro me sorprendió con la tapa del escritorio levantada. Presumo hoy que mi azoramiento, mientras pergeñaba una excusa, habrá sido elocuente: el otro hizo un gesto de asombro y se retiró sin más.
Pero no me delató. Al menos de momento.
Unos días después, el maestro, durante la clase, exclamó de pronto:
-¿Quién ha tomado dinero de mi escritorio? ¡Acá falta plata!
Una mirada que nos cruzamos con Cavagnaro, y ambos nos levantamos. Vi que me señalaba con el dedo y me apresuré a hacer lo mismo.
-Él fue, yo lo vi! -gritamos ambos al unísono.
Los minutos siguientes fueron de enorme confusión: tanto Cavagnaro como yo jurábamos haber sorprendido al otro cuando manipulaba en el interior del escritorio.
Tras las mutuas acusaciones, el escenario del altercado se trasladó a Dirección. Corrían los tiempos en que los educadores imponían la disciplina por cualquier medio, y la violencia era el más usado. Pero en esta oportunidad no fuimos castigados por la temida regla negra de bordes de bronce que tantas manos infantiles tenía visitadas. Fuimos interrogados, juntos y por separado. Durante una hora, el Director recomendó, amenazó, exigió y volvió a recomendar; pero yo me mantuve firme, sin reconocer mi acción.
Al terminar la jornada, mientras me hallaba solo, en el patio, esperando la tardía llegada de quien vendría a retirarme, vi avanzar por el embaldosado a Cavagnaro con su madre. Me vieron, y la mujer se acercó seguida por el chico lloroso.
-Oíme, pibe -me dijo y aún la escucho-, si fuiste vos, tenés que decir la verdad. Mirá cómo le dejó la mano el padre a tu compañero, porque le dijeron que es ladrón.
Y me mostró la mano del hijo, roja y surcada por la zapatilla del italiano.
Me refugié en el silencio. Ellos siguieron su camino hacia Dirección.
Y esa fue la última vez que vi a Tulio Nemo Cavagnaro. El incidente pasó al olvido.
Es decir, al olvido de los otros.
Mi memoria, cada tanto, agita ese recuerdo pasado, al que he tratado de rotular como una travesura infantil, en un intento sanador.
Pero hoy, con el diario del domingo en la mano, disfrutando de la comodidad de mi hogar, descubro que ese pasado ha tomado protagonismo. Se asocia a la buena noticia que pone fin al espanto generalizado: Ha cesado la matanza, capturaron al francotirador, al sicópata que desde hace unos meses, disparando a mansalva contra los transeúntes, se cobró una docena de muertos. En la fotografía que muestra al detenido —un hombre canoso, gastado, derrotado—, apenas logro reconocer, y sobre todo gracias al nombre en el epígrafe, a mi ex compañero Tulio Nemo Cavagnaro.
Mira a la cámara con ojos lastimosos, como suplicando.
Y junto a la sensación amarga, se me empareja un recuerdo posterior, aunque mucho más reciente.
En una oportunidad, durante un breve viaje en colectivo, tuve un fugaz encuentro con el que fuera mi maestro de los primeros años. Fue una circunstancia feliz y nos saludamos con placer y afecto. Charlamos un rato sobre los buenos momentos de aquella época dorada. El maestro, ya jubilado, se acordaba de mí hasta en el detalle nimio de mis dificultades con la aritmética —el traqueteo del colectivo me impedía oír claramente su voz ahora cascada—. Como un recuerdo lleva a otro, vino aquel episodio de las monedas.
-¿Se acuerda usted, maestro, cuando le faltó dinero de los fondos de ahorro?
Buscaba yo la manera más apropiada para esclarecer, al fin de tantos años, la verdad de lo ocurrido entonces. Me sentía impelido a una confesión, aunque tardía, redentora. Trataba de hallar las palabras que explicaran cómo el temor al castigo, promotor de la mentira, me había enredado en aquella traición, en aquella calumnia. Intentaba una expiación.
Mi viejo maestro, al notar mis balbuceos, me llamó a silencio con un gesto.
Y al advertir que había llegado a su parada, me dijo, como si me quitara una molestia, algo que no me atreví a refutar. Tras sus palabras, callé. Callé, acaso por no defraudar esa imagen impoluta que el anciano guardaba de mí; acaso porque esta vez la vergüenza me dominó, como antes la cobardía.
No lo sé.
-Desde un primer momento -dijo- te supe inocente. Tuve fe en tu honradez y defendí tu nombre a capa y espada. El director sostenía que debían ser expulsados los dos alumnos. Yo logré, basándome en mi concepto sobre ti, que no se tomaran medidas hasta aclarar la situación. Lo recuerdo muy bien: era un viernes. Y durante el fin de semana el chico aquel confesó, a los gritos, tras una paliza monumental de su padre, que había sido él el autor de los robos. Mínimos, pero robos al fin. Aunque, esto último, tú no lo supiste.
—No, maestro —dije—, nunca supe de aquella confesión.
Y ojalá nunca hubiera sabido de ella.
Y menos hoy.
Texto de leobrizuela agregado el 15-09-2007. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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