ECOLOGIA.
De pronto, una mañana, Juan el Soñador descubrió el fenómeno: había desaparecido la maldad en el mundo. Ya no ocurrían robos, ni homicidios, ni peleas. No más violaciones ni atentados, basta de corrupción y estafas. Para que ello ocurriera, se debió introducir una igualdad social en todos los órdenes; económico, político, cultural. Todos en un mismo plano, con total libertad para actuar y pensar. El respeto al otro era el límite.
La gente, en las calles, demostraba a cada paso su buena educación y cortesía. Las actitudes gentiles y amables eran la constante en el trato de las personas. Jóvenes y viejos, hombres y mujeres. Todos sonrientes, agradeciendo gestos y generando buenas relaciones. Prosperaba el altruismo y la solidaridad era moneda común.
La perfección anhelada del individuo humano.
Pero poco a poco las expresiones fueron cambiando. Paulatinamente, las sonrisas se hicieron serios estiramientos faciales; el silencio y la hosquedad fueron adueñándose del trato cotidiano. La gente comenzó a aburrirse y terminó entristeciéndose. Sus gestos se hicieron zafios y huraños.
La vida, tal como la concebimos perfecta, había terminado. Todo se volvió gris, uniforme, sin sorpresa, estéril.
El alma, privada de la lucha permanente contra el mal, se marchitaba sin remedio. El mundo se convirtió en un cementerio del espíritu.
Por suerte, Juan el soñador despertó a tiempo. Todo estaba como siempre...
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